El año que sepultó en una guerra a Ucrania

Sin duda 2014 fue uno de los años más violentos y movilizadores para Ucrania desde su independencia. En apenas doce meses vivió un levantamiento popular que derrocó a un gobierno, perdió parte de su territorio a manos de Rusia y se empantanó en una guerra civil que ya dejó más de 4.300 muertos en el este del país.

La crisis política había estallado en Kiev a fines del año pasado, cuando el entonces presidente, el pro ruso Viktor Yanukovich, se negó a firmar un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea (UE) similar a los tratados de libre comercio que Estados Unidos ofrece en Latinoamérica.

A mediados de febrero estallaron los peores enfrentamientos de la crisis, y en apenas tres días murieron más de 100 personas, entre policías y manifestantes opositores. Cuanto más escalaba la represión, más se radicalizaban los grupos de choque de los manifestantes, que el 22 de febrero finalmente triunfaron.

Ese día Yanukovich dejó el país y huyó a Rusia, denunció un golpe de Estado y un nuevo gobierno pro occidental asumió el control de la ex república soviética.

El gobierno de facto, que convocó elecciones presidenciales para mayo, representaba a todos los sectores políticos que habían tomado la céntrica plaza del Maidan en sus protestas contra Yanukovich, incluido Svoboda (Libertad), un partido de ideología filonazi, y Sector de Derecha, una coalición de extrema derecha.

El extremismo de estos grupos y su declarado rechazo a la influencia rusa en el país prendieron rápidamente alarmas en las provincias del Este, donde la mayoría habla ruso como su primera lengua, y en la Península de Crimea, a la vera del Mar Negro, donde Rusia tiene anclada a su flota de guerra más importante.

Sólo una semana después del derrocamiento de Yanukovich, tropas sin identificación aparecieron en Crimea, cercaron las bases militares ucranianas y pidieron que los militares se rindan y entreguen las armas.

En apenas tres semanas, tras el despliegue de miles de soldados presuntamente rusos y con la legitimación de un aplastante referendo rechazado por las potencias occidentales y la ONU, Moscú anexó el 18 de marzo la estratégica península.

Esto provocó la primera ola de sanciones de las potencias occidentales contra ciudadanos rusos y ucranianos pro rusos, y marcó el inicio de nuevos levantamientos separatistas en las provincias orientales de Donetsk y Lugansk, donde milicias rebeldes tomaron los gobiernos locales.

Envalentonados por una ofensiva errática y fallida del Ejército ucraniano, los líderes separatistas realizaron un referendo al estilo crimeo el 11 de mayo y, ante la falta de respuesta de Rusia, fundaron las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk, a las que sólo Rusia reconoció.

Mientras tanto, el resto del país vivía una campaña presidencial marcada por la apatía y el pragmatismo, que terminó con la rotunda victoria del empresario chocolatero Petro Poroshenko, que permitió devolver una legitimidad internacional al gobierno ucraniano.

Poroshenko, uno de los hombres más ricos del país que supo ganarse cargos claves en gobiernos pro occidentales y en el del derrocado Yanukovich, aceptó además el mandato de terminar con los levantamientos pro rusos, por lo que al día siguiente de la elección lanzó una masiva ofensiva militar en las afueras de la ciudad de Donetsk, el principal bastión rebelde.

Así el nuevo mandatario electo relanzó la llamada “ofensiva antiterrorista” contra las milicias rebeldes con más hombres, más armas, con la ayuda financiera de las potencias occidentales y con la creación de grupos paramilitares, pagados y armados por oligarcas regionales.

La guerra entre el Ejército y sus grupos armados aliados, por un lado, y las milicias separatistas pro rusas ya dejó más de 4.300 muertos y alrededor de un millón de desplazados y refugiados, según la ONU.

Poroshenko también tomó nota del otro reclamo que dejó el levantamiento en la plaza de Maidan, y un mes después de ganar las elecciones firmó el Acuerdo de Asociación con la UE que había desatado la crisis en política en noviembre de 2013.

Mientras el conflicto armado escalaba, un avión de Malaysia Airlines cayó el 17 de julio en la provincia de Donetsk y los 298 tripulantes y pasajeros, la mayoría de ellos holandeses, murieron en el acto.

Poroshenko y sus aliados occidentales acusaron inmediatamente a las milicias separatistas y a Rusia por proveer, presuntamente, los misiles que fueron utilizados contra la nave civil; en tanto, que los rebeldes y Moscú señalaron al Ejército ucraniano como el único responsable.

Casi dos meses después, el equipo de investigación holandés, designado por Amsterdam, concluyó que la nave fue derribada, pero no asignó responsabilidades.

El derribo del avión malayo provocó una segunda ola de sanciones estadounidenses y europeas contra el Kremlin, que comenzaron a afectar las finanzas y la economía de Rusia. Las potencias occidentales y la OTAN acusaron a Moscú de apoyar con dinero, armas y combatientes a los separatistas.

Pero el derribo de la nave también redobló la presión internacional para frenar la escalada militar en el este ucraniano.

Semanas de negociaciones finalmente dieron paso a la firma, el 5 de septiembre en la capital bielorrusa, Minsk, de la primera tregua bilateral e indefinida del conflicto, que poco después fue ampliada hasta convertirse en un memorando de paz, que incluía el intercambio de prisioneros, el retiro del armamento pesado y el eventual llamado a elecciones regionales.

Los ataques se redujeron, pero al menos 1.000 personas murieron desde la declaración del cese de fuego y ninguno de los dos bandos cumplió con los puntos del memorando.

En medio de esta violencia de baja intensidad, Kiev realizó unas elecciones legislativas a fines de octubre para renovar todo el Parlamento y formar un nuevo gobierno.

Otra vez, los habitantes de las zonas controladas por los rebeldes no pudieron votar. Pero sí lo hicieron en los comicios organizados una semana después por las autoridades separatistas para reafirmar su liderazgo.

Poroshenko acusó a los líderes pro rusos de “poner en peligro el proceso de paz” con esos comicios no reconocidos, pero tras un mes de rumores, escalada verbal y movilización de tropas, Kiev y los líderes separatistas sorprendieron nuevamente al mundo al anunciar una nueva tregua a partir del 9 de diciembre, a la que bautizaron como “Día de Silencio” y que volvió a reducir los ataques.

Fuente:

Notas Relacionadas

Dejá tu comentario

Las Más Leídas del Patagónico