La búsqueda de la tumba de Cervantes y una invitación para releer El Quijote

Lectores de todo el mundo tienen una excusa precisa para revisitar a Miguel de Cervantes en el mismo año en el que se cumplen 400 de la publicación de la segunda parte del Quijote de la Mancha, obra maestra de la literatura hispana, precisamente cuando un equipo de investigadores descifra si las iniciales M. C. halladas en una cripta de un convento de Madrid pertenecen a los restos del escritor más universal.

 Un clásico inminente de todos los tiempos, el autor de molinos y gigantes, Miguel de Cervantes Saavedra, ese escritor, dramaturgo y soldado nacido en Alcalá de Henares el 29 de setiembre de 1547, vuelve a dar qué hablar e investigar cuatro siglos después de la aparición de “El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha” (1615), editada en aquel entonces por el mítico impresor Juan de la Cuesta.

Con ese título, 10 años más tarde se publicó la continuación de la monumental novela polifónica que vio la luz en su primer tomo en 1605 bajo el nombre “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, y que tiempo después -hay quienes dicen que Cervantes nunca vivió el reconocimiento de su obra- se convirtió en el libro más traducido y editado luego de la Biblia.

Parodia de los relatos de caballería, Cervantes desmitificó al género de héroes épicos que primaba en las letras y sentó las bases de la literatura moderna junto a Alonso Quijano, el caballero andante que se embarcó en andanzas con su viejo caballo Rocinante y su fiel escudero Sancho Panza, revelando un mundo imaginado, exagerado y carituresco, donde nada es lo que parece ser.

Es que de tanto leer historias epopéyicas, relata Cervantes con su ocurrente pluma, Alonso Quijano cayó en la tentación y decidió lanzarse al mundo tras aventuras; eligió un nombre de honor -don Quijote de la Mancha-, y como todo buen señor, una dama de la cual enamorarse, Aldonza Lorenzo, a la que llamó Dulcinea del Toboso: El caballero hidalgo construyó su propio destino.

Audaz y burlesca, la novela anti romance, objeto de una catarata de análisis, planteó un contraste sin igual entre ficción y realidad: Quijote quiere conquistar tierras con su tí­tulo de caballero pero olvida que ya no son respetados y que ese asunto se resuelve mediante guerras, o aquella trascendida metáfora cervantina en la que su personaje imagina gigantes donde sólo hay molinos de viento.

Muchos se dice acerca de que las segundas partes no son buenas o por lo menos no tanto como las primeras, pero las peripecias del caballero de la triste figura, como lo bautizó Sancho Panza, contradicen toda teoría, al menos así lo afirman especialistas cervantinos. Las razones: personajes más evolucionados, la quijotización de Sancho y la sanchificación de Don Quijote.

A CUATRO SIGLOS

Este 2015, con la excusa de los cuatro siglos de la última parte de Don Quijote, el escritor español es celebrado en todo el mundo, principalmente en España y más en particular en Castilla-La Mancha (la tierra quijotesca), donde una programación cultural lo homenajea durante todo el año con exposiciones, conferencias y obras de teatro.

Y como si fuera poco, los 400 años son sólo la precuela de un aniversario aún más significativo que llegará en 2016, el de su muerte el 22 de abril de 1616: Cervantes murió a los 68 años, pobre y sin reconocimiento, pocos días antes de haber puesto punto final a su última obra “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”.

En los registros de la parroquia San Sebastián se consigna que su fallecimiento sucedió el 23 de abril, un día después, de acuerdo con la costumbre de la época de fechar el día del entierro, y sus restos fueron inhumados en el convento de las Trinitarias, según documentos históricos.

Justamente, ese sitio en el que se cree que fue enterrado el escritor, es el foco de atención por estos días, luego de que el último domingo el equipo de investigadores que busca sus restos anunció el hallazgo de una cripta con las iniciales M.C. en la iglesia de Madrid, que podrían ser suyas.

Se trata de la primera vez que autoridades gubernamentales y científicos se ponen de acuerdo con la intención de localizar el paradero del escritor, en una búsqueda sustentada por el Ayuntamiento de Madrid entre otras instituciones y de la que participan forenses, antropólogos, arqueólogos e historiadores.

Claro, todaví­a no hay nada definido: los especialistas reconocen que puede ser “una noticia impresionante” pero advierten cautela porque los trabajos de identificación “acaban de empezar” y avanzan “despacio”. Ocurre que donde se descubrió el nicho en madera con las letras M.C. se hallaron también restos de una decena de personas que ahora están analizándose.

A falta de rastros genéticos para realizar un análisis de ADN (los hijos de Cervantes no dejaron descendencia y el de su hermano Rodrigo estaría muy debilitado), el equipo rastrea datos biográficos para distinguir sus restos: marcas de atrofia ósea en su mano izquierda, fruto de una herida en la batalla de Lepanto, impacto de balas o dentadura escasa y columna vertebral atrofiada, entre otras, según informó el diario El País, de España.

Ni cuatro siglos ni algunos molinos de viento corrieron de escena al escritor español, clásico de clásicos -él y su creación- que zanjó la historia literaria de una vez y para siempre, allá por el 1605. Encontrar su féretro, exhumar sus restos y sepultarlo con honores es la deuda que por estos días se intenta saldar. Revisitar su obra es sin dudas el mejor homenaje.

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