En el barrio Presidente Ortíz, o “Km 5” como lo conocemos quienes hemos vivido allí, varios edificios y objetos representativos del pasado han sobrevivido a la fuerza destructora del progreso.
No ha sido fácil darse cuenta de la importancia que ha tenido el esfuerzo de los pioneros para el progreso de la comunidad actual. Porque el arraigo, la construcción de un vínculo social dentro de la comunidad, no va con las formas del negocio petrolero.
Mientras uno siembra para quedarse y construye para vivir bien, el otro piensa en una renta rápida y generosa, necesaria para cumplir sueños proyectados bien lejos de aquí.
Km 5 ha sido la sede ferroviaria de la ciudad y el lugar donde se producía la energía eléctrica. Ha tenido uno de los primeros muelles operativos desde donde trasladar cargas y pasajeros. Allí florecieron la vida familiar, el comercio, la industria y el deporte.
Quizás por eso algunos habitantes han entendido que el rescate histórico del barrio era necesario para fortalecer ese sentido de pertenencia. Pues es ese sentido de pertenencia el que nos lleva a reconocernos en los rostros de nuestros vecinos.
Es de destacar el aporte de la Asociación Detrás del Puente, entre otras instituciones barriales que incluyen a la vecinal, la parroquia y los clubes, ejemplos claros de organización ciudadana de bien común.
Pero a pesar de la movilización de estos vecinos, muchos otros pasan sus días sin detenerse a pensar en los valores comunitarios, en el conocimiento del pasado y en la necesaria reflexión de lo pasajero de la vida.
Toda esta ciudad que amamos es prestada, la disfrutaremos por un breve tiempo, por lo que apreciar lo que dejaron los ancestros nos lleva a evaluar cómo debemos dejar nosotros los bienes colectivos al momento de nuestra partida.
Un objeto histórico muy interesante que permanece allí, a la vista de todos, sujeto a las inclemencias del tiempo, es un viejo lanchón de madera.
Se trata de una barcaza que era remolcada mar adentro, desde el muelle hasta los barcos que fondeaban en la rada de Km 5. Sobre esta estructura se depositaban cargas y pasajeros para luego descargarse en el muelle.
La barcaza aún sigue allí, donde la dejaron en su último día de servicio, hoy semienterrada por el viento, sufriendo mil actos vandálicos o algún incendio.
Sería bueno poder protegerla, hacer una pequeña inversión municipal para conservarla y explicar qué función cumplía cuando no había ruta, cuando reinaban el barco y el tren.
Bastaría con desenterrarla y colocarla bajo techo, o moverla a un lugar mejor, pero siempre dentro de los límites del barrio al que pertenece por derecho.
Debemos ser cuidadosos, porque el olvido ya se cobró el 50% de este patrimonio cultural.
Porque la barcaza de madera operaba en conjunto con una embarcación mucho más interesante: una pequeña lancha a vapor.
La lancha que puede verse en algunas viejas fotos de principios de siglo XX.
Integramente de metal, unida por múltiples remaches, tenía un motor interno a vapor ubicado en el medio de la cabina, de donde salía una chimenea.
Esta lancha era la que proveía del empuje necesario para vencer la energía de las olas, remolcar la barcaza de madera hasta el buque y traerla cargada de mercaderías de regreso al muelle.
A diferencia de su compañera, la lancha no quedó en el barrio. Ya fuera de servicio fue transportada, probablemente en tren, hasta los depósitos de la antigua Compañía Petrolera y Ferrocarrilera de la Patagonia en el Barrio Don Bosco.
Y allí quedó olvidada en el tiempo, tras una curva, a pocos metros del Hospital Militar, en un bajo de tierra por fuera de los alambrados, ya que era considerada una chatarra sin valor.
Por muchos años los jóvenes de Km 8 y Standart tomaron el barco como parte del paisaje o como punto de reunión.
También encierra una historia trágica porque fue allí que a mediados de los años 90, después de compartir un asado, murió un joven y otro recibió una herida de bala en la cadera, en un confuso episodio que involucraba al personal policial.
Pero el barco con su noble construcción seguía allí, después de resistir al océano, el olvido y la violencia urbana.
Pero finalmente pereció, víctima de otra “buena” iniciativa.
Ignorando su valor histórico, el casco de la lancha a vapor fue trasladado en un último viaje hasta el ingreso del barrio Caleta Córdova.
Un soldador competente cortó la cabina, reconfigurándolo como falso barco pesquero, por lo que un objeto perdido de la historia terminó como un adorno pintoresco, que esconde la gloria, el esfuerzo y la sangre de nuestro pasado.