Amor a primera vista

Fue quizás aquella tentadora contratapa la que potenció una seducción que ya se vislumbraba. Los micros de YPF que nos llevaban al colegio desde los distintos barrios petroleros de la zona norte hacían escala obligada a las 7:30 de cada mañana en la Terminal ypefiana, al costado de "la Prove". Allí, al ritmo del obligado transbordo, saludar a la apurada a Don Camarda en el kiosco, si un canilla no se cruzaba antes con nuestra ansiedad de comprar "El Patagónico".
Es que la gratuidad del colectivo y los pesitos guardados para la cantina en recreo de quince, ameritaban invertir en el nuevo diario las cincuenta guitas. Al final de sus 16 honorables páginas como para disfrutarlo ya sin abrirlo: una debutante Mafalda y un crucigrama de los de antes... (Siempre había alguna hora libre en Tercero Comercial, como para completarlo).

Y ALGO MÁS
Pero no era apenas una contratapa. "El Patagónico" en sus orígenes era una diagramación cuidada en honorable blanco y negro; sin títulos catástrofe y con un mesurado estilo que tiempo después sabríamos que hasta en el último detalle partían del moderado criterio de Don Roque. Y una preocupación indeclinable por el regionalismo y el federalismo.
Y por si fuera poco un Suplemento Cultural jueves por medio con la intervención de aquellos que en el tiempo reconocimos como un puñado de notables: David Aracena, Fela Hernán, Asencio Abeijón, Viviana Poli. Y Roberto Ezpeleta como telón de fondo. Allá al fondo... en la clásica casa-chorizo de Sarmiento 733. (Cualquiera en el pueblo podía discar directamente 2743 y encontrar de telefonista a uno de ellos).
Más los sociales de Isabel Bilbao ("Alicia" para la radio con su Carnet Social), o a la señora de Saavedra, con los casamientos, nacimientos, viajeros y cumpleaños de la gran familia mosconiana en torno a la Parroquia Santa Lucía).
La redacción deportiva cobraba vida al caer el sol de lunes a viernes. Se llenaba de gorjeos con el trabajo volante pero efectivo de Isidro Vega Palacios ("VEPA"), Dante Lazzarini, José Andrés Chicha, Juan Alberto González ("Gonzalito"), o el eterno Dick Arnaldo Almonacid). Siempre peleándose para exigirles la foto del gol en el momento justo a Valerio, a Lito Ulloa, o al Negro Martínez.
Y atravesar desde Administración a Redacción aquel añoso galpón que supo ser del pionero "El Rivadavia" (1915/1965) y que era un tugurio más parecido a una mina de carbón que a un taller gráfico. Era introducirse en un mundo de olores y sonidos que hacían respirar pasión por el oficio por todos los poros.
Fue allí durante una visita escolar para la materia "Organización del Comercio" que terminamos de descubrir -en cuarto año- los distintos perfiles de la magia por la letra impresa: llevarse una tira de plomo recién fundido con el nombre de cada uno --al revés, como en un sello-- era tomar contacto con el esfuerzo más artesanal imaginable de la comunicación social... Desde Gutenberg hasta 1980. Así, de a poco, habían cambiado las cosas.

ROMANCE
Y claro que sí. Todavía era posible el amor a primera vista. Epoca romántica que ratifica, como bien dicen los sabios de Les Luthier: "Todo tiempo pasado... fue anterior!".
De tan noble cuño viene desde hace 48 años la historia de este diario que ahora hace punta con la tecnología.
Y a la vuelta de los días, los demasiados días, es lícito que uno pueda preguntarse: ¿qué es lo que puede preservar en el tiempo ésta y cualquier otra actividad humana ¿Qué es lo que puede o debe salvarse de la vorágine del irremediable progreso?
Y puede uno, simplemente, contestarse: la claridad del mensaje. La honestidad en el análisis. La actitud de servicio a los demás que implica el rol del comunicador, antes que la búsqueda de protagonismo o fama personales.
¡Tarea difícil en tiempos de exacerbado individualismo -cuando no egocentrismo- en la búsqueda de todos y cada quien de su minuto de fama!

RESCATE
Estas páginas han tenido un nacimiento honorable. Aquel primer gobernador comodorense (depuesto por eso mismo, o quizá por correligionarios que no aceptaban tanta honradez en el manejo de los dineros públicos), dejó marcada una impronta imborrable en el sentido moral de este oficio.
Nos consta que la memoria colectiva ha sabido imbuir y exigir a sus nuevos planteles la permanencia de aquel respetable mandato original. No habrá cibernética ni redes sociales que puedan doblegar la esencia del rol periodístico ni desdibujarlo: la responsabilidad a ultranza de lo que se dice, y la firma al pie que deja claro quién asume con puño firme lo que se expresa.
Para ello, bien primitivo pero humano, alcanza con simples herramientas. Las mismas que usó otro personalista pero decente periodista argentino. Basta con una roca bien elevada y un trozo de carbón donde se pueda inmortalizar para los tiempos la principal de las verdades: las ideas no se matan.

(#) Periodista. Trabajó en El Patagónico y actualmente es asesor de Prensa del Concejo Deliberante.

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