Consumo de medios en la cultura del snack

Los medios de comunicación, en todas sus variantes, son una plataforma para servir un sinfín de elementos que permanentemente alimentan la identidad de la comunidad a la que estos cautivan con su información, entretenimiento y los contenidos que producen. Y en un contexto de modernidad líquida, quienes estamos comprometidos con el andamiaje cultural de la sociedad a través de un periódico como El Patagónico nos esforzamos por comprender los cambios en el menú ofrecido para satisfacer los paladares de los más exigentes lectores de ayer y hoy. Pero también del mañana.

Como nunca, en estos tiempos los cambios tecnológicos han transformado la dieta informativa de las audiencias que hasta hace no muchos años eran pasivas y recibían lo que algunos pocos master cheff ponían en sus platos. Porque como cualquier producto, en una sociedad de mercado los contenidos son consumidos y quienes los producen conforman una gran industria cultural, aunque en un sentido diferente a la concebida por Theodor Adorno y Max Horkheimer.

Pero no sólo de pan vive el hombre y la evolución de la técnica produce efectos en el estilo de vida de esos consumidores que ahora disponen de un variado banquete ofrecido por distintos medios tradicionales, profesionales libres u otros espectadores que también generan información con un smartphone conectado a internet desde cualquier esquina de la ciudad.

Ante esta realidad en constante cambio, el lector se prepara para la comida con gustos e intereses distintos. Pero su consumo también es diferente. Hoy, las audiencias eligen la forma y momento en el que degluten las noticias o se entretienen; las comentan y comparten. Distintos autores sostienen que, del mismo modo que un comensal se sienta a disfrutar de una picada, los contenidos son demandados en forma de snack, de un poco a la vez, pero con una gran variedad dispuesta sobre la mesa. Y los medios que están en la vanguardia de esta analogía gastronómica, logran conformarse como un gran salón comedor de categoría, y no así, como una sucia cocina en el fondo de una redacción. En esa mesa, los distintos públicos logran convivir, encontrar lo que estaban buscando y -aunque sea mala educación hablar con la boca llena- también se predisponen a discutir e intercambiar experiencias que enriquecen esa construcción de la identidad local que los medios antes preparaban más en soledad, en una vieja marmita de hierro al fondo del salón.

Pensar que la profesión periodística o el oficio de la comunicación se ven amenazados por estos avances tecnológicos es un error propio del sesgo generacional. Por el contrario, las formas y potencialidades del sector se magnifican. Porque nada de lo que parece nuevo es nuevo, sino que basta con mirar en retrospectiva los usos y costumbres de esta vocación tan apasionante. Como cuando en 1865 Benjamin Day decidió enviar un corresponsal para cubrir la guerra civil que por esos años azotaba a los Estados Unidos y se valió de una herramienta muy novedosa en la época: el telégrafo.

Pero la situación entonces presentaba un problema. En el frente de batalla, además del reportero del neoyorkino The Sun, se disponían otros periodistas, militares y personal del gobierno en una larga fila tras el telegrafista encargado de enviar los comunicados. Las dificultades para mantener la conexión y el poco tiempo disponible por persona, muchas veces hacían que la crónica no pudiera ser transmitida en su totalidad, y los estilos literarios de la época que narraban de principio a fin la jornada bélica, omitían datos que se sucedieron al finalizar una batalla, como la cantidad de heridos, las bajas, o incluso quién había ganado.

Corrían el riesgo de omitir el titular principal a horas de cerrar la edición.
Debido a eso, el señor Day instruyó a su enviado especial a volcar en los primeros párrafos la información principal, para luego desarrollar el relato en forma cronológica. Y así, casi sin darse cuenta, nacieron la "pirámide invertida" o el "yunque", estilos periodísticos de uso común en la profesión hasta el día de hoy, en donde los datos principales pueden ser encontrados por el lector ni bien echa un vistazo a la noticia creada por el profesional. No estamos hablando de los 140 caracteres de twitter, sino del telégrafo. En este caso, cualquier similitud con la actualidad no es pura coincidencia.

Es claro entonces que no hay recetas cuando se trata de la innovación. La clave está en pensar cada nuevo ingrediente como una nueva oportunidad para combinar en el festín de los medios, y que los distintos sabores de la realidad cobren vida con el primer bocado de nuestra audiencia. Así como los fundadores acuñaron en la primera edición hace 48 años que El Patagónico "no ha de ser un reflejo frío del acontecer diario", sino que también "anhela ser receptáculo y vocero auténtico de las inquietudes y aspiraciones del sur argentino", hoy nos disponemos a preparar distintas combinaciones multimediales a través de internet y en la versión impresa, para que cada vez más lectores jóvenes se sumen a esta cena a la canasta que es la realidad y se involucren en el convite para construir la identidad colectiva y dinámica de todos los que habitamos este suelo. La mesa está servida.

(*) Editor revista Socios y coordinador comercial Indalo Media.

Fuente:

Dejá tu comentario


Las Más Leídas del Patagónico