El punto final

Sinceramente, no habría que espantarse con algunas verdades contadas a medias, sesgadas según la conveniencia política, engordadas como pollo navideño para cuando la oportunidad aparezca como la más propicia. Viejas primicias celosamente reservadas para lanzarlas direccionadamente, y calculando con precisión el momento en que puedan producir el mayor daño posible. Tal es la versión más actual de la nueva y prehistórica noticia de la corrupción criolla.

AUTOCTONO
Precisamente en el corazón de este yacimiento, productor de economías para el país que significan a valores constantes el doble del total de la deuda externa argentina, poco podemos sorprendernos, si salimos de la superficialidad de los anuncios escandalizantes y mediáticos. Nacimos y nos criamos a la sombra de una empresa petrolera estatal constantemente saqueada por los negocios espurios.
Algunos -los más pícaros- de sus laboriosos y esforzados motoniveladoristas iniciales, pronto se dieron cuenta que se podía ganar muchísimo más dinero, con muchísimo menos sudor. Así fue creciendo en los años cincuenta una burguesía de ex empleados de YPF devenidos en exitosos empresarios privados. Unos verdaderos “JR del subdesarrollo” que deslumbraron a sus convecinos con su portentoso progreso como contratistas del Estado.
A ellos se sumaron -al crearse la provincia, en 1958- los contratistas de la construcción, bajo la máscara de los planes de viviendas sociales, y las obras de pavimentación. Con o sin políticos. En los comienzos, con gobiernos militares muy frecuentes, que no escapaban a “la lógica del mercado”. Así los militares tuvieron ya en los años finales de la década del setenta a su empresa adalid “Vicente Robles”, que pavimentó la doble trocha hasta Palazzo, pero que era casi exclusiva adjudicataria de decenas de obras viales en todo el país, y el grupo Bridas, por entonces de los Bulgheroni, para los grandes tratos petroleros. O a una tal “Dromos”, haciendo el Banco Nación o bajando la calidad y materiales en la terminación de la Ciudad Universitaria con respecto al pliego licitado por 20 millones de dólares de aquellos.

GREMIO
Por momentos -sólo por momentos- la CAC (Cámara Argentina de la Construcción) cumplía un eficiente rol nivelador, de reclamo gremio-empresarial, de defensa de las pequeñas empresas locales o regionales ante las paquidérmicas firmas que se llevaban toda obra pública posible. Otras veces, equilibraban el plato, logrando que las pymes lugareñas trabajaran en proporciones que aseguraran equidad. La competencia ayudaba a mejorar los precios en favor del Estado, y su sola existencia implicaba una suerte de “auditoría” sobre la limpieza de los procesos licitatorios.
Hace ya varias décadas que no se conoce de licitaciones impugnadas. Con la misma imprudencia de cualquier denuncia televisiva con tufillo a venganza política, nosotros podríamos suponer (sin poder documentarlo) que se vienen arreglando los trabajos públicos hace rato. La que “gana” reparte un porcentaje consolador a las dos o tres competidoras más fuertes, y nadie se queja. Una cobra el valor absolutamente sobre facturado de la obra (al Estado) y las otras cobran sin trabajar. Por eso sorprende que “de golpe y porrazo” se descubran sobrevaloraciones espantosas en trabajos públicos, sin que ninguno de los competidores en licitaciones haya esbozado en tantos años la más humilde “impugnación” a algún procedimiento licitatorio.

FINAL
No propongo el flaco consuelo de que “esto siempre ocurrió”. Comparto el asco y la desazón de que podamos seguir sospechando en forma generalizada y sin poder documentar fehacientemente, que se robe escandalosamente en todos y cada uno de los casos en que el que paga es el Estado. Todos nosotros.
Reniego de la idea de que todo el que gobierna -civil o militar- llama a los poderosamente económicos para proponerles un cohecho. Si, como periodista, he visto colas de poderosos económicos acercándose urgentemente a quien llegue al poder, para ofrecerle sus “convenientes servicios” al servicio del impacto político de hacer viviendas, caminos, o puentes hasta adonde no haya ríos.
Partamos la diferencia: la mitad llegan solos, y a la otra mitad los llaman. Pero no es menos corrupto que el que gobierna, el que le lleva el paquete armado al gobernante venal. Es por eso que cambiamos de dictaduras a gobiernos de hecho, de un partido al otro o una que otra alianza, y tardíamente, siempre tardíamente, nos enteramos que los argentinos, seguimos siendo los mismos de siempre. Valerosos a la hora de hacer piedras de cualquier árbol caído. Pero nunca oportunos para confabularnos en un verdadero Nunca Más, y comprometernos a que es a toda esta porquería histórica a la que debemos ponerle el Punto Final.

Fuente: Daniel Alonso

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