Trabajar en este oficio en un diario siempre ha sido la lucha del hombre contra el tiempo. Si bien a partir de los avances tecnológicos puede decirse que la flexibilidad es mayor, hay un tiempo final para el cierre que es inexorable. Se le tiene que ganar al mismo aunque sea por un segundo. Es lo que marca la historia. Es lo que se debe hacer para que la edición baje en hora al taller, se imprima y empiece el reparto. Si esto no ocurre, Houston tenemos un problema.
Los rostros varían, así como las condiciones de trabajo. El resto es una reiteración permanente, como "Día de la marmota" (aquella película con Bill Murray), sabiendo que al día siguiente hay que evitar cruzarse con alguien por equis razón, o pegar el salto en la vereda justo a tiempo para no salpicarnos.
Es una ventaja en estos tiempos acelerados, donde ya no se compite por la precisión sino por quién cuenta primero por twitter alguna noticia que seguramente no le modificará la vida a nadie. Pero sirve para llenar huecos, armar polémicas y darle categoría de debate constructivo a lo que años ha discutían un par de vecinas en el almacén del portugués, mientras éste aprovechaba para convertir en 8 lo que era un 3 en la boleta verde donde se anotaban las compras.
Tener el tiempo de nuestro lado implica en El Patagónico seguir ejercitando el cerebro; darle espacio a la reflexión; escuchar con más atención lo que dicen los compañeros/as de Redacción y llegar más preparados al cierre de las páginas que en realidad es donde comienza todo lo que tendrá efímera vida: cada vez menos de 24 horas.
Es que aunque el papel no pierde vigencia, es inevitable que lo que allí está impreso no durará más de medio día, ya que Internet nos desafía con infinidad de títulos provenientes de distintas fuentes, que a veces reafirman y otras desafían lo escrito pocas horas antes. Entonces hay que volver a intentar que esta vez la creación nos salga lo más aproximada posible a la perfección.
Porque de eso se trata hacer un diario; de un acto de creación colectiva en donde participan desde el cronista al kiosquero, pasando por el redactor, el editor, el corrector y los jefes de Redacción y de Contenidos. Todos concientes de que una coma mal puesta puede cambiar el significado del mensaje; o que una letra mayúscula donde no corresponde provocará un ruido en el lector. Y acá no hay posibilidad de reparación inmediata porque cada ejemplar perdurará muchísimo más que un par de minutos y en donde habrá seguidores consecuentes que apelarán a eso que está escrito para salir de alguna duda. O aunque solo sea para saber si el fin del invierno está cerca.
(#) Secretario de Redacción El Patagónico