Los íconos y el timing

No merecía quedar acallada tan rápidamente la superficial polémica sobre la exclusión de la galería de los intendentes en el hall del palacio municipal de la imagen de aquellos jefes comunales que no fueron electos por sufragio universal.  La iniciativa -opinable, pero razonable viniendo de Alberto Lamberti- quedó por segunda o tercera vez en la historia abandonada sin mayores consideraciones.

PERSECUCION
El contador -que gobernó la ciudad en la democracia previa a 1976, entre golpe y golpe- sufrió no sólo persecuciones y exoneración de sus cargos docentes, sino también una injustificada cárcel. Exclusivamente por razones ideológicas, como los recordados docentes Hércules Pinelli (luego primer rector electo de la UNPSJB), José Mendoza, Alba Nanzer, o Mabel Fernández de Acosta. Esta última, con bomba a domicilio puesta por la Triple A, como al aún exiliado comodorense, arquitecto Eduardo Roberts, o el recordado director teatral Gustavo Bove Bonett.
De Lamberti intendente nunca se objetó -porque no hubo motivos- sus excelentes dos años y medio de gestión: con la pavimentación de 125 calles nuevas, luego de una renovación o construcción de redes de servicios; la construcción de más de veinte plazas; la creación de un ente coordinador de servicios públicos; la instalación de ferias francas en los barrios para abaratar la canasta familiar; una vibrante gestión cultural en manos del poeta y folclorista Lito Gutiérrez,  y una participación decisiva en la creación de la Universidad Nacional de la Patagonia.
No sabemos si Lamberti demandó al Estado nacional por la persecución posterior y la cárcel. Sabemos que el inquieto contable aprovechó esos seis meses a la sombra para completar su doctorado en Economía. Pero le damos la derecha en su reclamo de equidad iconográfica en el hall municipal, aunque no lo compartamos.

PERFILES
Sin embargo, nos cosquillea la conciencia cuando desde el insolente presente queremos revisar a los personajes de la historia, ya con el diario del lunes en la mano… No se puede juzgar a quienes no conocían el futuro, por no imaginar el futuro.
Repasemos. Angel Poncio Ferrando sucedió al inolvidable primer intendente, el elegido Antonio Morán. Lo hizo en 1962, por encargo de un golpe militar, pero en una intervención que se sabía que sería breve hasta nuevas elecciones. Decente, prolijo, ingeniero, gozaba de un extraordinario predicamento por sus dotes intelectuales, que pese a su cerrazón ideológica, aún respetamos, si no veneramos.
Al primer comodorense intendente -contador Juan Carlos Altuna- le sucedió un olvidable interventor Calzetta, con algún parentesco con los marinos que gobernaron en Rawson al iniciarse el “onganiato”. Ni era de acá, ni dejó descendencia, ni se quedó en estas playas; nadie extrañaría su foto. Otro sería el caso del ingeniero Luis Parmiggiani, otro profesional prolijo, de bajo perfil, y sin dotes ni pretensiones políticas.
Sin embargo Abel Ipolitti, que falleció en pleno ejercicio, era un comerciante y vecino muy reconocido y muy apreciado. Su gestión fue sabia, prudente, rescatable.
No sabemos si es cuestionable el caso del arquitecto Mario Adalberto Provedo, que volvía a los 34 años a la ciudad que había dejado desde adolescente, para hacerse cargo del timón luego de los cursos de Planeamiento con que un coronel Viola preparaba a civiles con buena voluntad en Buenos Aires, para hacerse cargo administrativamente de los pueblos. Lo que sí sabemos es que su gestión fue la de un notable urbanista; planificó circunvalaciones urbanas y puso en práctica el anillo de la Rivadavia hasta la Kennedy, para oxigenar el tránsito. Y también que supo enfrentarse a la desidia de Rawson, lo que le costó que lo echaran de un plumazo por promover -con fondos de los frentistas- la transformación del barrio en un Parque Industrial en serio, y asfaltarlo íntegramente. Cosa que todavía no se logra.
La galería de la realidad dejará sin duda para el olvido al abogado Angel Silvio Ragno; al mayor Roberto Funes y quizá al mismísimo Antonio de Diego.
Los dos primeros porque su paso fue puro oportunismo. A De Diego no tanto. El activísimo dirigente huracanense y promotor desde el Club de Leones de la creación del Centro de Aplicaciones Bionucleares, aspiró y aspiraba desde siempre a llegar al sillón de Abásolo. A como se dé. Y recién después, con la democracia del 83, se dio cuenta de que debía hacerse desde la participación en democracia, y se enroló tardíamente en el Movimiento de Integración y Desarrollo, con escasa fortuna. Pero con su irrefrenable vocación.
Su gestión fue honesta, prudente, y apalancada por sus amigos marinos de Rawson. Sin embargo lo mejor que dejó para el recuerdo, fue a su secretario de Gobierno: cuando se fue de ministro provincial a mitad de la carrera, lo sucedió Roberto Pascual Die.

PERSONAS
Ese último intendente “de facto” de nuestra breve historia, pura honestidad y contracción al trabajo, no merecería el desplante de que le bajen el cuadro de ningún lado. El hombre solía presentarse en la portería municipal a las 5:30 de la mañana, para estudiar y firmar todos los temas a su cargo y que cuando llegara el personal y los colaboradores jerárquicos, el día ya estuviera diseñado para las actividades prioritarias del aparato municipal. Empresario modesto pero eficaz y laborioso, no quiso ni necesitaba la provisoria intendencia para subir ningún escalón hacia ninguna ambición desmesurada. Naturalmente, tomó su gestión como un compromiso con sus vecinos; y no con la procelosa realidad nacional o cuestiones ideológicas más profundas.
“Diga usted que hay gente buena que está dispuesta a poner el cuerpo en tiempos como éstos para la intendencia, sino estos milicos nos ponen un cabo de cuarta”, mascullaba un viejo y sabio dirigente político en esas épocas de proscripción, definiendo precisamente casos como los de Die, Ipolitti, Ferrando o Parmigiani.
Sacará el lector sus conclusiones. De lo único que puede uno estar seguro, con el paso de los tiempos, es que a la historia convendría siempre mostrarla toda. Para que sus superficiales íconos sean tanto un ejemplo a reiterar, como una clara muestra de los errores que no tendríamos que repetir.

Fuente: Daniel Alonso

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