A algunos que estamos lejos de ser de izquierda –pero muchísimo más lejos de ser de derecha-, la muerte anunciada de Hugo Chávez nos genera una profunda constricción anímica. Aún desde estas remotas coordenadas del fin del mundo adonde –irremediablemente- también el Norte es el que ordena.
Incertidumbres
Convivimos los latinoamericanos del tercer milenio con esa dura lucha interna de conservar aún clases dominantes autóctonas, pero con la pátina indeleble de nuestro origen ancestral europeo. No logramos sacudirnos definitivamente de una xenofobia genética que, por tal, no deja de hablar bien del peso de la sangre y de la identidad.
Sin embargo, si algo va quedando en claro con los procesos que viven los pueblos y los gobiernos de la región que intentan descartar que su futuro dependa de “relaciones carnales” con los países más poderosos, es que es preferible un futuro incierto que volver a un pasado conocido.
Realidades
Ya a 24 años de caído el muro de Berlín y cancelada la vana ilusión de un capitalismo más humanizado, conviene hacerle frente a los dilemas con la búsqueda de soluciones propias, por cenagoso que se presente el camino.
Ya han probado suficiente los gobiernos el recurso fácil del endeudamiento y la inversión multinacional como tabla de salvación temporaria de los mandatarios de turno. Embargando el futuro de varias generaciones con créditos “puente”, “mega canjes”, o dejándonos “stand-by”. Hace cuatro años que la propia Europa prueba esa receta, desde España hasta Grecia, soportando la paz de los cementerios.
Nos impactan las retinas las imágenes de medio pueblo venezolano lloroso y conmovido. Fanatizado quizá en la mala idea de poner en una sola y providencial persona todas las esperanzas, todas las expectativas, toda la ilusión de un proyecto que incluya a los menos favorecidos de siempre.
No es la misma Venezuela en la que desde los años sesenta el imperio Rockefeller pasterizaba y distribuía la leche, esterilizando vientres maternos porque no convenía el crecimiento poblacional en ese país con tanto petróleo para confiscar, de acuerdo con gobiernos títeres promovidos desde afuera.
Utopias
Es, en cambio, la Venezuela que con errores, con estridencias, con exagerado folclorismo, le gritó todos estos años de Chávez al resto de la América colonial que no existen soluciones mágicas importadas. Que se crece desde el pie; reconociéndose internamente qué somos y cómo somos. Que no se puede ignorar la esencia de cada uno de nuestros pueblos y saltar a la supuesta civilización, ignorando a la supuesta barbarie. Que no existe un país justo y equitativo, y mucho menos un futuro común como nación, con el predominio de unos sobre otros.
Existe, con todo, una utopía más completa que la supervivencia del chavismo sin Chávez: un chavismo que no excluya a los no chavistas. Más que una utopía un milagro, alguien pensará. Y eso sí sería verdaderamente revolucionario.
En algo nos parecemos. Es la misma magna utopía que nos merecemos los argentinos: que surja una oposición política que pueda ofrecer en 2015 al electorado un menú que reconozca e incorpore a su propuesta los logros del kirchnerismo y corrija los vicios formales que tanto rechazo generan en buena parte de la población.
Porque, en definitiva, lo dijo el peronista Jauretche y lo repitió hasta el cansancio el radical Luis León: “el problema no son los extranjeros que nos compran, sino los argentinos que nos venden”.
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Por Daniel Alonso
- 10 marzo 2013