De hospitales e historias de salud

Los pulcros pasillos denotaban una permanente atención de la higiene en los dos grandes pabellones de tres plantas cada uno. La amplia y luminosa “Sala de Niños”, era fielmente custodiada por aquella benemérita monjita auxiliadora, la hermana María Elena. Más de una amiguita de los pibes ypefianos de los años sesenta, pasaba su infancia completa internada y con la asistencia escolar in situ que brindaba la escuela hospitalaria en tiempos en que la dirigía la benemérita Dolores de Medrano.
Aquellos seis amplios e interminables pasillos daban paso a salas de internación compartidas, con capacidad muchas veces cubierta de 250 camas (si, doscientos cincuenta) con internados simultáneamente. Uno de los pabellones –el que casi nos estaba vedado a los curiosos– era “el de los tísicos”.  Si, la tisis. La todavía temible tuberculosis pulmonar, con alto índice de contagio y mortalidad por esos tiempos.
Tiempos en que cualquier patología más o menos seria, demandaba de una semana a quince días de internación. Las intervenciones quirúrgicas menos intrusivas –una apendicitis, por caso– respondían a un protocolo sanitario de al menos tres días de internación. Por si fuera poco la plena operación en los campamentos petroleros del yacimiento central; la todavía poco automatizada industria, y el trabajo bruto de boca de pozo y en talleres, en turnos rotativos de ocho horas, generaban un movimiento fabril pesado, las 24 horas, los 365 días del año. La accidentología, a la orden del día. Yacimientos Petrolíferos Fiscales fue hasta entonces, en esta parte central de la cuenca, un emporio. Y el Hospital Presidente Alvear, era otro emporio.
El Hospital Alvear sí que siempre estaba en emergencia: al servicio de variadas y cotidianas emergencias. Para quienes éramos vecinos cercanos a esa notable casa fundada en 1925 y ampliada en 1960, el ulular de sirenas varias veces por día, de ambulancias presurosas con accidentados de la industria, era parte del paisaje cotidiano.

GENTE
Médicos notables, enfermeros y enfermeras memorables, y personal operativo entrañable vivían un clima de hiperactividad imposible de eludir, en ese contexto. Doscientas, a lo sumo trecientas personas distribuidas en todos los roles del arco relativo a lo hospitalario, atendían sin duda más del 80 por ciento de los requerimientos en materia de salud de esta zona.
No existía aún el Hospital Regional más que como una notable y gigantesca cáscara vacía, de promesas tiradas abajo a puro golpe militar. El meritorio Hospital Vecinal, allá en la Urquiza  y el zanjón, donde hoy por hoy también queda obsoleta la histórica Casa del Niño, cubría modestamente y sin el derroche ypefiano las urgencias “del pueblo”. Un puñadito de clínicas privadas meritorias pero muy modestas, hacían su parte en tiempos en que poco se sabía de obras sociales.
En todos los ámbitos de la salud mencionados, campeaba todavía con visos muy románticos un inclaudicable sentido hipocrático de la profesión sanitaria. Los médicos de la época eran admirados en todos los casos por sus condiciones, más que por sus posesiones. Por supuesto, no existía la globalización ni la fiebre consumista de estos tiempos de insatisfacción plena.

MAS GENTE
Uno se tropezaba por los pasillos con médicos, paramédicos, enfermeros o maestranzas en aquel portentoso Hospital Alvear. Y no llegaban a 300, en los tres turnos de 24 horas. Seguramente si no mucho mejor pagos que los profesionales de la salud actuales, con la vivienda asegurada, sin pagar impuestos municipales ni servicios públicos, con pasajes gratuitos para vacacionar en sus lugares de origen, YPF mediante.
Un sueño dorado. Una situación irrepetible. Condiciones que respondieron –con acierto– a los tiempos. A las reales circunstancias de una región aislada del país, al que todavía no nos unía más que una pedregosa senda de más de mil kilómetros hasta el primer asfalto.
No más de trescientos, por todo concepto. Bien pagos, bien formados, permanentemente exigidos por una férrea dirección local; pero bien atendida presupuestariamente en tiempo y en forma.
Por eso nos resulta sorprendente ante la crisis del Hospital Regional de Comodoro Rivadavia que se haya llegado a una cifra de personal de 1.100 (mil cien) agentes, a los que no se les dan las herramientas para cumplir con eficiencia su función. Una ecuación económica espantosa, en la que con la suma de mil magros salarios, se triplica el presupuesto de elementos que necesitan, y del cual efectivamente se les escamotea la mitad.
Yo no sé demasiado ni de números, ni de salud. Pero me parece que en ese lugar la gente hace como que trabaja y el gobierno hace como que les paga.

Fuente: Daniel Alonso

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