En 1957 el petróleo era el principal rubro de las importaciones del país. La Argentina compraba en el exterior 10 de los 14 millones de metros cúbicos que consumía.
La situación planteaba un dilema para Arturo Frondizi: «cambiamos o seguimos en esta situación recurriendo a una drástica disminución del nivel de vida del pueblo, o explotamos con entera decisión nuestras riquezas potenciales para crear las condiciones de bienestar y seguridad en un futuro próximo y cierto».
Contradiciendo su oposición al contrato que Juan Domingo Perón había negociado con la Standard Oil y el sustento ideológico de su propio discurso electoral, el Presidente ponderó la segunda alternativa y lanzó en consecuencia la «batalla del petróleo».
Para lograr el autoabastecimiento, el plan implicaba reestructurar YPF, «convertirla en una empresa eficiente, rentable y moderna», y contemplaba que la empresa estatal recurriera a sus propios recursos o al capital privado para incrementar la producción.
YPF firmó en consecuencia 13 contratos con compañías extranjeras. Algunos autorizaron la exploración y perforación de pozos que luego debían entregarse a YPF a cambio de un pago proporcional al número de metros perforados, y otros fueron contratos de producción, que obligaban a las compañías privadas a vender lo que extraían a YPF a precios de importación.
Un ejemplo típico es el contrato acordado con Pan American Oil Company, subsidiaria de la Standard Oil de Indiana, que empezó a regir el 21 de julio de 1958.
La compañía que luego se transformaría en Amoco Argentina Oil Company y en Pan American Energy en 1997, tras la fusión con Bridas, en aquel entonces recibió derechos por 30 años para perforar y extraer petróleo de entre 300 y 400 pozos en Cerro Dragón-Anticlinal Grande, un área que ya había sido explorada por YPF, con una producción estimada de 3.000 toneladas diarias.
El contrato preveía una inversión inicial de 60 millones de dólares. YPF, por su parte, se comprometía a pagar 10 dólares por metro cúbico de petróleo, un precio mucho mayor al costo de producción. Las ganancias de la empresa además estaban libres de impuestos y no sujetas a límites para su repatriación.
La inversión extranjera global en el sector fue cercana a los 200 millones de dólares entre 1959 y 1963. La producción de petróleo se incrementó de 5,7 millones de metros cúbicos en 1958 a 15,6 millones en 1962 y la importación de crudo descendió de 22% de las importaciones totales en 1957 al 3% en 1963, año de la anulación de los contratos.
TRANSFORMACION
Al explosivo crecimiento demográfico producido en Comodoro durante la Gobernación Militar, por efecto de las grandes obras públicas del período (1945-1955), en 1956 se habían sumado los efectos de la Ley 10.991, que instrumentó la zona franca («Paralelo 42»), produciendo una notable reactivación comercial al permitir el despacho de mercaderías libre de derechos de importación.
Y a partir de 1958, la Ley de Promoción Industrial y el «boom petrolero» dieron una nueva y mayor aceleración al crecimiento poblacional.
A Comodoro llegaron contingentes de trabajadores y familias del interior del país, de Catamarca y La Rioja sobre todo, y también desde el sur de Chile.
La capacidad de albergue de la ciudad se vio ampliamente superada y la ocupación espontánea de tierras hacia el oeste de la ciudad «que por entonces terminaba en la avenida 13 de Diciembre», fue un fenómeno característico de la época.
Las ocupaciones que habían dado origen a los llamados barrios Payaguala y Chile Chico, con precarias viviendas de cartón, chapa y madera, durante el «boom» terminaron de configurar los barrios Newbery, Pietrobelli, Las Flores, La Floresta, San Martín, Quirno Costa, José Fuchs y también el Stella Maris, que carecían de los servicios más básicos.
Para disminuir sus costos, la contratación ilegal de extranjeros fue práctica común en no pocas empresas, mientras en torno a la actividad petrolera se generaba un nuevo estrato de gran dinamismo, integrado por contratistas y subcontratistas.
Incremento demográfico, grandes flujos de dinero circulante y factibilidad de negocios fueron denominadores comunes de la vida en esos años, grabados en la memoria colectiva con la imagen remanida del gringo que encendía su puro con dólares en uno de los tantos y florecientes cabarets de la época.
El 10 de marzo de 1962, desde Comodoro Rivadavia Frondizi afirmó: «puede decirse, sin exagerar, que la Patagonia es la región clave de la transformación de nuestra Patria y esta ciudad es el ejemplo más cabal».
Déjà vu
El domingo 10 de noviembre de 1963, en una columna de El Chubut titulada «El delito y el crimen en Comodoro Rivadavia», el editorialista daba cuenta de los efectos no deseados de ese «boom» que había convertido a la ciudad en «meca de los dólares».
«El enorme, incontenible incremento industrial, ávido de empleos y mano de obra, hizo que de todas partes, sin orden y sin ningún control, Comodoro se viera (y sigue viéndose) invadida por gentes de todas las categorías, desde el trabajador, al buscador de fortunas ilícitas, de seudos obreros y, lo que más preocupa, de gente del hampa, siempre decidida para el delito y el crimen. Las consecuencias de este confuso, incontrolado, extraordinariamente polifacético crecimiento demográfico de la ciudad, explica sin necesidad de comentarios el auge ‘in crecendo’ de la inmoralidad, del vicio y del delito bajo todas sus formas», continuaba diciendo la ilustrativa nota editorial.
Los diarios del momento daban cuenta de la proliferación del delito, el tráfico de drogas y los «piringundines», pero también del arribo de las figuras del espectáculo más destacadas de la Argentina, sobre todo orquestas y cantantes de tango.
Frente a la gran demanda de fuerza laboral, los hombres jóvenes, sobre todo los solteros, fueron un sector social en crecimiento permanente, y en sus días y noches de descanso tomaban por asalto la ciudad, también llegando desde la zona norte de Santa Cruz.
Fue una época dorada para los dos únicos prostíbulos habilitados en la ciudad, «el grande» y «el chico», oficialmente denominados «casas de tolerancia», y para whiskerías o cabarets como Flamingo, Southland, La Gruta, Chantecler, Moulin Rouge, El Congo Belga, Follies Bergere y Bagatelle.
Los chicos que iban al Colegio Perito Moreno se encontraban cada mañana con los rastros de las fiestas que recién terminaban en la veintena de boliches distribuidos sobre calle Belgrano, inclusive gringos durmiendo al volante de sus camionetas Chevrolet Apache.
Esos técnicos de Estados Unidos, muchos texanos, adaptaban su «american way of life» a las posibilidades de Comodoro, consumiendo sin freno, de boliche en boliche, contrastando su desenvoltura e informalidad sobre el trasfondo de una sociedad conservadora.
Intentando emularlos, muchos jóvenes de la ciudad comenzaron a calzar vaqueros Far West, a vestir camisas escocesas y botas tejanas, a fumar toscanos y a beber whisky.
Durante aquel «boom» el sector privado construyó algunos de los más imponentes edificios que hoy se conservan en Comodoro, como el Pérez Companc y el Gil Alvarez; el Comodoro Hotel; el Sanatorio Austral y el Austral Hotel; el Centro Catamarqueño y el TYPAC, que se inauguraría recién en los ’70.
El «robo» de personal entre empresas ya era frecuente en aquellos tiempos -YPF era la más perjudicada-, y para lograr la fidelización de sus empleados las empresas desenvolvían todo tipo de estrategias.
Pan American Argentina Oil Company, por ejemplo, en setiembre de 1963 inauguró el edificio Huergo, ubicado en Huergo al 1.000, cuyos 24 departamentos los ofreció en venta a su personal a un precio del 69% respecto al valor de mercado, pagadero en 15 años con un interés anual del 2%.
Y lo mismo hizo con los otros tres edificios que construía frente al Colegio Perito Moreno, el Mitre, el Miramar y el Maipú, con once departamentos cada uno.
Como los hoteles, hospedajes y pensiones se habían visto saturados, algunas de las «contratistas» extranjeras alquilaron terrenos baldíos en La Loma e instalaron trailers acondicionados como viviendas para alojar en un comienzo exclusivamente al personal «importado» de los Estados Unidos.
También la ciudad se había visto desbordada por una enorme cantidad de vehículos y a fines de 1963 el Concejo debió sancionar una ordenanza que prohibía «la circulación de automotores de cualquier tipo a velocidad superior a los 30 kilómetros horarios, dentro de las calles de la ciudad».