Los ocho argentinos antárticos

Rubén de Carli De Carli nació en la Base Esperanza el 21 de septiembre de 1979, pero no lograba dar con su documento. "Llamé al Comando Antártico, al ministerio de Defensa y hasta a la Base Esperanza, pero el libro no aparecía por ningún lado", dice.

Al final se comunicó con el Registro Civil de Tierra del Fuego, bajo cuya jurisdicción está el sector de la Antártida reclamado por la Argentina, y descubrieron que el libro se había quemado en un incendio.

A De Carli le reconstruyeron el acta y el organismo lanzó una convocatoria para encontrar a los ex niños antárticos. "Habilitamos un libro especial para reconstruir esas actas", informa Lucía Foressi, subdirectora del Registro Civil fueguino.

El nacimiento de los ocho niños antárticos fue parte de la política de reclamo sobre el territorio antártico ejecutada por la última dictadura militar.

La idea era que tener ciudadanos nacidos en el continente consolidaba la posición del país en una futura mesa de negociación. De hecho, hay un argentino, Emilio Marcos Palma, que tiene el extraño privilegio de ser el primer ser humano nacido en la Antártida. Nació el 7 de enero de 1978. Chile también hizo algo parecido.

¿Cómo es criarse en la Antártida? "Es un orgullo que llevo con humildad", dice Silvina Arnouil, una de las niñas antárticas. Su padre, Oscar, era cabo de la Fuerza Aérea y su madre, Silvia de Luca, dejó su trabajo de secretaria para acompañarlo en su destino en la Base Esperanza. Llegaron a inicios del 1978 y ella nació el 14 de enero de 1980.

"Yo fui concebida en la Antártida", dice Silvina para distinguir su caso. En la mayoría de los otros nacimientos la madre ya estaba embarazada cuando llegó al continente y el parto antártico fue una clara estrategia de los mandos militares para sostener el reclamo territorial.

La historia de las familias antárticas tiene un apellido insignia: Carro. Ignacio Carro es uno de los próceres argentinos de la exploración en el territorio -hizo nueve campañas- y contagió la pasión a sus cuatro hijos. En el verano de 1978 vacacionaban en Miramar, como todos los años, cuando Carro les anunció que en 15 días partían para la Base Esperanza, donde se quedarían un año.

"Estábamos fascinados, por fin íbamos a conocer el lugar mítico de los cuentos de papá", recuerda María Carro, que tenía 12 años y abandonó sus compañeras del colegio porteño Corazón de Jesús para instalarse con sus tres hermanos -uno de ellos, Ignacio, es su mellizo- y su madre en la Base Esperanza.

El viaje fue en un Hércules hasta Ushuaia y de ahí en un barco que fue sometido a un vendaval de viento y olas en el mítico Pasaje de Drake, uno de los mares más hostiles del mundo. Una de las embarazadas que viajaba para dar a luz en la Antártida se descompuso y sobrevivió amarrada a una hamaca paraguaya.

Eran ocho familias distribuidas en cuatro casas y se quedaron desde febrero de 1978 hasta enero de 1979. Diez niños distribuidos en un par de cursos estudiaban con tres maestras y aprovechaban las ventanas de buen clima para esquiar, lanzarse en trineo o ir en la moto de nieve hasta un glaciar. Cuando había tormenta tocaban la guitarra o miraban un par de películas en Super 8. Se enteraron por radio que la Argentina había ganado el Mundial de fútbol y salieron a festejar a los gritos en medio de la noche polar.

Fuente: La Nación

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