Nueva York, ciudad de inmigrantes y de oportunidades

Marcelo Insúa, mago profesional, contó su opinión y entregó una gran conclusión que le dejó Nueva York.

Debo admitir que no entiendo la voracidad de la gente por conocer lugares nuevos en el mundo. Yo prefiero volver cada año a escuchar jazz en la isla de Manhattan, en Nueva York. Pero también es cierto que tengo un record de veintidós visitas a Madrid para comer en el mesón Casa Lucio esos famosos "huevos rotos" que allí preparan, unos ricos huevos fritos acompañados de papas y jamón.
Hice ya diez viajes a Londres para saber cómo viajar hasta el barrio del Soho en el subterráneo, el "Tube" londinense. Y también viajé catorce veces a París hasta encontrar el sitio en Montmartre donde sirven la mejor "raclette", una fondue de quesos.
Aunque suene raro, a veces me pregunto: ¿para qué conocer algo nuevo cuando uno ha disfrutado tanto de lo ya conocido? Y también, ¿será acaso ése el gran secreto del matrimonio?
La verdad es que me nutro de la nostalgia, más que de las novedades. Soy de esas personas que extrañan lugares, sabores, aromas y colores.
Me obsesiona volver. Volver a sentir la calidez de Perú en un escenario de Lima me seduce más que visitar las ruinas de Machu Picchu.
No me obsesiona mirar, porque siento que mirar no es conocer. Es fácil decirlo después de haber visitado treinta países, aunque en realidad no conozco ninguno, o casi ninguno.
Pero en mi último viaje a Nueva York empecé a conocerla, a entender esa diversidad que es su mayor atractivo. Allá conocí a una persona de Bangladesh durante la fría madrugada de un sábado de diciembre.
Nevaba y él me ofrecía una "crepe" de dulce de leche. Esto me pasó en la esquina de la 2° avenida y la calle 82, eje del elegante Upper East Side neoyorquino. Este hombre me contó que en sólo cuatro años ya había logrado ser propietario de tres locales, tenía uno en Manhattan, otro en Brooklyn y el tercero en Queens.
En Nueva York conocí también a una española que cursaba un doctorado en literatura. Ella abría la puerta de su departamento siempre que yo subía las escaleras hacia el mío. Y conocí a un argentino que tiene una parrilla en Harlem. Me hice amigo de un chofer nativo de Trinidad Tobago casado con una mujer de Rusia, ella me llevó al aeropuerto. Conocí a un cubano que limpiaba las calles sacando la nieve con una pala, él me dijo que amaba a Trump. Y también conocí a Joe Garsetti, hijo de italianos, él me contrató para trabajar en su teatro. Conocí a un judío ortodoxo que vino a oír mi conferencia sobre magia. Y me hice amigo de un gran mago, el dominicano Eric Decamps. Después de nueve viajes a Nueva York empecé a conocerla de verdad.
Esta diversidad hace casi imposible toparse en Nueva York con un "american american", un estadounidense. No vi nada igual en otras grandes ciudades. Londres, Sidney o París son cosmopolitas, pero Nueva York es a la vez una ciudad de inmigrantes y de oportunidades. Empiezo a conocerla aunque nunca subí al Empire State, ni tomé el ferry a Liberty Island para ver la Estatua de la Libertad.

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