Pensar otro año de RSE

El 2017 llega a su fin y es época de inevitables balances. ¿Cómo le fue a la RSE? ¿Quién puede no estar de acuerdo en el ámbito de los negocios con que haya mayor equidad en el mundo y menor contaminación? La RSE apunta en esa misma dirección, su círculo virtuoso nos habla de una obligación moral que de manera voluntaria las empresas deben asumir frente a sus comunidades. No obstante surgen tensiones, tanto en el campo teórico como en el práctico, que podemos vincular a interpretaciones y modos de organización.

A la hora de insuflar eticidad y solidaridad en el circuito comercial, algunos interrogantes no parecen sencillos de contestar: ¿cómo hacer para que en verdad sea posible un cambio cualitativo y cuantitativo del modo de asignar las utilidades? ¿Cómo superar los grandes intereses de los poderosos que se resisten a una nueva lógica de reasignación del capital? ¿Cómo nivelar las desigualdades de los distintos países? ¿Cómo exigir y controlar la instrumentación de las recomendaciones de los organismos y agencias internacionales? ¿Cómo aplicar la innovación, la creatividad y la diversidad en este campo? ¿Cómo obtener beneficios de una tecnología casi omnipresente? Estas preguntas visibilizan una compleja trama de beneficios y poderes políticos-económicos que sin dudas están en juego.

La RSE surge como un salvavidas para evitar el naufragio, por lo menos ético, de gran parte del mundo empresarial. Se ha convertido en un punto de convergencia de distintos saberes y competencias que dialogan –entre otros- aspectos administrativos, económico-financiero, normativo, social, contextual, “marketinero” y comunicacional.

El mercado, ese gran organizador de la sociedad moderna, realiza desde hace tiempo una pulseada contra el Estado, el otro gran organizador, por establecer la lógica dominante en la escena de la legitimación del lucro y del reparto de la riqueza.

Y aquí aparece una “grieta” interpretativa relevante: no es lo mismo ir por “derecha” que por “izquierda” para consolidar derechos y garantías, oportunidades de trabajo, políticas sobre educación, salud y cuidado del medio ambiente.

Los gobiernos de corte popular difieren de aquellos que se identifican con las llamadas “democracias de mercado”, tantos en las conceptualizaciones como en las herramientas utilizadas para solucionar los problemas mencionados.

Sabemos que frente a los problemas sociales, el Estado con vocación popular propone políticas públicas; en cambio, el mercado prefiere trabajar con las ONG en articulación directa con la RSE. No deberían ser consideradas como opciones opuestas y excluyentes sino simplemente como caminos complementarios para alcanzar el fin requerido. Pero la ideología está presente siempre en la gestión y a veces en lugar de sumar, complejiza.

Podemos decir que el gen más duro de la RSE está asociado con la necesidad empresarial de sanear su imagen frente a un modelo de producción que concentra capital, contamina y destruye los recursos naturales, sin valorar siquiera a los seres humanos.

Nos queda claro entonces que la mentada responsabilidad empresarial es un instrumento de gobernabilidad que despliega un mapa explicativo y de gestión afín a los intereses mercantiles.

Dentro de este modelo post neoliberal dominante, que evidencia a cada paso signos de agotamiento, resulta mejor que la RSE exista, pero lo que también es cierto, desde las prácticas sociales, es que ese modelo está siendo cuestionado. Nuevas formas de relaciones están emergiendo con fuerza singular y se escucha de manera constante miles de voces que lo expresan en todo el planeta desde diversos espacios. Los paradigmas que nos sujetaban a un mundo desigual están en crisis, pareciera terminal. Lo único seguro es el cambio. La RSE no es la excepción. Es sólo la pieza de un engranaje mayor que está redefiniéndose a cada paso y cada vez más rápido.

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