Poder de disuasión

Para que sus vigiladores porten armas de cualquier tipo las empresas de seguridad privadas deben tramitar los correspondientes permisos ante la Jefatura Policial y ofrecerles la capacitación necesaria.
En el caso de armas de fuego los vigiladores deben realizar, además, el correspondiente trámite ante el Renar en forma individual.
Aunque la mayoría de los vigiladores que se desempeñan en la ciudad no portan armas de ningún tipo, una parte sí lleva amarrados a la cintura los clásicos bastones tonfa, que son como cachiporras con manija, y armas de fuego detentan sobre todo los agentes dedicados a vigilar movimientos de caudales.
Exhibiendo armas se pretende que el servicio de vigilancia sea más efectivo en sus funciones de prevención y disuasión, porque sólo el agente podrá esgrimirlas en caso de que una agresión o situación de máximo peligro para las personas lo justifique.
Con su mera presencia, el vigilador debe disuadir la comisión de un robo de comida en un supermercado, por ejemplo, y ante cualquier situación conflictiva le corresponde dar aviso inmediato a la policía.
En comercios, la intervención de un vigilador sobre todo somete a la vergüenza pública al ladrón cazado, porque el vigilador no puede por sí mismo siquiera demorar a una persona. Sólo le corresponde retenerlo en el lugar bajo su vigilancia haciendo uso de la palabra, ya que le está prohibido tocar de cualquier forma al supuesto autor de un delito. No puede revisar su cuerpo ni sus pertenencias.
Así, sólo depende de la buena voluntad de la persona apresada quedarse en el lugar donde lo pescaron hasta esperar la llegada de la policía. Porque si el atrapado, con sus bolsillos abultados, toma la puerta y se da a la fuga, nada pueden hacer los vigiladores, dado que tampoco están habilitados para abandonar el local donde prestan servicios para afanarse en una persecución callejera, por ejemplo.
En caso de haber sido retenido por la fuerza en el lugar, el ladrón podría denunciarlo por privación ilegítima de la libertad.

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