Una experiencia inolvidable en Estambul

Rafael Sábat es arquitecto y capacitador internacional, especializado en productos de alta gama, viajó por trabajo a Estambul y afirmó que fue una de las mejores experiencias de su vida.

Las ciudades fronterizas atraen el comercio, y mi trabajo me llevó a conocer varias. Pero una cosa es estar entre dos países del Mercosur y otra entre dos continentes, como Estambul, Turquía. Allí dejaron su huella grandes civilizaciones de la historia, y visitar la ciudad es algo que hay que hacer antes de dejar este planeta.
Estambul está a ambos lados de un estrecho, el Bósforo, por donde, según el mito, cruzaron los argonautas que buscaban el vellocino de oro. Sus aguas son complicadas de navegar, porque suele haber niebla y se corre riesgo de encallar. Pero ver la mitad asiática de Estambul, semioculta por esa niebla, desde los restaurantes de la orilla que miran hacia el este, es una experiencia difícil de olvidar.
Del lado europeo de Estambul está el estadio (y los hinchas) del Galatasaray. Del lado asiático está todo lo del odiado rival, el Fenerbahçe. Mis colegas locales, Mustafa y el histriónico Husseyn, eran del Fener, que, juraron, es el club más popular. Lo cual, en ese año 2010 y para quienes viajamos con pasaporte uruguayo, representó una gran ventaja: el ídolo del "Fener" era Diego Lugano, por entonces capitán de la Celeste. Fue la única vez, en mis veinte años de viajero, en que llegué a un país, el oficial de migraciones miró mi pasaporte, sonrió, dijo "Uruguay" y nombró a otro uruguayo. Gracias, Lugano: se ve que usted se portó bien allí.
Por supuesto, en Argentina aún no se había visto televisión de origen turco, así que yo sólo conocía lo de los libros: que Santa Sofía es una maravilla, que la Mezquita Azul queda enfrente y que el Bazar es donde uno regatea, piensa que ganó y en realidad le ganaron (pero no importa). En Santa Sofía sentí que flotaba, como si algo me levantase por el aire. La Mezquita Azul es mucho más grande y parece ser que los musulmanes prefieren ir a rezar allí.
La comida en Estambul es fuera de serie: mediterránea con toque asiático. En lugar de pan, lo primero que traen es melón en trozos y raki, la versión local del licor de anís, que uno de mis colegas, musulmanes ellos, no se privó de beber. Tal vez lo hizo por ser gentil conmigo.
El barrio elegante donde trabajábamos se llama Nişantaşı (se dice "Nishántashi"). Allí me llevaron a un café frecuentado por estrellas de fútbol y me divertí explicándoles a Husseyn y Mustafá a quién denominamos botinera. Los turcos no toman tanto café sino té, al que llaman "chá", igual que los brasileños. Y el té se sirve fuerte, muy caliente. Uno debe tomarlo en uno o dos sorbos y sin quejarse si se quema los dedos.
Estambul también tiene el equivalente de nuestra Plaza de Mayo, la plaza Taksim. Hay tiendas de libros usados, calles peatonales y restaurantes. Y al lado de la salida de la estación de subte había un vagón de tren enorme que vendía camisetas y toda la gama de productos del "Fener". Fácil de reconocer: fue raro ver a un ídolo de Nacional con una camiseta igual a la de Peñarol, pero allí estaba. Una gigantografía de Diego Lugano, con los brazos abiertos, gritando un gol.

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