“Esta es mi hijita”, descubrió espantado el cabo primero Juan Segundo Zúñiga y estalló en llanto. El primer abrazo vino de su jefe. Inmediatamente le sacaron el arma reglamentaria. El policía de la Seccional Tercera había llegado hasta la zona de Bella Vista Sur por el hallazgo de un cuerpo. El procedimiento parecía ser uno más como tantos. “Este caso lo resolvemos rápido”, había dicho su jefe en la camioneta. Pero a Juan, ese procedimiento lo marcaría para siempre. Es que el cuerpo que encontró enterrado era el de su hija, Gabriela Alejandra, de 18 años.
Según la investigación, eran las 16:15 del 12 de noviembre de 1998. Ramón y Sara, un matrimonio, sacaban yuyos en un terreno del Bella Vista. A unos 700 metros, un automóvil de color rojo llegó y realizó algunas maniobras para estacionar en la vieja cantera de Dycasa.
Ramón había sido policía e inmediatamente puso atención en los movimientos. M.G.N., un joven de 17 años, practicante de yudo y amigo de Gabriela con quien había mantenido una relación sentimental, se estacionó frente a una especie de fosa. Conducía el Renault 18 de sus padres. Se bajó, dejó abierta la puerta y sacó una pala del auto. Cavó y enterró algo. Tardó alrededor de unos ocho minutos. Luego se subió al auto y se fue.
El matrimonio quedó con dudas. Pensaron primero que se trataba de algún animal muerto, pero sospecharon porque el joven había sido muy minucioso. Sobre las 17:30, a Ramón la curiosidad le ganó y decidió ir a ver qué había enterrado. Cuando cavó, en el tercer movimiento, se encontró con una mano con uñas pintadas en color cobre. No dudó y llamó a la policía.
Ante ese alerta, Juan Zúñiga, que había llegado a la comisaría luego de un partido de fútbol del campeonato policial, subió a uno de los jefes a la camioneta y se dirigió al lugar. La policía tenía la misión de develar el caso. El procedimiento parecía uno más.
“MALDITA SORPRESA”
Llegaron autoridades judiciales y policiales. Se preservaron las huellas de un vehículo de alrededor de 1,64 metro de trocha. Y se comenzó a desenterrar el cuerpo. Salieron a la luz así cabellos castaños y un rostro de mujer con escoriaciones. En el cuello tenía atado adornos y un hilo de albañilería.
Inmediatamente cuando la arenilla dejó ver bien el cuerpo, a Zúñiga se le vino el mundo encima. Reconoció la vestimenta y el rostro de la joven. Era su hija. Lo gritó y estalló en shock. “Salí como uno de los tantos procedimientos y casos que pasaron en Comodoro, pero me encontré con esa maldita sorpresa”, recuerda hoy ante Letra Roja.
De ahí en más la vida de Juan y de su familia cambió radicalmente. El caso se hizo noticia nacional y se publicó en diarios regionales y nacionales. Un caso inédito en el país, un policía en medio de un procedimiento policial, había encontrado enterrada a su hija estrangulada.
Ese día, Juan había visto a Gabriela a las 13:50 cuando salía de su casa con sus amigos Cristian y Quique. Le había preguntado a su esposa, Teresa del Carmen Soto, adónde iba Gabriela y ella le contó que iba a llamar por teléfono a M.G.N.
Cuando la chica volvió conversó con Juan y se cambió en la casa. Para ir a ver a M.G.N, se puso una remera negra, escotada por delante y atada por detrás con cintas cruzadas. Se calzó un pantalón de jeans azul y un par de sandalias negras de cuero con taco alto.
Juan se iba a la cancha de fútbol con su esposa. Gabriela, les dijo que le dejasen la llave de la casa porque volvería enseguida. Tenía intenciones de que la charla con M.G.N. fuera corta.
En esos años los teléfonos celulares eran costosos y un lujo reservado para muy pocos. A las 14:12 Gabriela llamó de la cabina Nº 1 del multirrubro “Pandora” ubicado en la avenida Estados Unidos al 200, a la casa de su ex novio. Al menos así lo dice la lista sábana de llamadas. M.G.N y Gabriela habían roto su relación sentimental hacía dos meses, pero se seguían comunicando por teléfono y arreglando encuentros.
Los amigos de Gabriela luego coincidirían que la relación estaba teñida de constantes peleas y que el muchacho era celoso. Incluso Gabriela le había contado a algunos amigos que aparentemente estaba embarazada. Sin embargo, la madre del joven no estaba de acuerdo con la relación, decían algunos de los amigos.
“No la aceptaba. El chico siempre hablaba conmigo. Comentaba que a su mamá no le gustaba la relación. Porque Gabriela vivía en una casita de chapa, que éramos humildes. Yo después que pasó esto quería hablar con él. Yo quería que venga y me diga en la cara qué pasó. Porque yo lo llevaba a la casa a altas horas de la madrugada, lo llevaba y lo traía. Y nunca pude hablar”, recuerda hoy Teresa, la madre de Gabriela, a más de 15 años del crimen.
Juan no dudó un minuto, y le contó a los policías que su hija se iba a encontrar con M.G.N. a las 14:30. De ese modo los investigadores llegaron hasta la casa de él. Cuando salió le preguntó a los policías qué pasaba. Y los sabuesos le preguntaron lo mismo. Agachó la cabeza y no quiso decir nada. Quedó detenido en relación al homicidio y luego también se negó a declarar ante el juez de instrucción.
Sin embargo, se recolectarían muchas pruebas junto a los investigadores de la Fiscalía y los peritos, además de testimonios que incriminarían a M.G.N.
PRUEBAS
Gabriela había sido estrangulada. Falleció por asfixia mecánica, al serle comprimido el cuello. Decían que se trataba de una estrangulación a lazo. Antes habría sido golpeada en la sien y tomada fuertemente de las muñecas, donde tenía las marcas y hematomas. Se sumó a la causa, los testimonios de los profesores de judo de M.G.N., que contaron las técnicas de estrangulamiento que le enseñaron al joven.
Además de saber técnicas de estrangulamiento, había competido en yudo y había obtenido un tercer puesto, lo que para uno de los jueces ponía de manifiesto su capacidad para sorprender, “su destreza y habilidad para voltear al oponente”.
Las huellas del auto en el lugar correspondían al del Renault 18 que había conducido el joven. Ese auto según su madre lo había lavado porque ella ya se lo había pedido con anterioridad. Pero para los investigadores, M.G.N. había intentado borrar huellas, ya que también se bañó.
El sospechoso estuvo detenido entre el 12 de noviembre de 1998 y el 1 de marzo de 1999. Luego quedó sujeto a una medida de coerción con régimen de semi-libertad, o salidas transitorias.
El 27 de noviembre de 1998 la psicóloga forense consideró indispensable que el joven fuera derivado al Servicio de Salud Mental del Hospital Regional para realizar un diagnóstico psiquiátrico y eventual tratamiento.
En cambio, otro informe de un forense sostuvo que M.G.N. no presentaba signos o síntomas que hagan sospechar una enfermedad mental.
Lo cierto es que el 30 de noviembre de 1998 el juez de instrucción, Oscar Herrera resolvió ordenar el procesamiento de M.G.N., resolución que fue apelada el 3 de diciembre de ese año. El 30 de abril de 1999 la Procuración Fiscal solicitó la elevación a juicio.
El 7 de mayo la defensa del joven se opuso a la elevación a juicio y solicitó el sobreseimiento por considerarlo inocente. Sin embargo, el 14 de mayo de ese año, el juez de instrucción resolvió no hacer lugar al pedido de sobreseimiento y elevó la causa a juicio.
“ME DESILUCIONO TODO EL SISTEMA PENAL”
El tribunal de la Cámara Primera en lo Criminal integrado por Daniel María Pintos, María Elena Nieva de Pettinari y Miguel Angel Caviglia, declaró al joven penalmente responsable del delito de homicidio simple y lo condenó a once años de prisión.
Por haber cometido el delito teniendo menos de 19 años, el condenado debía ser trasladado al instituto que designe la Dirección General del Régimen Correccional de Capital Federal. También hizo lugar a la demanda civil por daño moral que los padres de M.G.N. debían pagar a los padres de Gabriela. Y dispuso que se remitan los antecedentes pertinentes respecto del testigo R.V.V, atento a la presunta comisión del delito de falso testimonio.
Luego interpusieron una casación las defensoras de Menores e Incapaces con el argumento de que el tribunal de la Cámara del Crimen, “en forma contradictoria y abrupta, se precipitan sin dar razón suficiente de ello, a decidir la aplicación de la pena al joven imputado como si fuese un adulto, descartando las alternativas más favorables que autoriza la norma del artículo 4 in fine de la Ley 22.278 interpretando en forma ilógica y errónea el universo de normas que reglamentan el Régimen Penal de Minoridad (…) M.G.N. tenía 17 años de edad al momento del hecho y si bien se ha declarado su responsabilidad penal, no ha cumplido un año de tratamiento tutelar”.
Así, el Superior Tribunal de Justicia del Chubut integrado por Fernando Royer, José Luis Pasutti y Agustín Torrejón, declararon el 29 de mayo de 2000 nulo el punto 2º de la sentencia de la Cámara Criminal y dispusieron lo necesario para cumplir en favor de M.G.N. el tratamiento tutelar.
De esa manera, el 20 de junio de 2000, el Tribunal de la Cámara del Crimen ante el fallo del Superior Tribunal resolvió hacer entrega de M.G.N. a sus progenitores continuando con su tratamiento tutelar hasta la mayoría de edad –el 20 de noviembre del 2001- y lo autorizó a concurrir a la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco aunque fuera en carácter de oyente y también a actividades deportivas.
“Me mentían, decían que estaba preso y no estaba preso. Lo llevaban a la Quinta y a la noche dormía en la casa. Se iba a la casa a dormir, y a la noche se la pasaba de joda”, recuerda Teresa.
“Yo le dije al juez, él tiene derecho a estudiar. ¿Y mi hija qué? Mi hija también tenía derecho a estudiar”, recuerda y lamenta Teresa, que encabezaba las panfleteadas y “escraches” en la Universidad y en la Cámara del Crimen contra el condenado por el homicidio de su hija.
“Después supuestamente la condena se la bajaron a ocho (años de prisión), y habrá cumplido cuatro años. Se lo llevaron a Rawson, allá nos dijeron que se lo habían llevado a Esquel, ahí estaba estudiando para panadero. Ahí se cumplieron los cuatro años”, cuenta Teresa sobre la suerte del condenado, quien ya se habría recibido en otro lugar del país en una carrera universitaria.
“A mí me desilusionó todo el sistema penal”, resumió la dolida madre sobre las determinaciones de la Justicia en todo el proceso.