Las últimas joyas de la abuela

Ya no está, por supuesto, aquella modesta casa de chapas detrás de la administración de Yacimientos Petrolíferos Fiscales. Tampoco está aquel visionario ciego que practicaba el comunismo bien entendido: el legendario secretario general de los petroleros del Estado, Juan Poza. Sólo queda en la memoria, en su misma austera línea de conducta, la imagen imborrable del quijote de la pipa, Juan Sbovoda. Desde aquel prolijo ranchito de Calle 7, con peluquería incluida, se soñó y se concretó la altiva última sede local del gremio petrolero cuando era el Estado el que mandaba. ¿Cómo va a quedar algo de eso, si el logo que redondeaba con la bandera celeste y blanca a la sigla es de cuando los yacimientos petrolíferos, eran fiscales?

JOYAS
“Queremos saber, en caso de presentarnos a la justicia, que nos digan si tenemos algún derecho los 2.500 que todavía vivimos, con todas nuestras familias, nietos y bisnietos”, dicen con lógica irrefutable, los últimos mohicanos.
Es “para ver si tenemos derecho a una asamblea como corresponde. Porque con esta metodología de ahora donde se colmó el vaso de agua, se vendió el hotel de la playa de General Mosconi, el quincho de SUPeH, terrenos donde está el barrio Médanos, y yendo más atrás, los terrenos donde ahora está el cámping de Rada Tilly”, repiten como en una plegaria.
Se refieren, claro, solamente a los bienes que en su época de gloria consiguió y administró la entidad sindical que los representaba. Una institución que reflejaba exactamente los niveles portentosos de la empresa estatal de aquellos tiempos. Ya con los ojos cansados de haber visto en las últimas dos décadas como se fueron cayendo a pedazos todos y cada uno de los paisajes de su primera infancia y de su segunda juventud. El Hospital Alvear, las gamelas, el Club Huergo, los comedores, la terminal de transportes devenida en templo evangélico; la panadería transformada en supermercado, la “Prove” reutilizada como centro educacional; el hospital bajo el piquete rápido de una promesa mejor… hasta el propio murallón que lo protegía desde los años sesenta, cediendo ante el avance de un mar que carcome el pie del chalet Huergo y ahora se disfraza de sunami hacia el Club Náutico de YPF, empujado por tierras que airosas se adueñan de este lado del Chenque de dominios oceánicos para erigir un shopping.

COMUNAL
“Si tiene que desaparecer el edificio de SUPE por alguna razón, que desaparezca pero con claridad y orden. Por eso nosotros queremos llegar si es posible, a donar el edificio a la Municipalidad”, confiesan tardíamente los cuatro o cinco de buena voluntad que no se resignan a que se hayan perdido no sólo las joyas, sino también el espíritu de la abuela.
Lo concreto es que con esa misma lógica el jueves los tres bloques políticos representados en el Concejo Deliberante empezaron a poner fin unánimemente, a un incomprensible mal gasto que se venía realizando a cuenta de los 60.000 contribuyentes, con el alquiler de instalaciones ya vetustas e insuficientes para la atención municipal en toda la Zona Norte.
El ilógico alquiler de 40.000 pesos mensuales desde hace quince años por parte de la Municipalidad, y sólo parchando al noble pero mal mantenido conjunto de edificios por no ser el propietario, resulta una razón poco rebatible para la decisión compartida por los concejales sin distingos ideológicos. El hecho que el trato encauzado incluya los dos generosos terrenos que circundan la construcción, permite augurar -como señalaba José Gaspar que era la intención de la gestión de Jorge Aubía al iniciar el comodato-  que habrá con el tiempo una verdadera descentralización de trámites para toda la creciente masa de contribuyentes del otro lado del Chenque.
El fin último al que aspiran los ypefianos quejosos, sería el mismo pero ampliado: un bien público, para todos los habitantes. Ypefianos o no ypefianos.
Resta, claro, que a los que corresponde, revisen puertas adentro este triste réquiem que se está dando a esa institución sindical que tanto tuvo que ver con el desarrollo social y humano de la ciudad. Al menos para preservar con hechos -y no sólo con recuerdos- la honorable memoria de más de cuatro Poza y Sbovoda que supieron hacerla grande, próspera y democrática.

Fuente: Daniel Alonso

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