Muñeco de acero inoxidable

Aceptadas dos verdades menos contrapuestas que complementarias, que los goles los hacen o los evitan los jugadores y que la sola existencia de los entrenadores da cuenta de un cierto grado de influencia, va de suyo que uno de los grandes ganadores del miércoles en Mendoza ha sido Marcelo Gallardo.

River en general, desde luego, y cada futbolista en particular con un singular relieve en Franco Armani, Leonardo Ponzio, Pity Martínez, Nacho I (Fernández) y Nacho II (Scocco), sigan firmas.

¿Y Gallardo?

Hagamos las cuentas del trazo grueso: llegó a River el 30 de mayo de 2014 y casi cuatro años después suma liderazgo en la conquista de ocho títulos y no necesariamente copas “de leche”, como gustan de etiquetar sus detractores con torno zumbón o mirada torva.

Tampoco habían sido de leche dos Recopas Sudamericanas y menos todavía la Sudamericana 2014 y la Libertadores 2015, las dos tras imponerse en sendos mano a mano con Boca. Y tampoco entrará en el rango despectivo la flamante, por más que desde cierta perspectiva la Supercopa Argentina sea un engendro de tinte comercial y efectista.

El hecho de que River haya dado la vuelta olímpica en la cara de Boca y en tiempos de copioso florecimiento en la Ribera y de honda crisis futbolística en Núñez supone un valor en sí mismo, intangible, metasicológico, emocional, como se prefiera, y al tiempo más verdadero que la mismísima verdad.

Echemos, si no, un vistazo a la vereda de enfrente.

¿Aún cuando Boca va camino de volver a ganar el campeonato nacional Guillermo Barros Schelotto ha salido indemne?

¿Guillermo Barros Schelotto es hoy valorado por los hinchas de Boca de igual manera que antes del partido jugado en Mendoza y que después de una conferencia de prensa en la que persistió en su tic de negar todo mérito al adversario y todo error de su parte?

No, definitivamente no.

Pues bien: del mismo modo, la victoria del miércoles es insuficiente para borrar las recientes pifias de Gallardo (en la elección de algunos refuerzos, en la elección de algunos jugadores, en la impronta de su equipo), pero más que suficiente para renovar su crédito por el wing de las decisiones fundamentales en los momentos fundamentales.

Juegan los jugadores y ataja como atajó Franco Armani, por supuesto, certezas que no empañan el ojo clínico y la plena apuesta de Gallardo, con los nombres que eligió y con los modos que dispuso; los modos que, oh casualidad, hace algunos años ya habían empujado a la trampera estratégica al ‘Vasco’ Arruabarrena.

Gallardo no es Napoleón, ni el Gran DT de los DTs más grandes, ni el más despierto de la vereda, pero admitamos que tiene un no sé qué apto para salir crecido de las tormentas bravas, para refundarse, para saber creer en sí mismo e invitar a que crean en él.

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