Desde una perspectiva simbólica, las noticias representan los ladrillos que construyen la realidad social. A través del periodismo los ciudadanos tienen la posibilidad de conocer los acontecimientos que se producen más allá de su entorno cotidiano.
La sociedad no puede vivir sin un presente que la envuelva y que le sirva de referencia. Así lo dimensiona el español Lorenzo Gomis, uno de los teóricos de la comunicación más influyentes de Iberoamérica. En su opinión, los medios informativos tienen la función de rodear a la sociedad con ese presente continuo.
Dicha reflexión ayuda a comprender en algún sentido por qué en la mayoría de los países occidentales las noticias referidas a casos policiales concentran la atención del público, tanto en los diarios –de papel y online– como en la radio y la televisión.
Estudios realizados en culturas tan diversas como Estados Unidos, Alemania, España y Argentina concluyen que el denominado “periodismo de sucesos” lidera los índices de consumo de información -en forma transversal dentro de los distintos niveles de estratificación de la audiencia-, desplazando a otros temas de relevancia para una comunidad como política, economía, salud o educación.
Para comprobar esa tendencia basta con ingresar a la edición digital de Diario Patagónico un sábado o domingo y observar el ranking de las cinco noticias más leídas de la semana. Aquellas de la sección policial siempre ocupan los principales escalones del podio.
Como ya se planteó, la necesidad humana de saber qué ocurre más allá del entorno próximo -dado que ese conocimiento es lo que permite interactuar en una sociedad organizada-, representa un punto de partida para intentar descifrar el elevado interés que despiertan las noticias policiales.
Si bien toda noticia comprende la ruptura del orden existente, sea que tenga como génesis un acontecimiento político, económico o de otra naturaleza, esa ruptura suele ser mucho más significativa en el caso de un suceso policial como un homicidio, un robo o un secuestro. Una información de origen policial marca más que cualquier otro evento el quiebre de las relaciones sociales aceptadas. Pone en duda el sistema de seguridad que presupone la vida en comunidad.
En su libro “Política y delito”, el ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger postula que el delito es como una caja de resonancia de lo que ocurre en la sociedad donde se produce. Afirma que la conducta de quienes delinquen y el tipo de delitos que cometen son un reflejo que pone al desnudo las debilidades y las miserias de esa sociedad, más que exhibir un comportamiento aislado.
Esa visión coincide con la que propone Claudia Piñeiro, una de las escritoras argentinas de novelas policiales más renombradas de la actualidad. Aunque se refiere a obras de ficción, no hay que desdeñar su mirada sobre el auge del género ya que la literatura puede servir en ocasiones como un campo de referencia, como una matriz de lectura que ayuda a comprender la realidad y que la mayoría de las veces se inspira en ella.
“Hay muchas teorías para explicar las causas (del éxito de la literatura policial), pero me centraría en una: la posibilidad de dar cuenta del estado de una sociedad en un momento determinado. Un policial cuenta la sociedad donde transcurre, no puede entenderse del todo un crimen si no se conoce la sociedad donde se comete. No es lo mismo un asesinato en la Suecia de (Hennin) Mankell, que en la Italia de (Andrea) Camilleri, o en Argentina. Así, cuando leés a Mankell además de ‘el hecho policial’, entendés la xenofobia, por ejemplo”, analiza.
Tanto el interés del público por las noticias policiales como por las novelas de ese género tienen un surgimiento casi paralelo, que registra como antecedente en Europa y en América los cancioneros populares del siglo XVIII que relataban “hechos de sangre”.
Casi cien años después, cuando hacia finales del siglo XIX empezó a consolidarse la prensa masiva, la crónica policial y el cuento de ese género llegaron a compartir espacios en los periódicos de Estados Unidos y de Francia. Incluso la obra que inaugura la literatura policial, Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe se publicó en 1841 en la Graham’s Magazine, una revista que circulaba en Estados Unidos.
En Argentina, el diario Crítica de Natalio Botana, fundado en 1913, fue el primer periódico del país en darle un lugar prioritario a la información policial.
Así fue naciendo una tradición que también explica la amplia cobertura que no sólo el periodismo sensacionalista sino igualmente el denominado periodismo de referencia o “serio” le dedican en la actualidad –o más bien desde siempre– a las noticias policiales.
Son historias que atraen a la audiencia porque ponen en alerta a la sociedad acerca de la inseguridad de la que cualquiera puede llegar a ser víctima. También por la curiosidad humana de vivir en forma “vicaria” situaciones límites, es decir experimentar esas tragedias a través de lo que les ocurre a otros, conocer las atrocidades que es capaz de cometer un ser humano.
Sin embargo, todo ello no justifica los criterios extremistas de algunos medios, sobre todo de determinados canales de televisión de Buenos Aires que convierten cualquier acontecimiento en un espectáculo al que le dedican hasta el hartazgo cada segundo de su programación, aunque no haya nada nuevo que contar al respecto, como si fuera lo único noticioso de la jornada.
Es lo que sucede en estos días con el asesinato de Melina Romero o el caso del motochorro de La Boca, al que se puede ver desfilar por los sets de TV para dar entrevistas, convertido en una suerte de efímera estrella que pronto quedará en el olvido cuando aparezca otro personaje que acapare la pantalla.
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Por Victor Latorre
- 26 septiembre 2014