La idea original del viaje fue no hacer planes, solo ir proyectando lo inmediato mientras avanzábamos. En ese viaje "por la banquina" conocimos gente y rincones que están fuera del mapa.
Tenía 17 años, y con mi amigo Andrés era nuestro primer viaje solos, sin la guía de nadie, solo con la mochila y las ganas de aventurarnos. Después de meses trabajando en el desierto comodorense, la idea era ir a El Bolsón en colectivo y ahí decidir qué hacer, sin alojamiento estimado ni dirección previamente fijada.
Apenas llegamos a la ciudad rionegrina, notamos lo obvio: estaba llena de turistas (como nosotros) que colmaban la plaza. En ese momento decidimos irnos caminando a Lago Puelo, sabiendo solamente que se iba por la Ruta Provincial 16 y ahí fuimos por la banquina, con las mochilas en pleno mediodía.
El sol era agobiante, incluso para esa zona cordillerana que uno cree más fresca. Cruzamos gente del lugar a la que le preguntábamos qué nos recomendaban recorrer que estuviera fuera del mapa. En ese momento deseábamos tirarnos a un lago y refrescarnos; quitarnos las zapatillas, remojar las medias, sacudir los pies adentro del agua.
Así fue como llegamos a un punto en donde no sabíamos si ir a la izquierda o a la derecha, cuando de pronto un hombre en camioneta nos dice: "los llevo al pueblo (Lago Puelo)". Lo cierto es que lejos de acercarnos al mismo, nos llevó a un campo desolado donde nos invitó a quedarnos, y para nosotros, que buscábamos agua, ese lugar no era para nada alentador, por lo que amablemente desistimos de la invitación y nos fuimos, volviendo por nuestros pasos y preguntando casa por casa dónde quedaba el pueblo. Nos enteramos que nos habíamos desviado varios kilómetros y seguimos a pie.
Ya casi en Puelo nos adentramos en distintos campings, buscando el ansiado espejo de agua, hasta que llegamos a uno bastante peculiar, donde una italiana nos recibió hablando un español atravesado y nos indicó las bondades del lugar, que entre ellas tenía a un río a escasos metros.
Agotados por los más de 18 kilómetros nos sentamos a disfrutar de una cerveza artesanal, junto a comida vegana y un pan casero exquisito. Nos dimos cuenta enseguida de que en ese sitio éramos casi los únicos que hablábamos español, salvo el esposo de la italiana; el resto eran militares israelíes a los que premian con ese viaje a todas las promociones cuando concluye su instrucción militar.
La experiencia fue novedosa, nos invitaron a hacer meditación activa (cosa que ni conocíamos pero aceptamos). Nos reímos, no creíamos en esas cosas, hasta que quedamos inmersos en un estado de trance que nos llevó varios minutos tirados en el césped contemplando el cielo de Puelo.
En los siguientes días fuimos desandando el río por su costado, pinchándonos con las rosas mosqueta, escapando de nidos de abejas, quedándonos encerrados en islas de tierra en el río, subiendo y bajando los cerros y descubriendo las estrellas de noche mientras nos perdíamos por el sendero.
Sin dudas el haber realizado el viaje sin planearlo, sin saber a dónde hospedarnos, ni marcar un recorrido previo, nos preparó para los siguientes viajes, siempre con la misma premisa. Nuestro primer viaje sin la familia, sin la guía de padres o tíos, fue una grata experiencia.