Lo que hoy funciona como Club de Cine [@clubdecinecomodoro] en El Rincón Cultural no surgió como una ocurrencia reciente, sino que tiene más de una década de gestación y una historia marcada por la autogestión, la insistencia y una necesidad muy concreta: generar en un espacio para ver otro tipo de cine. Mucho antes de tener nombre propio, el germen apareció en un pequeño ámbito cultural que se llamaba “El Maravilloso Mundo de Pau”, un refugio creativo donde predominaban los talleres de dibujo y arte visual. Allí, casi como una intuición, Priscila Pape propuso sumar proyecciones. La respuesta fue inmediata y el primer ciclo comenzó con entradas a cinco pesos —que en ese momento no eran simbólicas— y un proyector que ella misma trasladaba de un lado a otro.
Aquella experiencia fue, como ella misma la define, una de sus primeras pruebas de fuego. No había estructura técnica consolidada ni respaldo económico: había voluntad, una pantalla improvisada y el deseo de compartir películas que no encontraban lugar en las carteleras comerciales. Con el tiempo, el recorrido sumó nuevas estaciones. Pasó por el Espacio Collage, cuando funcionaba en Kilómetro 3, y luego recaló en el Domo del 3, un espacio construido en adobe que ofrecía una atmósfera particular, casi doméstica. Allí el público asistía con reposeras, algunos llevaban vino, y lentamente se fue conformando una comunidad. “Era un lugar muy familiar, muy íntimo”, recuerda en comunicación con El Patagónico.
En esa etapa se incorporaron Mauro Varas y Cecilia Biurrun, ambos profundamente cinéfilos. Hasta entonces, Priscila había sostenido el proyecto prácticamente en soledad: gestión, programación, traslado de equipos y armado. “Venía haciendo todo sola, cargando el proyector en el colectivo”. La llegada de ellos no sólo alivió la logística, sino que fortaleció la dimensión colectiva del espacio, que ya empezaba a funcionar como algo más que una simple exhibición de películas.
Mauro Varas.
El proceso no estuvo exento de dificultades. Hubo momentos de pausa obligada que interrumpieron la continuidad del ciclo. Sin embargo, la idea nunca se desactivó. Esa persistencia desembocó finalmente en la propuesta de El Rincón Cultural, donde el proyecto encontró estabilidad y una nueva identidad. Allí dejó de definirse como “ciclo” para asumirse como “club”, un cambio conceptual que implicó abrir definitivamente la programación al público, habilitar presentaciones de espectadores, propiciar debates y extender la experiencia más allá de la pantalla.
En esta etapa, el cine dejó de ser solo una proyección para transformarse en un punto de encuentro. El espacio fue escenario de amistades que nacieron entre función y función e incluso de parejas que se formaron en ese ámbito. La propuesta se integró a la agenda cultural de la ciudad no solo como oferta cinematográfica alternativa, sino como lugar de socialización y circulación de producciones que, de otro modo, no tendrían llegada en Comodoro.
Lo que hoy funciona como Club de Cine en El Rincón Cultural no nació como un proyecto institucional ni como una planificación estratégica. Surgió, más bien, de una inquietud persistente. “Yo sentía que faltaban esos lugares”, dice Priscila en comunicación con El Patagónico. “Me pasaba que quería ir a ver una buena peli y no encontraba dónde. Entonces empezó como una necesidad”.
Primera función en El Rincón Cultural.
Mucho antes de tener nombre propio, el germen apareció en un pequeño espacio cultural llamado “El Maravilloso Mundo de Pau”. Era un ámbito chico, atravesado por talleres de dibujo y arte visual. “Siempre lo cuento porque fue una de mis primeras experiencias proyectando. Era un lugar muy chiquito, iban niños a dibujar, había mucho arte visual. Y un día le dije a Pau: ‘¿Y si hacemos proyecciones?’ Y enseguida se copó”.
Así empezó todo. Sin estructura técnica, sin financiamiento y sin más respaldo que la voluntad. “Cobrábamos cinco pesos la entrada, que ya era una plata en ese momento”. El proyector viajaba con ella. Literalmente. “Iba con el proyector en el colectivo”. No había pantalla profesional ni equipamiento estable: había ganas de compartir películas que no tenían espacio en la cartelera comercial. “Recuerdo que pasamos pelis de Gaspar Noe, Michael Haneke, Gus Van Sant, Xavier Dolan, directores contemporáneos, muy afilados con temáticas profundas”.
Después vino el paso por el Espacio Collage, cuando funcionaba en Kilómetro 3. “En Collage tuvimos la posibilidad de traer a Rosario Blefari que presentó la película Verano de José Luis Torres Leiva. Ella actuaba en esa peli, era la protagonista. Esa visita fue hermosa y ella, inolvidable”.
Más tarde el cine desembarcó en El Domo del 3. Ese lugar, construido en adobe, marcó una etapa especial. “Era muy íntimo, muy familiar”. La gente llevaba su reposera, a veces su vinito, y se quedaba charlando después de la función. Lo que había empezado como un ciclo empezó a convertirse en comunidad. En ese período se sumaron Mauro y Cecilia “Yo me sentía muy sola haciendo todo. Entonces un día les dije: ‘Che, ¿quieren sumarse?’ Y se coparon enseguida”. Con ellos, el proyecto dejó de ser una tarea individual y empezó a consolidar una dinámica más colectiva. Se juntaban a hablar de cine, a jugar a “El cinéfilo”, a debatir sobre pelis y directores. “Muy nerd todo”, dice, sin ocultar el entusiasmo.
Pero el recorrido no fue lineal. Hubo momentos en que el ciclo quedó en pausa. Sin embargo, la idea nunca desapareció. “Siempre estuvo eso de querer sostener un espacio para ver otro cine”.
La oportunidad de trasladarse a El Rincón Cultural marcó un punto de inflexión. Allí el proyecto cambió de escala y también de concepto. “Dejó de ser un ciclo y pasó a ser un club”. La diferencia no era solo semántica: implicaba abrir el juego. “Me gustaba más la idea de que la gente participe, que pueda compartir las películas que le gustan; y que funcione con ese espíritu”. En esa nueva etapa, el cine dejó de ser únicamente proyección y pasó a ser excusa para el encuentro. “En las funciones muchos se hicieron amigos”. Para ella, estos episodios resumen el espíritu del espacio. “Siempre lo pensé como un lugar de encuentro. Eso siempre estuvo, pero ahora siento que se afianzó más”.
Hoy, el Club de Cine forma parte de la agenda cultural de Comodoro, pero conserva el pulso original: la autogestión, la cercanía y la convicción de que ver películas también es una forma de conocer el mundo y construir comunidad. “No es solo entretenimiento. Es salir de la casa, compartir con el otro, charlar, debatir, pensar juntxs. Y eso, hoy, es súper valioso”.
DE LA CURADURÍA INTIMA A LA CONSTRUCCIÓN COLECTIVA
En los primeros años, la selección de películas respondía casi exclusivamente a una motivación personal. Priscila proyectaba aquellas obras que la habían atravesado, títulos que ya había visto y que sentía la necesidad de compartir. Era, en cierto modo, una extensión de su propio recorrido cinéfilo: películas argentinas que coleccionaba en DVD, descubrimientos que encontraba en videoclubes cuando liquidaban stock, rarezas que no tenían espacio en las salas comerciales. La lógica era clara: si a ella la habían movilizado, podían interpelar también a otros.
Con el tiempo, sin embargo, esa dinámica empezó a tensionarse. La pregunta fue directa: ¿por qué solo ella debía decidir qué ver? El paso del “Ciclo de Cine Independiente” al “Club de Cine Comodoro” implicó revisar también el rol de la programación. Así nació la experiencia de “cine a elección del público”, implementada durante 2025, donde los asistentes no sólo proponían títulos, sino que asumen un rol activo en la presentación. Cada proyección podía incluir una breve introducción a cargo de quien la había sugerido y, después de la función, se abría un intercambio que, aunque no formalizado como cine-debate, terminaba derivando en conversaciones sobre estética, contexto histórico, decisiones narrativas o resonancias personales.
La apertura no significó perder identidad. El eje siguió siendo el cine no industrial, de autor, con prioridad en producciones argentinas y latinoamericanas que difícilmente circulan en plataformas masivas o en las carteleras locales. De hecho, uno de los criterios fue evitar títulos disponibles en servicios de streaming populares: la experiencia debía justificar la salida de la casa. La apuesta no es competir con el consumo doméstico, sino ofrecer un espacio donde la película se convierte en excusa para el encuentro y la reflexión compartida.
En ese tránsito, la programación dejó de ser una lista cerrada para transformarse en un proceso vivo. Los espectadores envían sugerencias incluso fuera de temporada, comentan estrenos, comparten notas periodísticas o recomiendan cinematografías poco exploradas —desde el cine chileno y colombiano hasta propuestas iraníes o africanas—. La curaduría, entonces, pasó de ser una decisión individual a convertirse en una construcción colectiva que mantiene un criterio estético definido, pero amplía voces y miradas.
CONTACTO DIRECTO CON DIRECTORAS Y PRODUCTORAS
El crecimiento del Club de Cine no solo implicó ampliar la participación del público, sino también profesionalizar la relación con las obras y sus realizadores. Si en los primeros años la prioridad era simplemente lograr que la película llegara a la pantalla, en la etapa más reciente la decisión fue clara: establecer contacto directo con directoras, directores y productoras, especialmente del cine argentino, para garantizar autorización formal, calidad de exhibición y, sobre todo, un intercambio que enriqueciera cada función.
Tres Hermanos.
Uno de los vínculos más significativos fue con Paula Hernández, directora de Los sonámbulos, película protagonizada por Érica Rivas. La gestión permitió proyectar la obra y abrir una conversación en torno a las tensiones familiares y sociales que atraviesa el film.
También se articuló con la dupla conformada por Andrea Testa y Francisco Márquez, responsables de La larga noche de Francisco Sanctis, ficción ambientada en la última dictadura cívico-militar. La posibilidad de proyectarla en Comodoro, fuera del circuito centralizado de las grandes ciudades, fue celebrada por sus realizadores, que valoraron la circulación federal de la obra.
La programación argentina del último año incluyó además En compañía de Ada Frontini; El agrónomo de Martín Turnes; La omisión de Sebastián Schjaer, filmada en Ushuaia; Un crimen común; Puan de María Alché y Benjamín Naishtat y Tres hermanos, película de Francisco Paparella, rodada en Comodoro Rivadavia. Esta última función tuvo un carácter especial: participaron integrantes de la producción como Esteban Musacchio y Carolina Carizza quienes compartieron detalles del detrás de escena, fortaleciendo el carácter pedagógico y comunitario del club.
La Omisión.
El diálogo no se limitó a producciones nacionales. Desde Chile llegaron autorizaciones para exhibir El hombre del futuro y Los colonos, cuyos directores manifestaron su agradecimiento por la difusión en la Patagonia. Estas gestiones confirmaron que el espacio no sólo proyecta películas, sino que contribuye activamente a su circulación territorial. En muchos casos, las propias directoras —varias de ellas mujeres— facilitaron las copias en alta calidad.
En un contexto donde el financiamiento del INCAA se redujo drásticamente y la producción anual descendió, este entramado cobra mayor relevancia. El Club de Cine funciona, así como una sala alternativa que sostiene la visibilidad de obras que, de otro modo, quedarían restringidas a festivales o a plataformas de alcance limitado.
ANTES DEL CLUB: DVDS, VIDEOCLUBES Y UNA FORMACIÓN CINÉFILA ARTESANAL
Antes de que existiera el Club de Cine hubo una etapa formativa mucho más silenciosa y profundamente personal: la construcción de una identidad cinéfila a través del objeto físico, del DVD comprado y del videoclub recorrido.
“Hubo un momento en que me gustaba mucho el cine argentino; sobre todo las producciones enmarcadas en lo que se denominó ‘nuevo cine argentino', un movimiento de directores surgido en los 90 's. Un cine muy crudo y realista”. En esa época (años dosmiles) entraba a videoclubes que ya comenzaban a cerrar a sus puertas. “Recuerdo cuando cerró el Videoclub Nico y remató todo. Había un montón de pelis. Con los chicos [Mauro y Cecilia] nos trajimos bolsas y bolsas de DVDs. Anteriormente iba mucho a Musimundo el que estaba en la esquina de San Martín y Güemes, y compraba pelis, habían muchas y muy buenas”.
Esa escena —la del videoclub en retirada, el formato físico en transición hacia lo digital— no es menor. Habla de una generación que se formó mirando cine desde la búsqueda material, desde la decisión consciente de elegir un título, llevarlo a casa, verlo y, muchas veces, volver a verlo. No había algoritmos, no había recomendación automática. Había curiosidad, lectura de contratapas, intercambio con quien atendía el mostrador. Esa relación con el cine, mediada por el objeto, fue moldeando una sensibilidad que más tarde se transformaría en curaduría.
En paralelo, también asistía a funciones del antiguo Espacio INCAA en la ciudad. Esa formación previa explica varias decisiones actuales. La prioridad por el cine nacional, el interés por historias que interpelen desde lo identitario, la búsqueda de obras que no estén en la cartelera comercial, incluso la obsesión por la calidad de proyección. No se trata sólo de exhibir películas: se trata de ofrecer la experiencia que ella misma buscaba cuando recorría videoclubes y acumulaba DVDs.
También hay en esa etapa una dimensión afectiva. El acto de comprar una película, guardarla, ordenarla, compartirla con alguien, construyó una relación íntima con el cine. “Quería pasarlas, compartirlas con la gente que iba”, dice sobre aquellas primeras proyecciones. Esa frase conecta directamente el pasado con el presente: el deseo de compartir no nació con el club; venía gestándose desde esos años de colección y descubrimiento.
CINE Y GÉNERO
Aunque no nació como una línea temática explícita, la perspectiva de género se fue consolidando de manera orgánica dentro de la programación del Club de Cine. En parte por decisión curatorial y en parte por el propio mapa del cine independiente contemporáneo, muchas de las películas proyectadas abordaron conflictos atravesados por desigualdades estructurales, vínculos familiares tensionados, mandatos sociales y violencias simbólicas.
Películas como One Sings, the Other Doesn't de Agnès Varda, Close de Lukas Dhont, 4 meses, 3 semanas, 2 días del rumano Cristian Mungiu, Gerontophilia de Bruce Labruce y Mysterious Skin de Gregg Araki abrieron debates sobre feminismos, masculinidades, deseos, identidades, memorias y violencias.
Mysterious Skin.
Además, el contacto directo con el colectivo de cineastas [@colectivocine] permitió advertir, una escena activa de directoras argentinas que sostienen proyectos en condiciones de producción complejas. Lejos de ser una casualidad, esa presencia dialoga con una tradición reciente del cine nacional donde las autoras disputan espacio en un campo históricamente masculinizado. La exhibición en Comodoro, en ese sentido, no solo amplía la circulación territorial de sus obras, sino que también legitima sus miradas en ámbitos donde el acceso a ese tipo de filmografía no es habitual.
ACCESIBILIDAD, AUTOGESTIÓN Y UNA EXPERIENCIA QUE VA MÁS ALLÁ DE LA PANTALLA
Desde su origen, el Club de Cine se pensó bajo una lógica de autogestión y cuidado económico. Durante años funcionó con un bono de contribución simbólico que no respondía a un criterio comercial, sino a la necesidad concreta de cubrir gastos básicos. Esa etapa implicaba, además, una presión constante: calcular si la cantidad de asistentes alcanzaría para cubrir los gastos mínimos de cada función.
Con la aprobación de un fondo provincial destinado a espacios culturales como El Rincón Cultural, el panorama se estabilizó. Ese respaldo permitió garantizar la gratuidad de las funciones y aliviar la dependencia directa del aporte inmediato del público. La condición fue clara: si había financiamiento estatal, la entrada debía ser gratuita. Para Priscila, lejos de ser una imposición, fue una coherencia con la idea original. “Siempre quise que fuera accesible”. El público del club incluye estudiantes, docentes y jubilados, que, en muchos casos, les costaría pagar una entrada elevada. El objetivo no fue nunca generar renta, sino asegurar continuidad.
Priscila Pape.
Esa concepción económica está directamente ligada al sentido cultural del proyecto. El club no se define por el consumo rápido ni por el entretenimiento liviano. Aunque no reniega del cine comercial —“también veo cine pochoclero”, admite— la propuesta apunta a otro tipo de experiencia: películas que incomodan, que obligan a pensar, que abren preguntas políticas, sociales o identitarias. El cine funciona como herramienta educativa y como puerta a otras realidades. Las proyecciones de obras del iraní Jafar Panahi, por ejemplo, permitieron debatir sobre la vida cotidiana en Irán y, particularmente, sobre la situación de las mujeres en contextos culturales atravesados por restricciones y tensiones políticas. En ese sentido, cada función se convierte en una instancia de aprendizaje colectivo.
La experiencia no se agota en la película. El Rincón Cultural aporta un entorno que amplía la propuesta: después del film se puede disfrutar de un buffet y la posibilidad de quedarse conversando de la película. Un clima que busca contrarrestar el aislamiento digital y la lógica individual del streaming.
PROYECCIÓN 2026: MAS TERRITORIO, MAS VOCES Y PROGRAMACIÓN COMPARTIDA
Con el regreso previsto para el viernes 3 de abril, el Club de Cine proyecta una nueva temporada con una línea clara: profundizar el perfil latinoamericano y reforzar el vínculo directo con realizadores y productoras, en un contexto donde la circulación independiente se vuelve cada vez más necesaria. De esta forma, la experiencia del último año consolidó una metodología que se mantendrá: contacto formal con quienes producen las obras y construcción de redes que permitan ampliar el mapa cinematográfico disponible en la ciudad.
Se mantendrá también el formato de “cine elección del público”, que en 2025 demostró ser una herramienta eficaz para ampliar la participación. La idea es que quienes asistan no solo ocupen la butaca, sino que puedan presentar películas, contextualizarlas y sostener el intercambio posterior. Esa lógica participativa ya no es una prueba piloto: forma parte de la identidad consolidada del club.
Otro eje a fortalecer será la apertura a producciones locales y regionales. La intención es que el espacio funcione también como plataforma para creadores de la Patagonia, ofreciendo pantalla y diálogo en su propio territorio.
La invitación a participar del Club de Cine no apunta únicamente a quienes se consideran cinéfilos. La propuesta es más simple: salir de la lógica del streaming, cruzar la ciudad, ocupar/habitar un espacio cultural y compartir una experiencia colectiva. En una época atravesada por la hiperconectividad digital y el consumo fragmentado, el acto de sentarse junto a otros a ver una película adquiere una dimensión casi contracultural.
La meta para 2026 no se mide en cantidad de funciones ni en números de espectadores, sino en continuidad y pertenencia. Que más personas se animen a conocer el espacio, que productoras encuentren una pantalla, que nuevas cinematografías circulen en la ciudad. Que el club siga siendo un lugar donde se pueda discutir una película iraní, una producción patagónica o un estreno argentino reciente, y luego quedarse conversando sin la urgencia del algoritmo.
La invitación final, entonces, no es solo “vení a ver una peli”. Es una convocatoria a formar parte de una red cultural que resiste la concentración de pantallas y el aislamiento doméstico. A elegir encontrarse. A reconocer que el acto de compartir el cine es, en sí mismo, una práctica comunitaria.