Diecisiete años después, la familia confía en volver a ver a Hernán Soto

Enrique Hernán Soto desapareció el 1 de enero de 1997 cuando tenía 10 años. Compartía con su familia el fogón 40 del cámping San Carlos. Pidió dos pesos a su primo para comprar una gaseosa, pero nunca volvió. Dos personas dijeron haber visto a un muchacho llevar un niño con similares características de la mano. Pasaron frente al puesto de “El Refugio” esa tarde rumbo a una letrina. En esa misma casa abandonada se encontraron pisadas de personas grandes y de su zapatilla. También su maestra reconoció un dibujo del niño que apareció en el lugar. Hoy su madre mantiene la esperanza de encontrarlo con vida.

El 1 de enero de 1997 Enrique Hernán Soto, de tan solo 10 años, desapareció mientras compartía junto a su familia la llegada del año nuevo en el cámping San Carlos, al norte del barrio Astra. Hasta allí se había dirigido junto a su papá Sergio Soto, su mamá Marcela Muñoz, y sus hermanos Rodrigo, de 5, Alejandro de 3, y Cinthia de 8 meses. Tampoco faltaban los primos y los tíos. Entre todos eran una familia numerosa con ganas de divertirse y pasarla bien.
La familia había partido desde su casa en la calle Luis Sandrini al 4.500 del barrio Máximo Abásolo en un transporte que el hermano de Sergio, Raúl, había pactado para las 9 de la mañana. El chofer, Dicker Baca, luego diría que subió a 23 personas en el vehículo y que los llevó hasta el cámping. El resto viajaba en un Ford Falcon azul detrás del transporte. Así llegaron todos juntos y en caravana, para festejar el año nuevo. Era algo que solían hacer cada año. Se ubicaron en el fogón número 40, muy cerca de la proveeduría del cámping. En el ingreso, la encargada de cobrar la entrada anotó a 20 personas.
Comieron y alrededor de las 15 Hernán se retiró de la mesa a jugar con sus primos. A las 16 debía volver porque tenía que tomar su medicamento para la epilepsia, enfermedad que sufría a raíz de las convulsiones que padecía desde que nació. Pero Hernán no volvió. La familia se desesperó.

UNA MULTITUD
En el cámping ese día había aproximadamente 1.500 personas. Los Soto habían comido y también jugado a la pelota. Incluso para refrescarse se habían zambullido en el estanque artificial del camping.
La versión que permitió saber que Hernán se había ido a comprar fue la de su primo, Marcelo, de 14 años, quien dijo que después de jugar a la pelota se fueron a bañar. Hernán solo sostuvo la ropa y el calzado, pero no entró al agua. Después que Marcelo salió del estanque, Hernán le pidió dos pesos porque quería comprarse una gaseosa en la proveeduría. Hacia allí supuestamente dijo que iba. Pero no lo vieron más.
Otras versiones dieron cuenta de que a Hernán no lo habían dejado bañarse porque estaba frío y que se había molestado y habría dicho que se iba a ir.
Lo cierto es que Hernán nunca volvió. Al enterarse de que se había ido a comprar a la proveeduría fueron a buscarlo, pero allí no les supieron dar mayor información.
Marcelo le había dado plata y se fue a la carpa. La búsqueda de ahí en más fue incesante. Los papás de Hernán no volvieron a la ciudad durante 11 días. Informaron a través de los altoparlantes del camping que buscaban a Hernán y rápidamente se organizaron grupos de búsqueda al ver que los minutos pasaban y nadie sabía nada del chico.
Hernán vestía al momento de su desaparición una remera amarilla con inscripciones violetas, un pantalón corto celeste y zapatillas blancas. Con su 1,30 metro y su pelo castaño, pasó desapercibido entre más del millar y medio de personas que almorzaban y jugaban en el césped y entre los árboles del camping.
No fue advertido entre los tantos chicos que cruzaban el pasamano, jugaba a la pelota y se zambullían en el agua.

BUSQUEDA INCANSABLE
Se lo buscó por todo el camping. También por los alrededores. Su familia salió a su encuentro por el camino de regreso a Astra por si Hernán había decidido volverse caminando en soledad. Es que dos años antes también había desaparecido del camping y lo encontraron por el ripio caminando solito.
Recién sobre las 20 de aquella jornada un policía de la Seccional Mosconi se interiorizó del caso. La primera noche se sumaron personas solidarias en la búsqueda y se hicieron rastrillajes buscando algún dato de Hernán.
Recién al segundo día de la búsqueda se sumaron cuatro móviles de Defensa Civil con diez efectivos, tres vehículos de Bomberos  Voluntarios, 36 efectivos del Ejército Argentino -la mayoría militares del Regimiento de Infantería 8-, gendarmes y efectivos de Fuerza Aérea. Los rastrillajes llegaron en las primeras horas hasta Puerto Visser, Rocas Coloradas, y las quintas de la empresa Petroquímica.

DEJANDO HUELLAS
El hallazgo más importante fue el que se realizó en el viejo quincho de “El Refugio”, en donde existía una antigua casona de dos plantas de una familia reconocida en el ámbito comercial. Allí se encontró en un banco una huella palmar de un niño y la pisada de una zapatilla número 36. La huella de esa pisada era similar a la suela de la zapatilla de Hernán; su madre la reconoció. En esa vieja sala de juegos donde había una mesa de pool llena de tierra, y otra con bancos, también se encontraron letras dibujadas por Hernán.
Según cuenta Marcela Soto, el juez no le creyó. Pero ella misma le mostró el dibujo a la maestra de Hernán que reconoció la letra como la del pequeño. La maestra le había dado clases durante dos años y decía que eso lo había dibujado Hernán. También se encontraron dos huellas más al lado de la de la pisada que se presume era de él, una de un zapato con taco y punta y otra de un bota ancha tipo borceguíes. Las mismas se fotografiaron y se midieron. Para Marcela podían llegar a ser de un hombre y una mujer, o de dos hombres. Pero no se resguardó el lugar como se debía y la escena fue contaminada por quienes buscaban al niño.
Incluso los familiares y allegados en la desesperación, cuando se encontraron con que allí podría haber estado Hernán, avanzaron a pedradas contra la casa abandonada y rompieron los vidrios.
La familia dueña de la propiedad se puso a disposición de los Soto y envió al encargado con las llaves. Se recorrieron todas las habitaciones y no se encontró nada más. Sólo esas huellas. En el exterior las huellas fueron seguidas hasta unos 500 metros entre unas tranqueras pero el perro de búsqueda se sentó. Creen que allí fue levantado sin pisar más el suelo.

LO LLEVABAN DE LA MANO
Entre los testimonios más importantes en la causa figuran los de Isidro Petrillán, un peón jornalero que dijo haber estado el día de la desaparición de paso por “El Refugio” y que cada vez que pasaba por la estancia paraba allí unos días.
Dijo que ese día estaba tomando mate cuando entre las 14 y las 15 un muchacho joven cruzó frente a El Refugio con un niño de unos 11 años de la mano -que se presume era Hernán-. Dijo que el muchacho que lo llevaba de la mano medía unos 1,77 metros, tenía pelo corto negro y era blanco de cara. Petrillán tomaba mate solo cuando el joven y el niño cruzaron frente al puesto camino al baño que queda en la parte de atrás.
El muchacho vestía un pullover verde apagado y cuando pasó junto al niño frente al puesto giró su cabeza y miró a Petrillán, pero no dijo nada. El peón consideró que el niño no era llevado contra su voluntad, por lo que no sospechó nada.
No volvieron a pasar según Petrillán, pero sobre las 20 llegaron unas personas preguntando y buscando al niño. Y algo que llama poderosamente la atención es que Petrillán no les haya dicho nada de lo que había visto. Del niño que caminaba de la mano con un muchacho. Recién declaró días después ante la Policía.
Se buscó en ese baño que era una letrina con pozo ciego, pero tampoco se encontró nada. Después la familia supo que camino al norte detrás del puesto se llegaba a unos caminos rurales que luego salían a la ruta Nacional 3.  
Otro testimonio que se aportó a la causa fue el de un hombre que dijo haber visto al niño y a ese muchacho en el camping.
Otro testimonio dio cuenta de que un hombre con vestimenta de paisano y con una herida en la mano llegó preguntando por una mujer que andaba con un niño.
Pero hasta el momento, después de 17 años, nunca se pudo saber quién se llevó a Hernán.
Los días de búsqueda y rastrillaje fueron intensos. Los voluntarios buscaron hasta horas de la madrugada pegados cuerpo a cuerpo. Marcela recuerda la emoción de un soldado que había encontrado un pañuelo, pero que no era de Hernán. En medio de los rastrillajes, el cabo Sandoval -de la Seccional Cuarta- se cayó y se lesionó una mano.

JAMAS VENCIDA
Marcela nunca se dio por vencida en la búsqueda de su hijo. Cree que se lo llevaron engañado. Le quitaron la inocencia, la niñez y la adolescencia de su hijo, pero no le quitaron las esperanzas de hallarlo con vida.
A tan solo tres meses de su desaparición le envió una carta al intendente Marcelo Guinle y le dijo que la causa iba muy lenta, que no había novedades de su hijo y pedía la intervención del municipio porque Hernán era “ciudadano de Comodoro”.
No hubo novedades, solo una llamada que daba cuenta de que no se descuidaran las fronteras del litoral, pero según Marcela desde la justicia no quisieron intervenir su teléfono para poder rastrear este tipo de mensajes.
En diciembre de 1998 un llamado dijo que Hernán andaba de vendedor ambulante en Río Chico. La Policía identificó a todos los responsables de los campos y estancias linderas, se entrevistó con un paisano al que habían dicho andaba con el chico, pero el peón dijo desconocer todo.
A 8 años de la desaparición, en 2005, Marcela Muñoz le pidió autorización al juez José Rago para que la fotografía de Hernán y el caso de su hijo fueran divulgados en Estados Unidos por la Asociación Missing Children. También la Comisión de Actividades Infantiles (CAI) llevó el rostro del niño en la camiseta en los torneos del interior del país como difusión. También se agregó su paradero al Programa Nacional de Prevención y Sustracción y Tráfico de Niños. Pero esa llamada que siempre esperó Marcela nunca sonó en su teléfono.
Para Marcela fue muy duro todo. Pero tenía que seguir -dice- por sus otros hijos. Cada 9 de setiembre -cumpleaños de Hernán- y los años nuevos son muy duros para ella. “Pero si te dejas, te lleva la cabeza” sostiene quien supo aprender muchas cosas en la búsqueda de su hijo.
Una de las estrategias en defensa de la identidad de su hijo fue que al certificado de nacimiento original de Hernán no lo puedan mover de la causa. Es que según pudo averiguar en Buenos Aires con especialistas luego de un shock por los ataques de epilepsia, su hijo podría haber sufrido cierta amnesia y de esa manera no recordar su identidad. “Mi hijo ahora puede ser Juan, Pedro” comenta preocupada. Es que los captores pueden haberle cambiado la identidad y hasta haberlo sacado del país.
A 17 años de su desaparición, Marcela le confiesa a Letra Roja que inicia una cruzada solidaria mano a mano en territorio chileno. “¿Por qué no empezar por Chile que es lo más cercano?”, se pregunta, e invita a toda la comunidad a ayudarla en la cruzada. Se cansó de mandar 10 mil correos electrónicos sin respuesta. Por eso ahora apunta a encontrarse con parientes en Chile. Que los que puedan viajar entreguen la foto actualizada de Hernán a sus familiares.
Destaca el trabajo, dedicación y acercamiento de la fiscal Adriana Ibáñez que tiene a su cargo las causas de desaparecidos. Se ha sometido a dos análisis de ADN desde que la Fiscalía ha creado un banco de patrones genéticos de familiares de desaparecidos, pero han sido negativos.
Marcela aprendió mucho de los tiempos legales. Las demoras y la falta de capacidad de los investigadores y Policía en los primeros años. Y pone de ejemplo que recién a los tres días de desaparecido Hernán le tomaron la denuncia en la comisaría Mosconi, aunque antes la habían llamado para preguntarle si era verdad que su hijo había desaparecido. Ahora es distinto, ya que la búsqueda es inmediata y no es bajo averiguación de paradero, sino como desaparición. No quiere que haya más niños desparecidos y por eso colabora a través de la red social Facebook a difundir casos de desaparecidos.
Hernán Soto nació el 9 de setiembre de 1986 y hoy tendría 27 años. Marcela hasta piensa que puede llegar a ser abuela. Hernán no sabía leer y escribir correctamente debido a un retraso madurativo y era el hermano mayor de todos los Soto. Por eso lo sobreprotegían. Su último campeonato de fútbol lo jugó en diciembre de 1996 en la canchita del barrio ubicada en la plaza que hoy lleva su nombre. Ese lugar que según los vecinos está abandonado en su mantenimiento por las autoridades municipales. Hernán vistió la camiseta del Club Atlético Luis Sandrini, en donde muchos niños del barrio Máximo Abásolo compartieron emociones con él.

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