Los Villafañe, una familia entregada al arte

El libro “Los Villafañe” resume -con textos de Javier Villafañe (1909-1996), su esposa Elba Fábregas (1928-1984) y su hijo Juano- una elección de vida y una extensa labor de arte.

“Me formé en una familia de tipo renacentista. En mi casa había un teatro, bibliotecas y un taller de arte. Mis padres cultivaron la tradición de las vanguardias para las cuales la vida y el arte eran la misma cosa. De niño, rodeado de libros, títeres y cuadros, estudié música, pintura, idiomas”, dice Juano Villafañe, poeta, periodista y gestor cultural nacido en 1952, resumiendo, a su vez, el clima que empapa estas páginas editadas por Colihue.
Javier, era según su hijo, “titiritero, poeta y narrador. Una personalidad polifacética con gran calidad para manejar distintos escenarios. El vínculo entre el juglar, el cuentero, el viajero, el escritor y la política, estaba naturalizado por su personalidad y el tiempo que le tocó vivir. Para él, ser titiritero fue el mejor oficio del mundo”.
En tanto que su madre, cuenta, se inició con la pintura e incorporó luego la poesía, el teatro y los títeres: “Elba transitó el dibujo con una línea clásica y moderna a la vez, de impronta picassiana y también muy personal. Estudió con Enea Spilimbergo y Enrique Larrañaga; admiraba a Klee y a Kandisky. Tuvo talleres en muchos países de América Latina y expuso en casi toda Europa, China y la ex URSS”.
La familia fue atravesada por la identidad latinoamericana, remarca Juano, “siempre pensé mi nacimiento en Quito como una extensión de la patria. El viaje de mis padres por América Latina en los años 40 y 50 marcó sus vidas e hicieron grandes amigos, entre ellos Pablo Neruda, Delia del Carril, Miguel Angel Asturias, Jorge Icaza y Jorge Enrique Adúm”.
La obra de Javier Villafañe comprende el relato, el trabajo con títeres y la poesía; dentro de ésta transita con soltura de las formas clásicas al verso libre, de la ronda infantil a la copla, siempre combinando ternura y absurdo, el elemento lúdico y el humor.
“El juego era fundamental en la lógica renacentista que invadía mi casa -rememora el hijo-, la ilusión era parte del juego. Los asombros tenían siempre una explicación mágica, la casualidad era el resultado de un destino que generaba la alquimia de la vida. Lo lúdico es primordial para la poesía, para poder creer en la poesía”.
Los textos que Juano prefiere de la obra de su padre están relacionados con su infancia, confía: “Es así. Desde que aprendí a leer, ‘Cuentos y Leyendas‘ o ‘El Gallo Pinto‘ me acompañaron en mi formación. Al cuento ‘Patita‘ y al poema  ‘Adivina adivinador‘ los sabía de memoria”.
“El retablo de títeres era mágico para mí; tanto el ritual de la preparación de la función, como la propia obra. Me impactaba reconocer en los otros niños la sorpresa y el placer. Cada función era un acto original, único” dice Juan Villafañe.
Según Juano, “Elba fue la pasional e irreverente y toda su obra tiene esa marca; Javier fue también muy pasional y original, pero más contenido en sus formas artísticas. Siento que he reelaborado esas tradiciones tan particulares, trato de seguir con las pasiones, con las búsquedas transformadoras”.
El legado de Javier y Elba están, concluye su hijo, “en la cultura del trabajo, en entender el arte como un trabajo intelectual, humano y cotidiano; y la creación de imágenes y metáforas como algo necesario a una vida plena”.

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