Norberto Santos, reincorporado para la guerra

Puede calificarse épica y milagrosa la historia de Norberto Santos, el soldado conscripto de Ejército que sobrevivió a las graves heridas que sufrió en la guerra de Malvinas gracias al denodado esfuerzo de médicos y personal de enfermería del Hospital Regional de Comodoro Rivadavia, a pesar que confusamente lo habrían dado por muerto.

Norberto Santos es de la clase 1962 y en la colimba le fue bien ya que a los siete meses le dieron la baja por buen comportamiento. Se fue con el grupo de soldados que ya estaban casados. Se despidió afectuosamente de su jefe, el teniente primero Horacio Estrada, creyendo que no lo vería más y podría continuar cursando la carrera de martillero público, pero el destino le preparaba una sorpresa.

En las primeras semanas de abril del 82, con las islas ya ocupadas por tropas argentinas, él estaba jugando un picado de fútbol con amigos en una canchita de la capital bonaerense cuando lo vino a buscar la policía con un patrullero y la notificación de reincorporarse al Ejército.

Apenas le dieron tiempo para ir a su casa y llevar algo de ropa, pero ni siquiera pudo despedirse de su madre que circunstancialmente había salido.

Junto a otros reincorporados, pensó que probablemente le asignarían la custodia de alguna instalación estratégica en el continente y que los que irían a Malvinas serían efectivos de carrera. Pero no fue así, ya que a mediados de ese mes a los integrantes de su compañía los trasladaron a El Palomar y luego a la Isla Soledad, previa escala aérea en Río Gallegos.

Hicieron noche a un costado del aeropuerto malvinense y el 14 de abril marcharon a pie unos quince kilómetros hasta la posición asignada, pasando por la avenida principal del pueblo, la Ross Road, luego por el destacamento que utilizaron los Royal Marines y finalmente quedaron apostados en una zona donde pasa un arroyo conocida como Moody Brook, a unos tres o cuatro kilómetros de Monte Longdon.

LAS PRIMERAS BOMBAS

Aún no caían las primeras nevadas y entre la tropa se creía que el conflicto con el Reino Unido se iba a solucionar pacíficamente. Tanto él como otros conscriptos decían que los británicos no se animarían a llegar a las islas que, por otra parte, no les parecía que tuvieran un gran valor económico y estratégico.

Pero se darían un golpe de realidad cuando en la madrugada del 1° de mayo escucharon el ruido de al menos cinco bombas que parecían provenir desde el aeropuerto, enterándose más tarde que habían sido arrojadas por un avión Vulcan. Entonces se dieron cuenta de que la cosa iba en serio y que comenzaba la guerra.

A partir de ahí se intensificaron los preparativos de combate y como operador de telémetro de morteros, Norberto agilizó todos sus conocimientos en prácticas. Sin embargo, en cada disparo el equipo se desajustaba por el suelo blando caracterizado por turba que existe en las islas.

HUBO QUE CARNEAR OVEJAS

A pesar de estar cerca de Puerto Argentino (Stanley para los ingleses), la comida era escasa, mala y fría ya que hubo errores de logística.

Por ejemplo, las cocinas móviles estaba preparadas para leña y en Malvinas eso es lo que escaseaba, por lo cual algunos soldados cortaron alambrados para retirarles los pequeños postes y encender fogatas.

Pero el hambre llevó a gente de su unidad a ir en busca de ovejas, carnearlas y comer carne cruda, además de beber su sangre, a pesar de que un oficial veterinario de su unidad de combate les decía que se iban a enfermar.

Norberto afirmó en su charla con El Patagónico que ningún soldado de su compañía fue castigado por ello, teniendo en cuenta que en otras secciones hubo conscriptos estaqueados, como bien narra la película “Iluminados por el fuego”, de Tristán Bauer, con la actuación de Gastón Pauls y basada en el testimonio de Edgardo Esteban.

Además, llegaban muy pocas encomiendas que enviaban familiares y gente solidaria. Una vez –contó- llegó una para su jefe, Horacio Estrada, y Norberto le robó una lata de leche condensada, pero el oficial nunca se enteró de eso.

Luego la guerra se les vino encima y había muchos combates en Monte Longdon y –en su caso- en Moody Brook, donde veían los destellos de las balas trazadoras y disparaban y lanzaban proyectiles de morteros en horas nocturnas cuando les parecía ver siluetas que se acercaban porque todo era confuso y estaban en máximo alerta.

Hasta que alrededor de las 10:45 del 12 de junio cayeron dos bombas cerca de su trinchera y las esquirlas de una de ellas le amputó el brazo izquierdo y le causó otras graves heridas, al igual que a su jefe de compañía y a otros dos conscriptos, como se relató en la primera parte de este informe.

VOLVIO A SU TRINCHERA

Los primeros años de la postguerra le fueron difíciles porque en principio los militares de aquella época, los que no fueron a la guerra, obligaron a los combatientes a firmar un documento por el cual se les prohibía hablar de lo sucedido en el archipiélago bajo apercibimiento de que sus familias podrían “sufrir las consecuencias”

Además, el proceso de desmalvinización fue extenso y “mucha gente nos miraba mal” contó Norberto, aunque igualmente logró superar ello, recuperarse de las heridas, finalizar su carrera de martillero público y acostumbrarse a usar una prótesis como brazo izquierdo.

En 2007 pudo volver a Malvinas con otros ex combatientes, esta vez a través de un puente aéreo desde la ciudad chilena de Punta Arenas y obligado a llevar pasaporte para ingresar al territorio argentino usurpado por el Reino Unido de la Gran Bretaña, bajo prohibición de llevar algún distintivo celeste y blanco.

Llegó hasta el cementerio de Puerto Darwin, donde rindió homenaje a los camaradas caídos en combate y no pudo contener lágrimas.

También pudo dar con su trinchera rodeada de piedras; se sentó en una de ellas y en su mente surgieron escenas de aquellos crueles días de frío, hambre, gritos, bombas, balas, miedo, coraje, dolor y sangre. Quería encontrar algo de lo que pudo haber quedado y luego de excavar con las manos halló una cuchara, un tenedor, un tubo de dentífrico y un pedazo de suela de un par de borceguíes que le pertenecían.

Además juntó un poco de turba y tuvo la suerte de que a él no lo revisaran en los controles del aeropuerto malvinero, trayendo esas precarias, pero preciadas, reliquias al continente.

Una semana antes de ese viaje él no quería ir, pero sus compañeros –también ex combatientes- finalmente lo convencieron.

“Ello me hizo bien y fui cerrando parte de esa historia y ahora a más de cuarenta años la estoy completando. Por eso vine a Comodoro a visitar a Lidia Palacios de Valente (una de las personas que lo cuidó en el Hospital Regional con quien aparece en la fotografía) para descubrir otras facetas que desconocía”, relató.

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