Sueño de la vida y de la historia

Dos emprendedores se ponen al frente de la defensa de la memoria para ofrecer a través de sus espacios una muestra de la Buenos Aires colonial. Cómo el patrimonio de la cultura se puede imponer a la mera acción comercial.

"Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo...". Ya lo escribió Horacio Ferrer, ya lo interpretó Ástor Piazzolla y ya le pusieron voz varios locos y no tan locos. El empedrado narra, los ladrillos guardan. Sea en Alsina, en Cochabamba o en Defensa, hay ciertos testimonios que sirven como postales del tiempo. Raíces del propio ser que quedan a la vista para entender un poco más la cultura de una Ciudad.
Pero no toda apuesta conlleva un impuesto al valor que ya tiene agregado. Y la cultura se termina imponiendo. Así sucede. O, por lo menos, así lo viven algunos emprendedores que pretenden proteger la memoria por encima de la acción comercial. Tal es el caso de Gregorio Fabré, un francés de 30 años que hace seis calendarios llegó al país con el fin de aprender el idioma y que, de a poco, se puso al frente de Quilapán –Defensa al 1300–, uno de los espacios más porteños de toda la Ciudad.
"Caminando por San Telmo encontramos una casa a la venta con una fachada sucia, de estilo colonial. Compramos el pozo con el fin de llevar adelante un almacén en el cual poder vender algunos vinos de autor y buenos quesos, pero cuando empezamos a rastrillar dimos con un pozo de basura en el jardín, un aljibe -que luego descubrimos que había sido tapado en 1861 por la fiebre amarilla-, un anillo de esmeraldas, pedazos de huevo de ñandú y un cartel de una pulpería...", asegura el francés nacido a pocos kilómetros de Carcassone.
El descubrimiento provocó un cambio en el timón. "A partir de esa palabra, entendimos que era eso lo que queríamos hacer. Poder tener un espacio que mezcle un almacén de ramo general, un restó y un club social", cuenta Fabre sobre el espacio en el que, además de comidas típicas, se puede jugar al metegol, al sapo, a la perinola o al truco. Y también agrega que "para muchos es más difícil borrar la historia de San Martín que la de sus propios abuelos. Entonces, comprendimos que la pulpería era un lugar para apropiarse de la historia popular". Tanto que hasta algunos parroquianos aconsejaron referenciar ciertos lugares de la casa con nombres del lunfardo -el baño es el "Pichinero"- y otros donan objetos para darle a la casa un marco aún más coloquial.
Para dejar el claro el concepto, Gregorio -quien pide que se lo llame Goyo- aclara que "no se trata de un proyecto comercial. Nuestra clientela no son los turistas sino los vecinos. Querían hacer una torre, lo cual sería mucho más redituable, pero me encariñé con esta idea de patrimonio. Es un proyecto que funciona como un sueño. En 5 años podré devolver la plata que debo. Mientras, sigo disfrutando...".
No es el único caso. En el libro "Leyendas de ladrillos y adoquines", la periodista Mariela Blanco -en coautoría con el arquitecto Horacio Ludigliani-, da cuenta de El Zanjón de Granados -Defensa al 700- "como un ejemplo de gestión privada sobre temas de preservación de patrimonio". Un lugar que toma el nombre de lo que alguna vez fue uno de los arroyos más importantes de la Buenos Aires de la primera y segunda fundación.
Cuando Jorge Eckstein, un químico y empresario de raíces húngaras, se hizo cargo del conventillo, jamás pensó que podría cambiar los verbos que conforman la cuestión. De derruir pasó a restaurar. Y para que la memoria se conserve viva, todo el trabajo de reciclaje se hizo con materiales no invasivos.
Se trata de un complejo actual que se encuentra en la que era la última manzana de la ciudad fundada en 1580. Allí, Eckstein dejó al descubierto cuatro siglos de vida porteña luego de desestimar un redituable emprendimiento comercial para darle lugar a una aventura a través de las entrañas de Buenos Aires.
"Hay mucho interés entre los porteños por conocer sus propios baluartes arquitectónicos dentro de un circuito cultural alternativo al cine o al teatro, hasta ahora reservado a turistas", asegura la autora del libro.
La experiencia que pueden vivir todos los visitantes es única. Frente al aljibe se escucha el sonido del agua natural que se escurre de casas vecinas como intentando salir al río. Un sonido que comunica y que se convierte en un viaje hacia la historia de un país a través de tres espacios conectados: La casa mínima (foto), Los Puentes y Los Patios.
"Es bastante usual ver en San Telmo o Palermo a gente tomando fotos de empedrados, cafeterías. Son vecinos del barrio interesados en conocer el alma de aquella Buenos Aires que supo ser la París de Latinoamérica", agrega Blanco.
Así como grandes casonas y locales históricos fueron derribados para hacer lujosos emprendimientos privados, todavía hay quienes sostienen la bandera de la memoria a través de la raíz del patrimonio. Un viaje de ida y de vuelta hacia los confines de la cultura local.

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