Un viaje a la intimidad de Hernán Casciari

El escritor se presentará en el Cine Teatro Español el próximo viernes 14 con su espectáculo Puro Cuento.

El escritor y creador de contenidos cuenta cómo evitó el servicio militar y opina de la situación política. “Cuando los libertarios abren la boca y sacan cosas, lo hacen para estremecer; hay muchísimo de revancha”, asegura.

Era un desertor. Y ser un desertor era peligroso. Pero Hernán Casciari no temía. “Siempre supe que escribiendo me salvaba”, dice ahora, y se decía por entonces, cuando debía estar en un cuartel de Córdoba para hacer la colimba. Pero aquel 15 de marzo de 1987 –la fecha maldita en la que estaba citado– no se presentó. No lo haría al otro día, tampoco al siguiente. Y no lo haría por meses, por años. Aun comprendiendo que si en una razia policial –habitual en aquella época– las autoridades lo descubrían, tendría que hacer el doble de los años previstos. No le importaba. “Sabía que si me agarraban, escribía una carta a un diario y yo zafaba. Y se terminaba el Servicio Militar Obligatorio”, argumenta, seguro.

—¿Cuál era esa carta que tenías en la cabeza?

Nunca la pensé. Pero en el caso de que me hubieran agarrado, esa misma noche pensaba el texto perfecto. Tenía fe en lo que escribía. Genuinamente pensaba que el Servicio Militar era una estupidez. Entonces, ¿cómo no iba a poder convencer a todo el mundo de que era una estupidez? La escritura era una herramienta que utilizaba muy bien, del mismo modo que tenía un revés alucinante al pádel. Hay cosas que uno sabe. Si cada vez que tirás un revés la pelota no vuelve, sos bueno. Si cada vez que escribís convencés al otro, lo haces reír o provocás lo que querés provocar, sos bueno.

—¿Cómo decidiste ser escritor y no jugador de pádel?

Fui mucho antes escritor. A los 13 años empecé a cobrar plata por escribir: hacía crónicas de básquet en un diario. Era muy chiquito.

—Y ese era el camino.

Es que yo nunca pensé en otra cosa. Jamás.

Casciari vive en Areco. Pero todos los miércoles y jueves de junio –y no más– estará en Buenos Aires, más precisamente en el Paseo La Plaza con La señora que me parió, la obra que realiza junto a su madre, Chichita. Sobre el escenario, lo que hace es “fingir ser actor”, según explica. “No soy actor, pero aprendí a interpretar lo mío –se explaya–. Me divierte. Lo disfruto mucho, pero solo ese rato: no me gusta nada del alrededor. Nada. Que el teatro no esté cerca de mi casa, las rondas de notas, estar un rato en un camarín, todo, todo…”.

—¿Cuando Antonio Gasalla lleva al teatro Más respeto que soy tu madre, algo cambia?

Económicamente, sí: mi primer millón de dólares fue con eso. Yo cobraba un euro por entrada, se vendieron un millón. Era mi participación. O sea, el día de la fiesta del millón de espectadores, yo tenía un millón de euros.

—¿Aquel chico de 13 años que escribía en un diario imaginó que en algún momento vería un millón de dólares?

Mi búsqueda nunca fue esa. Yo quería ser escritor cuando los escritores eran bohemios y borrachos. Cuando yo era chiquito, había un solo escritor que tenía plata: García Márquez. Uno. Y se acabó. Los demás vivían como podían: hacían un poco de periodismo, eran profesores de no sé qué, daban talleres de no sé cuánto. Yo sabía que cualquier éxito tenía que ver con morirse de cirrosis a los 55 y pasarla más o menos bien. Dentro de lo posible, trascender una o dos generaciones. Que te leyeran. Pero ni en pedo estaba la guita en el medio de todo.

—¿Y cuando la guita llega, ese millón, te llevaste bien con eso o había cierto prejuicio?

La dilapidé muy rápido. La reinvertí en otras cosas que tenía muchas ganas de hacer. No tengo una relación muy fraternal con el dinero, no me interesa mucho. Por eso puedo hablar con tranquilidad del dinero.

—Tengo entendido que en Orsai, tu editorial, hay un esquema económico completamente distinto al resto de las editoriales: los autores ganan mucho mejor.

Sí. Y justamente, para poder hacerlo de esa manera, el que está en la punta de la pirámide le tiene que dar muy poca importancia a su propia colección de billetes. Hay gente que colecciona billetes con mucha fruición, y entonces lo que ocurre cuando va bajando la pirámide es que la gente cobra muy poco: hay gente que llora en los baños, que hace seis meses que no cobra. En Orsai no pasa.

—¿Cómo decidís armar la editorial?

—Yo tenía unos contratos muy suculentos con un montón de empresas, multimedios privados. Estaba tocando el cielo con las manos: me empezaban a publicar en Europa, en Argentina, en México, en Francia. Editoriales grandes. Y al mismo tiempo, al escribir en blogs una vez por semana un cuento de forma gratuita, se generó tremenda comunidad. Entonces los tiburones dijeron: “Che, ¿cómo este señor le va a estar dando gratuitamente cosas a la gente? Vamos a lucrar con todo esto”. Y yo sentí que era lo que esperaba el chico de 15 años que fui y me empecé a asfixiar muy rápido. Empecé a conocer la verdad de todos esos lugares, lo triste que era. Y muy rápidamente me fui. La editorial Orsai nace de querer hacerlo de otra manera.

—Y con Orsai, ahora van a hacer una universidad.

—Con Orsai pasamos de la revista a editar mis libros. De editar mis libros a editar libros de otros autores. Después empezamos un trabajo muy cuesta arriba y muy divertido: cambiar las reglas de lo audiovisual. Empezamos a hacer cine y series. (El filme) La uruguaya ya recuperó el dinero de la inversión; está en Star+. Este año vamos a estrenar Canelones, una miniserie basada en un cuento mío. Diego Peretti terminó de rodar en Bruselas una película hermosa, dirigida y protagonizada por él. Y estamos iniciando una serie animada con dibujos de Liniers sobre la infancia del Dibu (Martínez). Es un superhéroe el chabón; en la vida real, eh. Es un proyecto alucinante y, además, tremendamente familiar: estamos intentando que Mandinha, la mujer del Dibu, que es diseñadora también, participe de la construcción.

—Se animaron a sacar No va más, el libro de Cayetano sobre la adicción al juego. No sé si cualquiera saca un libro contra los casinos y la industria de las apuestas.

Solamente cuando nunca recibís publicidad de nadie lo podés hacer. Podés hablar del juego online de manera nociva; no tenés que responderle a nadie. Cuando no recibís subsidios nunca, cuando nunca le pedís plata al Estado, también podés hacer lo que se te canta.

—¿Qué tenés ganas de que pase con la universidad? ¿Cuál es el sueño?

—Hay dos caminos de sueño. Hay uno un poquito más formal, que tiene que ver con que en la revista y la productora audiovisual: no estamos encontrando recambio. Si queremos que el texto, el guión o la obra de teatro sea realmente excelente, tenemos que ir a la misma gente. No es poca, pero es la misma: un circuito de gente de más 35 (años). Y cuando vamos a la puerta de las universidades a buscar recién egresados, de carreras que tienen que ver con la narrativa, nos encontramos que después de cinco años salen personas sin saber contar. Problemón. Pero problemón de características épicas.

—¿Cuánto influyen las redes sociales en esto?

—Y… me imagino que debe tener muchísimo que ver: la fragmentación, la ansiedad, que las cosas duren 15 segundos. Pero al mismo tiempo no quiero convertirme del todo en un viejo meado. Ya sé que lo soy, ya sé que tengo una edad, ya sé un montón de cosas.

—Hace poco dijiste que el próximo Premio Nobel de Literatura va a salir de TikTok.

—Es por lógica. No quiero convertirme en una persona que desconoce las cualidades de lo nuevo solamente por prejuicio. Quiero hacer algo distinto respecto a eso. Quiero explicarle a gente muy talentosa de 18, 20, 25 años, que no la tienen clarísima. Que el esfuerzo es el inicio del talento, es el principio de todo. No podés decir: “Bueno, yo soy influencer y ya está, y trabajo dos horas por día”, y no sabés contar las cosas. Lo podrías hacer mucho mejor.

—¿Cuándo estaría funcionando?

—Dentro de tres años. Ahora estamos trabajando con mucha fuerza en conseguir un predio.

—Se dijo que La Cámpora iba a ceder un predio para la Universidad Orsai. ¿Eso es así?

—No conozco La Cámpora, no sé qué es. Lo que sé es que pedí un lugar en mi pueblo, al Municipio, que está liderado por Juani Ustarroz (intendente de Mercedes), hermano de crianza de Wado de Pedro. Wado de Pedro pertenece a La Cámpora. Y supongo que la gente maledicente tiene muchísima más ganas de contarlo de esa manera, que de la manera correcta: un escritor que va a su pueblo a pedir un lugar para hacer un lugar maravilloso en su pueblo. De hecho, a cinco cuadras de mi casa. Estuve con los 18 concejales de Mercedes, algunos son peronistas, otros son de Juntos por el Cambio, dos son de La Libertad Avanza. Y les dije: “Esto va a ocurrir únicamente por unanimidad. Si no hay unanimidad, me levanto y me voy porque lo puedo hacer donde se me antoje. Yo no necesito de Mercedes. Yo deseo que sea acá porque el cuento, si es acá, es perfecto”. Había una chica de La Libertad Avanza que decía que iba a votar en contra. “¿Incluso me vas a dejar que te convenza?”, le digo. “No”, me responde. “Bueno, listo. Entonces será un no. Y tendrás que ponerle nombre y apellido a que esto ocurra en San Antonio de Areco, en Pergamino o en Chivilcoy. O sea, no va a ser en Mercedes por tu nombre y tu apellido”. Lo que no quiero que pase es eso: que venga un grupo a decir “es La Cámpora”. Lo mío no es político.

—O que algún grupo político lo capitalice.

—Es que no puede pasar nunca si es de Orsai. En este punto, no hay nada más libertario que Orsai: no le pedimos nada al Estado, nunca.

—Dijiste que si hay una revista, tiene que haber un público que la sostenga, y si hay una película, también tiene que haber un público que la sostenga. Si no, es demasiado pedir: una pauta al Estado, un auspicio a un privado. Los proyectos tienen que poder sostenerse, ¿no?

—Claro. Exactamente. Lo tenemos clarísimo: lo que debe hacer el Estado es igualar oportunidades. Está para que un chico de San Isidro, otro mercedino y uno del Chaco tengan oportunidades parecidas. Por el otro lado, no estoy en absoluto de acuerdo a que la totalidad de los artistas o de los gestores culturales vayan a pedirle cosas al Estado de forma permanente. Ahí se genera algo tremendamente preocupante: hay revistas sin lectores, películas sin público. Y se genera como una especie de: “Ah, bueno, hagamos esto, y de esto, vivamos. De películas que nadie ve, de revistas que nadie lee. Total…”. Eso te achancha en lo artístico: nunca terminás sabiendo si alguien se emocionaría con tu historia. La división es muy complicada: ¿cómo haces para limpiar del pincelito de lo necesario, de lo rutinario, del kiosquito? Es difícil eso.

—En el medio se mete la corrupción, y podemos discutir el INCAA, que hoy no está: se autofinanciaba, no había fondos públicos. Pero sí existía una decisión sobre cómo se otorgaban esos fondos: financiar a los de siempre, a los amigos, no es lo lógico.

—Claro. Pero al mismo tiempo, (el INCAA) tiene que existir. O sea, no hay contradicción. Ese es el gran error de este Gobierno: no saben matizar porque son verborrágicos y violentos. Es todo o nada. Todo es una discusión a los golpes. Imaginate una discusión de un matrimonio, donde están charlando, o donde uno está tirando platos todo el tiempo. Bueno, estamos en ese punto: no estamos debatiendo la batalla cultural en una mesa, sino que hay un grupo de locos tirando platos y libros, y rompiendo cosas, que algunas estaban sucias, otras estaban muy bien. “No rompas eso que estaba bien”. ¡Paf! “Pará, pará…”. ¡Paf! Estamos ahí.

—Hay también un tema de formas. Tal vez hay medidas que sean necesarias tomar, pero que no dejan de ser dolorosas.

—Estás hablando de Adorni. De Télam.

—Por ejemplo.

—De festejar cosas espantosas. Se extraña la pelea con Macri: era mejor. En su momento me parecía insoportable; hoy la necesito. Por lo menos (Macri) fue a la escuela. Lo que hace un Jefe de Gabinete o un vocero presidencial a la mañana, festejando despidos, independientemente de lo necesarios que sean, genera una enorme impotencia. Entonces, eso no es ni siquiera un debate. Estamos en momentos históricos de experimento social. No soy conspiranoide, no es que creo que haya una estrategia ni nada; independientemente de eso, es un experimento.

—¿Qué te pasa con lo que está sucediendo con España? Vos viviste mucho tiempo allá.

—No estoy muy de acuerdo con que el PSOE sea el socialismo. Es una cosa muy europea pensar que eso es la izquierda. Pedro Sánchez está muchísimo más cerca de nuestra centroderecha, pero para ellos, digamos, es el socialismo.

—Para Milei, es el socialismo.

—Me da un poco de risa todo eso. España es tremendamente careta. Es muy insólito este tipo de bicho raro llegándoles. Me parece absolutamente innecesario por el lado del gobierno argentino, por lo que representa la Argentina, por lo que es España. Hay poquísimos países en el mundo que su mayor inmigración la tienen del otro lado. Lo de Argentina y España es una cosa alucinante. Es más que primos hermanos, pasa algo entre estos dos países. Y Milei incluso sabe que aunque haga cualquier cosa, aunque queme una bandera española y se la meta en el orto, no va a pasar nada… Porque la relación es muchísimo más fuerte que todo eso. Van a pasar cosas muy puntuales que tengan que ver con el clickbait y con los medios, y con mucha efervescencia, pero de verdad, no va a pasar nada.

—¿Se usa para tapar otras cosas más profundas?

—Eso significaría que el Gobierno tiene una estrategia inteligente, y yo lo dudo mucho. Creo que es un elefante adentro de un bazar: no podés decir que tiró con la trompa ese jarrón para que no veamos que tiró aquel cenicero. No. Es un elefante en un bazar: no piensa.

—¿Y las peleas que da el Gobierno contra los artistas, periodistas o referentes de la cultura?

—Es una batalla cultural real donde hay muchísimo de revancha. Tienen un grupo de gente que los sigue muy puntualmente, y es gente que debe haber sufrido muchísimo toda la época de inclusión, de hablar con la e, de las diversidades sexuales que proponía el kirchnerismo. Eso se nota en la alegría y el interés que tienen de hacer todo al revés.

—¿Pero cómo hay gente que está planteando que las diversidades sexuales son enfermedades?

—No creo que sea verdad. La mayor parte de las veces que los libertarios abren la boca y sacan cosas, lo hacen para estremecer, no porque las piensen. “¿Cuál sería la frase que más bronca le dé en este momento a X? Ah, hoy digamos esta”. Les chupa un huevo todo. No es que de verdad estudiaron un montón de libros para llegar a la conclusión de que los homosexuales se suicidan más. No. Es: “Vamos para allá”. Y hay un grupo muy grande de varones que van a lo loco para allá porque fueron unos varoncitos que, durante un tiempo largo, estaban así en la mesa, chiquititos, sin poder decir lo que querían. Están convencidos de que pueden decir de vuelta lo que se les antoje.

—¿Entonces, para despegarse, deben ir por la contraria en todo?

—No es para despegarse. Están festejando lo que entienden que es la muerte de todo eso. Cada vez que la chica que hace la locución de los comunicados oficiales no usa el todos y todas, que se usó durante 12 años, están festejando. Están festejando decir cosas de los homosexuales y que no tenga costo. Y que si lo tiene sea un costo beneficioso, porque cualquier cosa que se diga de ellos, a ellos les sirve, no importa que esté bien o que esté mal lo que digan. Cuantas más lágrimas de zurdo haya, entienden ellos, mejor.

Fuente: Infobae

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