El día en que Macondo se estremeció con el viento que sopló en Comodoro

A través de las páginas de "El otoño del patriarca", Gabriel García Márquez popularizó en 1975 la furia del viento comodorense. Hoy se cumplen siete años de la muerte del periodista y escritor colombiano. Falleció el 17 de abril de 2014 en la Ciudad de México. Le rendimos homenaje rescatando esta columna que El Patagónico publicó entonces.

Por Víctor Latorre

Secretario de Redacción

El Patagónico

Visitó la Patagonia una sola vez en su vida. Fue en 1994, al otro lado de la cordillera. Ese año, Gabriel García Márquez llegó al sur de Chile casi de incógnito, como un turista más, para navegar los fiordos de Aysén y conocer los milenarios glaciares de la laguna San Rafael.

Dos décadas antes, sin embargo, ya se había transportado literariamente a esta región del mundo en una de sus obras cumbres.

“(…) un consejo que era más bien del abuelo escaldado que de padre sabio y que el niño no habría olvidado jamás aunque hubiera vivido tanto como él porque se lo enseñó mientras lo preparaba para disparar por primera vez a los seis años de edad un cañón de retroceso a cuyos estampidos de catástrofe atribuimos la pavorosa tormenta seca de relámpagos y truenos volcánicos y el tremendo viento polar de Comodoro Rivadavia que volteó al revés las entrañas del mar y se llevó volando un circo de animales (…)”

El fragmento corresponde a la página 197 de “El otoño del patriarca”, cuya primera edición se publicó en 1975. Según palabras de Gabo es la novela en la que más trabajo y esfuerzo invirtió. Comenzó a escribirla en 1968, época en que vivía en Barcelona. Le llevó siete años terminarla.

En el campo de la crítica literaria existe un consenso casi absoluto de que el premio Nobel ha construido en este libro una maquinaria narrativa perfecta. El relato tiene como eje la vida de un dictador latinoamericano cuyo nombre, Zacarías, solo es mencionado una vez en toda la obra. Es que ese personaje constituye un arquetipo con el que el autor se propone retratar la figura de un tirano de cualquier época y nacionalidad.

Como analiza su compatriota Dasso Saldívar, sucede que en esta novela García Márquez desarrolla y cristaliza las preocupaciones sobre el poder y la figura de los caudillos, algo que el escritor colombiano ya había concebido y expresado en algunos pasajes de “Los funerales de la Mamá Grande” (1962), “La Mala Hora” (1962) y “Cien años de soledad” (1967).

“El tiempo vital y político del dictador dura unos 450 años, pues conoce a Colón en persona y un viernes histórico ve ancladas frente a su ventana las tres carabelas. La también destacada presencia del poeta Rubén Darío, con sus muchos versos engastados a lo largo de la narración, nos permite concluir que, como en ‘Cien años de soledad’, en ‘El otoño del patriarca’ García Márquez vuelve a fundir en un mismo discurso poético-narrativo todos los tiempos y una síntesis esencial de la historia de América Latina”, dimensiona Saldívar.

A mi entender, mientras tanto, la característica más extraordinaria de “El otoño del patriarca” está en su estilo. Se divide en seis bloques o capítulos de narración continua, sin intercalación de diálogos ni existencia de puntos aparte. Tampoco abundan las comas ni los puntos seguidos. A contramano de lo que recomienda la lógica, cada capítulo ha sido redactado como una extensa oración de decena de páginas, pero totalmente comprensible y que se deja leer con facilidad. Esa compleja genialidad también explica que Gabo haya invertido casi una década de su tiempo para cincelarla con su máquina de escribir.

El Caribe natal de García Márquez es el escenario donde se desenvuelve esta historia, como ocurre con la mayoría de sus novelas y cuentos. No obstante, hacia la mitad del libro aparece una de las excepciones. Allí la geografía excede las coordenadas del territorio que gobierna el patriarca. Es donde para orgullo nuestro aparece mencionada Comodoro Rivadavia.

La pregunta que muchos de quienes vivimos en esta tierra y tuvimos la oportunidad de leer “El otoño del patriarca” nos hemos formulado al llegar a esa parte del libro es ¿por qué el escritor colombiano la escogió como referencia?, siendo que quizás hay otros lugares en el mundo donde el viento brama con igual furia.

El propio Gabo se encargó de responderla en “El olor de la guayaba” (1993), un libro que reproduce las conversaciones del premio Nobel con Plinio Apuleyo Mendoza, otro periodista y escritor colombiano.

En un momento dado, Mendoza le pregunta por ese “realismo mágico” en el que se inspiran sus creaciones literarias. “Tengo la impresión de que tus lectores europeos suelen advertir la magia de las cosas que tú cuentas, pero no ven la realidad que las inspira”, le señala.

Y García Márquez le contesta: “seguramente porque su racionalismo les impide ver que la realidad no termina en el precio de los tomates o de los huevos. La vida cotidiana en América Latina nos demuestra que la realidad está llena de cosas extraordinarias (…) En Comodoro Rivadavia, en el extremo sur de Argentina, vientos del polo se llevaron por los aires un circo entero. Al día siguiente, los pescadores sacaron en sus redes cadáveres de leones y jirafas.”

Es probable que García haya escuchado sobre la violencia de nuestro viento en alguna charla con Francisco “Paco” Porrúa, el legendario editor argentino-español, quien durante la década de 1920 hizo del cerro Chenque escenario de sus juegos de infancia. Él fue quien en 1967 apostó por un Gabo todavía ignoto al publicar para Editorial Sudamericana la primera edición de “Cien años de soledad”.

En una ocasión, sin embargo, el escritor caribeño comentó que cuando se le ocurrió incluir en la novela la escena del cañón, necesitaba ilustrarla con una metáfora lo suficientemente poderosa. En una enciclopedia que tenía en su biblioteca buscó cuál era el lugar en el planeta donde soplaban los vientos más intensos y así dio con el dato de que en Comodoro Rivadavia la furia de la naturaleza había destruido un circo.

Entre aquellos memoriosos de la época que “viven para contarlo” hay quienes aseguran que en ese pasaje de “El otoño del patriarca”, García Márquez hace referencia a un temporal que se registró por estos lares en la década del 60. Algunos lo ubican en 1962, otros en 1964. Falta esa precisión, pero la anécdota remite a que el viento arrasó con la carpa de un circo instalado en Playa Sud.

Después la imaginación del novelista enriqueció la escena para poder convertirla en fábula, al describir que leones y hasta jirafas –animal exótico incluso para un circo- murieron ahogados. Lo hizo apelando a un procedimiento totalmente lícito en el universo de la narrativa de ficción, pero absolutamente vedado en los relatos de la vida real como él mismo solía advertirlo a partir de su experiencia simultánea como literato y periodista.

“Lo malo es que en el periodismo un solo dato en falso desvirtúa sin remedio a los otros datos verídicos. En la ficción, en cambio, un solo dato real bien usado puede volver verídicas a las criaturas más fantásticas. La norma tiene injusticias de ambos lados: en periodismo hay que apegarse a la verdad. En cambio, en la literatura se puede inventar todo, siempre que el autor sea capaz de hacerlo creer como si fuera cierto”, planteó García Márquez alguna vez. Lo hizo para reflexionar sobre dos géneros hermanados por el lenguaje y en los que brilló como un indiscutido maestro.

Artículo publicado originalmente el 25 de abril de 2014 en la sección Opinión del diario El Patagónico

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