Marcelo García, la leyenda negra que concluyó de madrugada

Se estaba por inscribir en la Facultad de Derecho de la Universidad local. Según su mujer, en el Sindicato de Petroleros lo usaban por su pasado y le habían prometido trabajo en una empresa. Había purgado condena por el crimen de Magda Silva, ocurrido el 21 de febrero de 1996. En la Unidad 6 mató a Gustavo Rosales. En libertad le abrieron una causa por extorsión de gitanos en Sarmiento. Dicen que solo quería trabajar y dejar atrás esa carta oscura de presentación que lo acompañó hasta su último suspiro.

 Es la madrugada del 21 de febrero de 1996. El cuchillo entra en el cuello de la joven promotora. Va directo a la carótida. La muerte es inminente. Lo atroz invade el dormitorio. Los gritos se ahogan. La chica de 22 años se defendió como pudo. Arañó en la cara a su asesino. También en la espalda. Pero un fuerte golpe en la cabeza con el respaldar de la cama la desvaneció. Luego, ese corte en el cuello. Una herida que se convierte en el principio del final. La hemorragia no tarda en llegar. El cadáver se desangra porque el corazón todavía bombea. Por eso quizás la sangre salta.
Las paredes de la habitación del departamento “D” del piso 12 de la Torre 6 se salpican de sangre. Las cortinas, la cama, las paredes. Y ya no hay vuelta atrás. No hay pintura que tape todo el desastre.
Marcelo Alejandro García, con 24 años y de profesión soldador, da nacimiento ese día a la leyenda. Vestido con un mameluco azul y blanco trabaja en una de las muertes más crueles y sanguinarias de los últimos tiempos en Comodoro Rivadavia. Lleva el cuerpo al baño, lo deja desangrar. Trata de quitar el colchón, pero mancha más de sangre. Se toma la cabeza y camina, piensa y vuelve al baño. Apaga la luz del comedor y deja la puerta entreabierta.
En el baño secciona el cuerpo en seis partes. Cierra los ojos y corta. Ve todo negro. La cabeza por un lado, el tronco por el otro. Los brazos cortados a la altura de los hombros, y las piernas un poco más arriba de las rodillas. Corta y corta. Y aunque luego afirmaría que lo hizo solo, el forense siempre sospechó que pudo haber participado otra persona. Después dijo que desparramó las partes. Su relato ante la autoridad policial es escalofriante.

SUEÑOS TRUNCADOS
En el lugar quedaron tablas de la cama manchadas con sangre del grupo 0 universal de Magda Ivone Silva, la joven de Río Senguer que había llegado a la ciudad en busca de progreso, para lo cual estudiaba turismo en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Cuando tenía ocasión, trabajaba de promotora para ayudar a costeárselos.
Según una de sus amigas de la infancia, aquel verano Magda se marchó un tanto presurosa de su pueblo luego de recibir una llamada. Un familiar la trajo a la ciudad. No se alojó en la casa que solía hacerlo, sino directamente en el departamento de la Torre 6.
“Magda era alguien especial”, sostienen a la distancia quienes tuvieron oportunidad de conocerla. Una joven hermosa, de pelo bien largo, que vivía riendo. Buena estudiante y de una personalidad que le permitía llevarse bien con todo el pueblo. Lo que no pueden entender sus amigas hasta hoy es por qué el asesino obró de forma tan cruel. El recuerdo con el que se quiere quedar una de sus amigas es la imagen de Magda en las últimas vacaciones del verano del 95, sonriendo, nadando y jugando en el agua del río de su pueblo.

AUTOINCRIMINACION
Según la primera declaración de García en la comisaría Primera, Magda le abrió la puerta a las 5 de la mañana de ese 21 de febrero. Ella miraba televisión. El vivía en una torre vecina y como estaba ebrio prefirió irse a dormir a lo de su hermana, para que su madre no lo viese en ese estado.
Charlaron y -según García- ninguno de los dos sabía dónde estaba la dueña de casa. Dijo que cuando se acostó, ella se recostó a su lado, que la tomó del cabello y comenzó a golpearla. A la madre le diría otra cosa: que habían intimado. La autopsia revelaría que hubo un acto sexual consentido. Según declaró su madre, García le contó que la joven se había reído de él.
En su relato, él contaría que luego de tomarse una cerveza en la cocina volvió a la cama para comprobar que el cuerpo de la mujer estaba frío y que tenía sangre. Pensó que pronto llegaría su hermana y se lavó. Cuando ésta llegó, le dijo que lo dejara solo porque estaba con una chica. La atendió con el torso desnudo en la puerta y cerró. Su hermana dijo en el juicio que no sabía que estaba Magda parando en su casa y que ella podía entrar y salir cuando quisiera porque tenía una llave desde que alguna vez había vivido con ella y sus hijos.
Luego le quitaría la llave a su hermana en un descuido, para evitar que la misma ingresara y cuando le reclamaron la suya, dijo que estaba lejos; que le diera tiempo; que ya volvería.

HORAS DESESPERADAS
Ese día, Marcelo García fue a la casa de su mamá porque allí festejaban el cumpleaños de otra hermana. Estaba nervioso y no lo tranquilizó que enseguida le preguntaran qué le había pasado en su rostro. No dio explicaciones. Cargó en el auto las bolsas. Luego arrojó los bultos entre el relleno sanitario y en El Mirador de Rada Tilly. Volvió al departamento y quiso tapar todo con pintura.
Pero esa noche no pudo dormir. Quizás el grito agónico de Magda y su sufrimiento lo empezaban a perseguir. Se bañó, pero no dormía.
Según quienes lo estudiaron, el homicida tenía “un pensamiento concreto y no reflexivo”. Con graves problemas para controlar los impulsos. Un sujeto “afectivamente inestable”, en condiciones de comprender la responsabilidad de sus actos y las normas sociales de convivencia. Pero cuando se afectaban sus núcleos psicológicos se potenciaba su reacción.
En el piso quedaron los restos de pintura. Un fuentón en el baño con ropa sucia y otras prendas lavadas. Un cuchillo comando de mango de madera con dos tachas. Sus familiares dirían que no cortaba. Para la Policía con el mismo habría descuartizado a Magda. El arma tenía 20 centímetros de hoja. En una bolsa escondió una sábana verde ensangrentada, una camisa blanca y una bombacha cortada. La idea era deshacerse de todo ello.
Todo eran huellas de una madrugada que se fue de control. Debajo de la cama quedó un colchón con su goma espuma impregnada de sangre.
García no pudo cubrir más. Dejó la pintura a medio secar y todo el mobiliario desparramado. Miró televisión en lo de su madre y llamó a un amigo al que le pidió que lo ayudara a terminar de pintar, pero éste se negó. Al parecer el pago que le ofrecía el descuartizador no era suficientemente atractivo.
Salían cuando llegó su madre. Ella echó al otro muchacho porque decía que era una mala influencia para Marcelo. Se trataba de Jorge “Esculapio” Velázquez, un habitué de siempre de las páginas policiales.
Marcelo entonces explotó. La presión lo había desbordado y le contó a su madre que había hecho algo malo. “Mamá, maté a Magda”, le dijo llorando y besándole las manos. De inmediato, ella le consiguió el asesoramiento de un abogado que había sido concejal de Rada Tilly. Fue el tiempo de la confesión y la autoincriminación.
El 24 de febrero la Policía encontró uno de los bultos: era el torso envuelto en una capa de plástico gris. Tras los rastrillajes y ya con la conmoción de la ciudad puesta en el caso, entre los matorrales encontraron otras bolsas con el brazo izquierdo y la pierna derecha de la mujer. Al día siguiente, en la zona del mirador de Rada Tilly se encontró otra bolsa con la pierna izquierda y el brazo derecho.
El torso presentaba varios hematomas, tanto en uno de los senos como en los glúteos. Pero lo único que no se encontró jamás fue la cabeza de Magda.
Versiones periodísticas daban cuenta de que la cabeza la había arrojado al mar y que incluso luego de ser juzgado habría dejado entrever que en el descuartizamiento lo había ayudado un amigo, pero que lo amenazó para que no lo incriminase.

EL FINAL
Marcelo García fue juzgado el 15 de octubre de 1996 en la Cámara Primera del Crimen y recibió una pena de 14 años. “No hay palabras que dé una explicación de lo que hice y por qué lo hice”, fueron sus palabras finales ante el tribunal. Pidió perdón a los familiares de Magda y dijo que “más allá de la condena que me puedan llegar a dar, esto es algo que voy a llevar adentro. El dolor eterno no me lo sacarán con años de prisión”.
Pero en el encierro también mató: el 30 de mayo de 1999 a las 20:30 en las duchas del pabellón 16 de la Unidad 6 de Rawson, le asestó dos puñaladas mortales a Gustavo Javier Rosales. Según se establecería luego, lo atacó por la espalda. La víctima era uno de los tres condenados por el crimen de la empresaria transportista Ramona García viuda de Barrionuevo, tía de Marcelo. Este hecho había ocurrido en agosto de 1991 en Comodoro Rivadavia.
El final del “descuartizador de Las Torres” también sería por la espalda. Fue el domingo 27 de julio pasado, pero a balazos. En Alvear y Rivadavia. Por ese homicidio está detenido Adrián “Pepo” Currulef, delegado del Sindicato de Petroleros.
La amiga de la infancia de Magda cree que “Dios le dio un poco más de vida para ver si se arrepentía. Quizás se arrepintió, pero no debía morirse; tenía que pagarlo en la tierra”. Y nuevamente evoca a la promotora: “nadie se merece morir de esa manera”.

AL MARGEN DE LA LEY
García cumplió condena en la Unidad 6. En julio de 2008 -bajo libertad condicional ya que su condena culminaba recién en 2010- volvió a ser detenido. Fue en Sarmiento. Según la denuncia, se presentó en un domicilio y amenazó a un gitano. Decía ser el cobrador según el denunciante. Por eso volvió a ser detenido, esta vez en la alcaidía de Comodoro.
Los que lo denunciaban decían que luego de las amenazas alardeaba con que era “el descuartizador de las torres”. Sin embargo, cuentan que se ofuscaba cuando así lo llamaban en los diarios.
Su mujer dijo que hasta hace poco tiempo se desempeñó en una empresa a la que renunció porque quería un trabajo mejor remunerado. Pero la historia de aquel descuartizamiento la debió cargar siempre sobre sus espaldas. 

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