Se cumplen 19 años de la sangrienta toma de rehenes de "Pancho" Martínez

Francisco Jesús Martínez y Eduardo Chandía Tapia fueron abatidos por la Policía cuando faltaban pocos minutos para la llegada del Año Nuevo. Fue en medio de una toma de rehenes que se inició en la tarde del 31 de diciembre de 2001 con un asalto a la distribuidora “La Salteña”, ubicada en Alem y Vélez Sarsfield. Tres delincuentes se vieron rodeados por la policía y retuvieron a sus dos dueños y a un empleado. Fueron casi cinco horas de extrema tensión. La irrupción final del GEOP duró solo seis segundos. Antes hubo negociaciones, entrega de alimentos y dinero repartido a la muchedumbre frente a las cámaras.

Su número de documento termina en capicúa. El 129, se repite dos veces. Pero eso no es lo más particular de Francisco “Pancho” Martínez (37), sino su leyenda, la que se instaló en los barrios pobres de Comodoro Rivadavia; la que se canta en un tema de cumbia y por la que es considerado “un delincuente que robaba para la gente”.

“Pancho” fue abatido por el Grupo Especial de Operaciones Policiales (GEOP) en una toma de rehenes que se inició horas antes del fin de año del 31 de diciembre de 2001. Ese asalto quedó marcado en la historia de Comodoro Rivadavia, en medio del “que se vayan todos” de la crisis económica y social que transitaba la Argentina.

Fue el fin de Martínez, que hizo cantar la marcha peronista a los rehenes en medio del robo. Y fueron los cimientos del GEOP en Comodoro Rivadavia. Es que ese grupo de unos diez policías que aún no acumulaba la experiencia y capacitación necesaria -ya que solo había pasado un año de su formación-, tuvo su bautismo de fuego.

Los “hombres sin rostro” o más bien de pasamontañas, rescataron con vida a los dos rehenes que quedaron en medio de las balas.

Sin armas adecuadas, con linternas encintadas al cañón y sin cascos de protección, el GEOP terminó con las cuatro horas y cuarenta minutos que duró la retención de los hermanos Oscar y Roberto Cárdenas, y del empleado Juan Cárdenas. Todos golpeados en reiteradas oportunidades, amenazados y dos de ellos hasta baleados por mismos delincuentes.

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La irrupción del grupo policial fue en medio de la huida de una de las víctimas. El episodio final, que muchos siguieron a través de la televisión porque lo transmitió en vivo Canal 9 que por entonces tenía su sede allí enfrente, duró solo seis segundos. En ese tiempo se abatió a “Pancho” Martínez y a Eduardo Chandia Tapia (37), alias “El Chilote”, el más peligroso de los tres. Mientras el tercer asaltante, Daniel Fabricio De Vigili (19), resultó herido.

DESCUBIERTOS

Aquel 31 de diciembre el plan era robar e irse rápido. A “Pancho” se la habían “vendido” bien. De Vigili fue a preguntar a la distribuidora sobre las 13:15 por el precio de las empanadas. Estaba cerrado y el dueño le dijo que volviera a las 14:30. Así lo hizo; preguntó por otros precios y se fue. El tiempo le alcanzó para hacer un relevamiento rápido del lugar.

Luego volvería, pero esta vez armado y acompañado. Lo seguían “Pancho” Martínez y Chandía Tapia, los más experimentados. Los asaltantes llegaron a bordo de un Peugeot 405 color bordó. En ese auto se los vio dar un par de vueltas, y pasar al menos tres veces frente a la distribuidora. “La Salteña”, en Vélez Sarsfield 1.640, entre Alem y Viamonte.

Eso fue lo que le llamó la atención de un repositor que justo salía en su auto particular. El muchacho se fue hasta el Hotel Encina, a una cuadra del lugar y desde allí observó los movimientos de los asaltantes.

De Vigili, Tapia y Martínez bajaron del auto. Se acercaron a la puerta de acceso, bien pegados a la pared. Gorros, cuellos polares, pañuelos y anteojos. Todo servía para cubrir sus rostros.

Tapia era el que menos quería que le vieran la cara. Tocaron el timbre. Casi todos los trabajadores se habían ido; solo quedaban los hermanos Cárdenas, dueño y encargado, y Juan, un empleado.

Al ver la situación extraña, el repositor que sospechó fue hasta el supermercado “La Anónima” del barrio 9 de Julio y le avisó al policía de servicio adicional.

El sargento Hugo Quintana llamó por handy a la seguridad privada del local y moduló. Llamó a la Seccional Segunda y al Comando Radioeléctrico, pero no le contestaron. No supo si el problema era del equipo. Tomó el teléfono y marcó el 101 para comunicar el posible atraco y se fue al lugar.

El oficial ayudante Juan José Ale y el chofer Mario Gómez, de la Seccional Primera, tomaron conocimiento de la situación también por radio frecuencia cuando patrullaban por España y Rivadavia. “Apoyo, apoyo, Vélez Sarsfield y Alem”, se escuchó en el patrullero.

Llegaron a toda velocidad y cuando frenaron chillaron las ruedas. Quintana les señaló con el arma dónde estaban los delincuentes. También llegó un móvil del Comando Radioeléctrico con el sargento Luis Gorio a bordo.

“Aquel, aquel”, le dijo Quintana. Un Peugeot 504 y otro vehículo bordó circulaban hacia abajo por Alem. Gorio optó por seguir al 504 que iba con gente a bordo, creyendo que allí escapaban los delincuentes. Pero se trataba de una familia. Cuando se dio cuenta de ello, el otro vehículo, con el chofer de la banda, se escapó. Solo vio algunos números de la patente: aparentemente era un 405.

“PARECE QUE ES LA YUTA”

Una vez que el timbre sonó. Oscar fue el encargado de abrir. Cuando abrió se sorprendió. Es que un muchacho asomó la cabeza y de inmediato empujó para meterse. Era De Vigili. Detrás lo seguían Tapia y Pancho. A Oscar lo tiraron al suelo y le comenzaron a pegar patadas en el bajo vientre. Tapia se quedó apuntándolo con un arma; “Pancho” y De Vigili redujeron a Roberto y a Juan, quienes habían quedado en el final del salón.

Los delincuentes inmediatamente pidieron que abrieran la caja fuerte. Ante los golpes, Oscar cedió y entregó la llave. Tapia pedía una y otra vez que no lo miraran a la cara. Ataron a todas las víctimas con las manos detrás. De Vigili le sacó los anillos de oro a Roberto y una cadena. Una vez que abrieron la caja fuerte comenzaron a juntar toda la plata.

Uno de los delincuentes ingresó a la oficina y le pidió a Roberto la llave de la caja chica. Tomaron el dinero suelto y un maletín que no podían abrir. Le pegaron al rehén para que les dijera la numeración. Se las dio, pero –impacientes- terminaron abriéndolo con el mismo caño del revólver. Metieron todo en dos bolsas de nylon y en una caja de cartón de galletitas “Don Satur”. Mientras guardaban el botín, se escuchó una frenada. Era la del móvil de la Primera.

Uno de los asaltantes fue hasta la puerta y empezó a gritar: “parece que es la yuta, la yuta”. Abrió la puerta y al encontrase con los policías, les disparó. Quintana y Ale, que ya se acercaban al acceso, fueron sorprendidos por el disparo, pero respondieron.

De este modo los ladrones demostraban que estaban dispuestos a jugar a fondo. Ale, todavía muy joven, contaría en 2014 a Letra Roja (suplemento de temas policiales de El Patagónico) que sintió miedo cuando el arma se le trabó porque pensó que el delincuente seguiría respondiendo y no tendría cómo responder. Pero tiró dos veces y a media altura.

Por su parte Quintana también disparó dos o tres veces. En aquel tiempo no todos los policías tenían chalecos antibalas. La pistola de Ale estaba armada con tres partes distintas.

El asaltante ni bien tiró, se metió al comercio y cerró la puerta. Tres disparos agujerearon la puerta de chapa de la distribuidora. Una de las balas cruzó y terminó debajo de un camión Mercedes Benz 1114 que estaba estacionado en el garaje. Los delincuentes le empezaron a pegar a Oscar porque creían que había accionado la alarma. No entendían cómo había llegado tan rápido la Policía.

La víctima los trató de tranquilizar y los llevó al sótano engañándolos con que había una salida, pero solo eran pequeñas ventanas que daban a la calle donde estaba la Policía que ya rodeaba el recinto.

Los asaltantes se pusieron nerviosos y comenzaron a caminar de un lado al otro. Decían que Oscar se hacía el vivo y que lo iban a matar. Desde afuera Gómez, el chofer, les gritó a los delincuentes: “entréguense que están rodeados”. Desde adentro uno de los rehenes le respondió: “váyanse, muchachos; está todo bien”.

“Si está todo bien, salgan”, dijo el policía.

En ese momento uno de los delincuentes gritó: “llamá al juez”. De inmediato, la Policía convocó al juez Oscar Herrera y también llegaron representantes de Fiscalía.

Dicen que “Pancho” Martínez se comunicó con alguien a través del teléfono de Roberto, a quien le dijo: “está todo mal, está la yuta en cualquier cosa, no me abandones”.

Tapia inmediatamente comenzó a usar a una de las víctimas como escudo. Y “Pancho” caminó de un lado al otro, nervioso y comunicándose por teléfono una y otra vez. Los testimonios en la causa dicen que llamó a un familiar y que le pedía que llamara a todos los periodistas. Quería garantías.

En la negociación, tanto de parte de los delincuentes como de los rehenes, se avanzaba y se retrocedía a un punto de incertidumbre, dijeron los testigos. “Pancho” quería entregarse, pero Tapia se cerraba y decía que lo iban a “bajar” apenas saliera. “Pancho” lo tranquilizaba y le decía que no lo iba a dejar. “Si me tengo que quedar nos quedaremos y después veremos”, le prometió.

“Pancho” asumió el liderazgo. Ya sentía que esta vez había perdido; estaba rodeado. Y con las cámaras y los periodistas enfrente comenzó a dirigir su propia película. Fue el protagonista de una noche en la que muchos vecinos esperaron el año nuevo comiendo con angustia. La expectativa de Comodoro se vivía a través de Canal 9.

Los trabajadores de la emisora estaban brindando cuando se escucharon los primeros disparos. Uno de ellos quiso acercarse a la ventana desde donde hablaban los delincuentes, pero estos lo confundieron con un policía de la Brigada por cómo vestía y debió correrse del lugar.

Otros periodistas y fotógrafos se colocaban debajo de las ventanas, entre la policía y los asaltantes. Todos querían registrar los momentos de tensión; los pedidos de “Pancho” y de Tapia.

A algunos periodistas “Pancho” les pidió que tiraran la plata del botín y que entregaran la mercadería a la gente que se había aglomerado en los alrededores a observar qué sucedía. Parecía una escena de Tarde de Perros, aquella película de Sidney Lumet que protagonizó Al Pacino.

“Pancho” quería tirar todo el dinero que habían robado. Pero Chandía Tapia le decía que guardaran algo, así que primero entregó billetes de dos pesos; luego de cinco y de diez. Después tomó fajos grandes. Pidió que los rehenes subieran la comida hasta las oficinas del depósito y él arrojaba salamines, fiambres y lácteos a la calle.

La comida tenía que ir para los más necesitados, según decía. Un periodista se la tenía que repartir a los que se agolpaban en la esquina. En medio de una crisis económica, todo lo que “Pancho” “donaba” esa tarde-noche venía bien.

En la esquina todos coreaban el nombre de “Pancho” y pedían a las autoridades que los dejaran ir. Adentro los delincuentes seguían pensando cómo escapar. El show seguía.

Chandía Tapia tenía pensado escapar en el camión 1114, estacionado en el garaje. Preguntaba por la camioneta que estaba enfrente. Es que Chandía quería salir con rehenes y si sucedía lo de Ramallo, no le importaba.

Los minutos pasaban y la animosidad crecía contra los rehenes. Los asaltantes encontraron whisky y se tomaron toda la botella. A partir de allí cambió su comportamiento. “Pancho” se puso más agresivo y comenzó a pegarles a los rehenes. Incluso hizo algunos disparos al techo. Obligó a todos a cantar la marcha peronista y a los rehenes que dijeran que no iba a haber más gente con hambre si de ellos dependía; a comprometerse con ayudar a los más necesitados.

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Los integrantes del grupo de policías del GEOP estaban en sus casas, pero fueron reunidos rápidamente ante la situación. Llegaron hasta la distribuidora y utilizaron el garaje de un vecino como teatro de operaciones. Allí evaluaron cortar los teléfonos; la energía y hasta la luz de la calle.

Pero los rehenes dicen que el corte de luz en toda la cuadra y la falta del teléfono violentaron más a los delincuentes que les apoyaban los revólveres en distintas partes del cuerpo. Chandía Tapia decía que no pensaba “rendirse” y que si tenía que llevarse a alguien con él, lo haría.

Para los asaltantes -según las conversaciones que mantenían por teléfono-, “no era lo que esperaban llevarse”.

En un momento, Martínez golpeó fuerte a un rehén con la pistola en la cabeza y este lo enfrentó, por lo que “Pancho” quiso gatillarle en la cabeza y Chandía Tapia lo calmó. Le dijo que no hiciera una locura.

Pancho se enojó en un momento cuando algunos con los que dialogaba se corrían de su campo de vista. Dijo: “acá se pudrió todo, acá nos morimos todos”. Se dio cuenta de que la policía le había pinchado la sidra y abierto el whisky que habían exigido. “Estos nos siguen tomando el pelo”, repetía.

Entonces Martínez le dijo a Chandía Tapia que arrojara a uno de los rehenes por la ventana para que se dieran cuenta de que hablaban en serio.

Mientras esperaba la camioneta para escapar, en medio del silencio de la noche y en conversación con los negociadores, se escuchó el ruido de una rueda que perdía aire.

“Se pinchó todo, estos nos quieren limpiar afuera, nos quieren limpiar”. Y comenzaron los disparos otra vez desde la ventana hacia todos los que estaban cerca de la única esperanza de huida que tenía Chandía Tapia: la camioneta a la que le habían desinflado los neumáticos.

Chandía Tapia le decía a De Vigili que era joven, que se entregara; que hasta ahí era una tentativa de robo por el que le iban a dar tres años de cárcel. Uno de los rehenes en la causa dijo haber escuchado a “Pancho” hablar por teléfono con sus familiares diciendo “que ya estaba, que acá se terminaba todo; de acá no salimos vivos”.

CUERPO A CUERPO

Se acercaba la medianoche. Roberto y Oscar comenzaron a cruzar miradas. Creían que era el momento de actuar. El primero tomó el arma que uno de los asaltantes había dejado en el escritorio y la arrojó por la ventana, para luego abalanzarse sobre “Pancho”. Intentó tirarlo hacia abajo por la ventana, ya que el delincuente siempre sacaba medio cuerpo al exterior cuando negociaba, pero quedó colgado.

“Pancho” giró y le comenzó a disparar a Roberto. Un balazo le rozó el cuero cabelludo y otro le atravesó la mano derecha, entre los dedos índice y pulgar.

Roberto comenzó a forcejear con “Pancho” y su hermano con De Vigili. Roberto comenzó a pegarle en la cara a “Pancho”, que quedó sorprendido y luego lo intentó ahorcar. Estaba peleando por su vida.

“Pancho” ya le había disparado y Roberto estaba dispuesto a todo. Le empujó los dientes y también le hizo “piquete” de ojos, hundiéndoselos. Era tanta la euforia que lo redujo rápidamente a “Pancho”. Pero mientras forcejeaba, De Vigili le comenzó a pegar golpes de puño en las costillas para que soltara a su cómplice.

Oscar, su hermano, ya había logrado desarmar a De Vigili, con el que también forcejeó. En esa lucha cuerpo a cuerpo alcanzó a quitarle el arma. El rehén apareció entonces armado y con mejor posición, pero al gatillar dos veces no le salió ningún disparo. Al menos eso atestiguó ante la Policía.

El arma no tenía balas aparentemente, por lo que buscó salida. Corrió el escritorio que trababa la puerta y descendió corriendo hacia la planta baja. Creía que en cualquier momento una bala lo alcanzaría por la espalda. Tenía la sensación de que alguien lo corría.

Trató de abrir la puerta de la calle y no pudo porque tenía colocadas unas barretas de seguridad. Las sacó y recién entonces pudo salir. Lo rodeó la policía al grito de “rehén, rehén”. Lo trasladaron a la comisaría y luego al hospital.

Mientras tanto Juan, ante el grito de Roberto y en medio de su intento por tirar a “Pancho” por la ventana, se enfrentó con Chandía Tapia, a quién lo tomó del cuello sin saber si estaba armado.

En ese momento Roberto escuchó un disparo. Cuando lo tiró al suelo a Chandía, lo siguió ahorcando, hasta que De Vigili lo amenazó con un arma y no le quedó otra que soltarlo. Cuando “el Chilote” vio que Juan se desangraba, le dijo al más joven de los asaltantes que lo dejara morirse.

El GEOP irrumpió cuando Oscar salió por la puerta. En ese momento ingresaron en medio de gritos y disparos en la oficina del primer piso. Subieron la escalera y según los testimonios, se escuchó “policía, policía”.

El mejor tirador se tuvo que quedar cubriendo la seguridad de sus compañeros. “Barrió” los puntos ciegos en medio de la oscuridad, detrás de los escritorios de la primera oficina y se colocó al lado de la puerta. El grupo ingresó en fila.

Primero patearon la puerta de la oficina que se quebró y luego volvieron a hacerlo. Según uno de los testigos, Chandía Tapia gritó: “estos hijos de puta se vienen conmigo”, disparando al menos dos balas a la altura de la cabeza que pegaron en el marco de la puerta.

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En medio de los gritos y disparos el primero en caer fue “Pancho”, que estaba al lado de la ventana, y luego Chandía Tapia. La bala que traspasó a este se le incrustó en el hombro derecho a Roberto que gritaba que él era una víctima.

Juan intentó levantarse ante la presencia de la Policía y uno de los efectivos le ordenó quedarse en el piso. El rehén intentó levantarse de cualquier manera y el policía con su pierna lo volvió a tirar al suelo. Lo reconoció y dijo: “rehén herido”.

Martínez quedó con tres heridas penetrantes, una en la tetilla izquierda, otra en el pecho y la última en la garganta, según el médico policial. En la autopsia se supo que “Pancho” tenía un orificio en el corazón, otro en el pulmón y otro en el cuello.

Chandía Tapia tenía dos disparos en el torso superior izquierdo.

SECUESTROS

Las armas utilizadas por los ladrones fueron un revólver calibre 22 largo, marca Galand, un revólver calibre 38 y una pistola semiautomática marca Browning, calibre 7,62.

Se secuestraron del botín que no habían arrojado a la gente, 10.478 pesos, dólares y Lecop; 7.870 pesos de los pantalones de De Vigili y 2.440 pesos, sumando un total de 20.788 pesos, dólares, lecop, billetes chilenos por 7 mil pesos, tres cheques por 291,42 pesos, un maletín lleno de monedas y una caja de cartón con cheques, billetes y monedas.

Con respecto a De Vigili, el 8 de enero de 2002 una llamada de una mujer a la Seccional Segunda alertaba que tenía intenciones de fugarse del hospital con ayuda del exterior, por lo que se le pusieron esposas en la cama, considerándolo de extrema peligrosidad.

El 7 de abril de 2003 fue condenado a 9 años de prisión como coautor penalmente responsable del hecho y el 27 de julio de 2006 el juez Martín Montenovo le concedió la libertad condicional en forma excepcional.

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