Tarjeta de Colectivo, Mordrith, Nuria y Periplo: cuatro universos que laten en KokoFest II

La segunda edición de KokoFest se realizará este sábado y domingo de 16:00 a 21:00 en el CIP "Francisco Porrúa". En esta cuarta entrega, la escena se amplía con cuatro propuestas que tensionan lo íntimo, lo artesanal, lo orgánico y lo macabro dentro del entramado gráfico local.

KokoFest II no es solo un evento de ilustración: es un recorte del momento que atraviesa la producción visual independiente en la ciudad. A lo largo de esta cobertura fueron apareciendo búsquedas distintas, procesos técnicos diversos y formas personales de entender la autogestión. En esta última entrega, el foco se concentra en cuatro artistas que terminan de completar ese mapa.

Tarjeta de Colectivo trabaja desde la narrativa íntima y la construcción de atmósferas melancólicas donde el color y la textura son centrales. Su universo parte de lo cotidiano, de escenas reconocibles, pero las desplaza hacia una sensibilidad vulnerable que encuentra en los fanzines y cuadernos un formato coherente con su búsqueda.

Periplo, el proyecto de Mariana Belardinelli, encarna la dimensión más material y visceral del hacer artístico: muñecos textiles, procesos manuales extensos, deformaciones oníricas y una impronta que dialoga con el horror, lo crudo y lo caricaturesco. Su recorrido mezcla arte, necesidad económica y autogestión como forma concreta de sostener una práctica vital.

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Nuria Bolzán, en cambio, propone una pausa. Su trabajo se apoya en el retrato, en la observación atenta de rostros, manos y elementos orgánicos, y en la migración de la obra hacia soportes como la encuadernación artesanal y la papelería de edición limitada. Hay en su propuesta una defensa del detalle, del gesto controlado y del tiempo como valor.

En el extremo opuesto, Mordrith instala lo macabro como núcleo conceptual. Sus figuras deformadas, sus arquitecturas inquietantes y la insistencia simbólica en ciertos rasgos construyen un universo donde la monstruosidad funciona como espejo emocional y social. En un contexto compartido, su obra no busca suavizarse: apuesta al contraste y a la incomodidad como activadores de reflexión.

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En conjunto, estas cuatro propuestas no solo amplían el espectro estético del festival: evidencian que la segunda edición de KokoFest consolida un espacio donde conviven lo artesanal y lo digital, lo introspectivo y lo colectivo, lo luminoso y lo perturbador. Este sábado y domingo, de 16:00 a 21:00, el CIP Centro de Información Pública Francisco Porrúa volverá a convertirse en escenario de ese cruce.

TARJETA DE COLECTIVO: NARRAR LO INTIMO DESDE LA GRAFICA INDEPENDIENTE

Tarjeta de Colectivo vuelve a presentarse con nuevos fanzines y una identidad cada vez más definida. Su proyecto, atravesado por la autobiografía, el color y la melancolía cotidiana, consolida un recorrido que pasó de lo digital a la materialidad y de la práctica íntima a la construcción de comunidad.

Tarjeta de Colectivo no nació como una marca estratégica ni como un concepto cerrado. “No es más que el nombre que decidí darme como artista”, explica a El Patagónico. La elección tuvo algo de humor y algo de libertad: “Me gustó porque me dio risa, porque nadie más lo estaba usando así y eso me da completa libertad para poder darle la estética que quiera”.

El proyecto, sin embargo, viene de mucho antes. “Está vigente hace muchos años, solo que con diferentes nombres; este es el más reciente y el que más significado tiene desde que salí de lo digital y decidí participar en eventos con cosas hechas por mí”. Ese pasaje es clave: abandonar la circulación exclusivamente online para habitar el espacio físico de las ferias marcó un punto de inflexión en su recorrido.

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La dimensión narrativa de su trabajo tampoco es reciente. “Desde muy chica estuve interesada en contar historias”. Al principio eran relatos más inventados, pero con el tiempo el eje cambió: “Me sentí mucho más identificada con la idea de crear escenarios apegados a mi realidad, pero con un toque melancólico”. Esa atmósfera no es azarosa: la construye “mediante la iluminación o las paletas de colores” y se sostiene en una búsqueda consciente por “apuntar a la cotidianidad, a cosas o momentos que uno vive siempre y darles alguna vuelta que los haga más visibles”.

Su formación fue “casi completamente autodidacta”. Siempre prefirió “hacer las cosas sola, aprender a mi ritmo”, aunque hoy reconoce una necesidad distinta: “Me gustaría empezar a conocer gente con la cual compartir las cosas que he aprendido y poder también aprender más a través de experiencias con otras personas; creo que esa sería una experiencia clave y muy importante para mí en mi crecimiento como artista y como persona”. La comunidad aparece, entonces, no solo como entorno sino como horizonte.

Si bien reconoce que su lenguaje visual “no está del todo definido todavía”, identifica con claridad dos pilares: “Está mayormente basado en el color y las texturas visuales/táctiles, siendo que son dos partes que tienen mucha importancia para mí al momento de pintar o dibujar algo”. En esa combinación se construyen sus personajes y escenas, donde la atmósfera pesa tanto como la línea.

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Su llegada a KokoFest se dio casi por azar. “Me enteré poco antes de su primera edición mediante una amiga que participó. Logré conseguir un lugar y fue una experiencia que disfruté muchísimo”. Ese primer contacto funcionó como validación: “Estaba recién comenzando como artista feriante y participar de la KokoFest me hizo ver que había gente interesada en mi trabajo como ilustradora, y que había muchos más ilustradores cerca mío de los que pensaba”. El descubrimiento de esa red fue decisivo: “Me hizo sentir muy acompañada y muy feliz porque era algo que nunca me había pasado”.

En el contacto directo con el público encuentra uno de los motores más fuertes. “Siempre procuro, mediante mi cuaderno de muestra y mis fanzines, compartir mi visión del mundo, mis pensamientos; me gusta mostrarme de cierta manera vulnerable”. Y esa exposición encuentra eco: disfruta “escuchar de algunas personas que se identifican con mis fanzines” o ver cómo el público “se toma el tiempo de hojear y comentar”. Aunque aclara que el intercambio no modifica directamente su producción, sí impacta en su dimensión personal: “Tener contacto directo con el público… es algo que me genera mucho bienestar”.

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El valor colectivo del festival es otro de los ejes que subraya. “Creo que lo que más aprecio es la ayuda entre feriantes: compartirse data de lugares donde conseguir materiales, comprar merch entre ellos, hacer canjes, compartir publicaciones”. Esa circulación horizontal es, para ella, el verdadero sostén de la autogestión: “Es justamente lo que nos hace circular como artistas: recomendarnos entre nosotros, compartir nuestro trabajo, hacer eventos, compartir información necesaria; es lo que más me ha servido para crecer como lo hice desde la primera edición del festival”.

Para esta segunda edición, sus expectativas son claras y coherentes con su identidad: “Que me lean, que comenten si quieren, que puedan sentirse identificados con los nuevos fanzines que tengo para llevar… y que se lleven lo que les guste”. La apuesta sigue siendo la misma: narrar desde la vulnerabilidad y confiar en que alguien, del otro lado, se reconozca.

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Mirando hacia atrás, identifica una transformación central: “La mayor transformación que atravesó mi obra fue cuando empecé a poner algo de mí en ella, cuando dejé de tratarla como un hobby y tuve la intención de hacer cosas en las que pudiera verme una vez estén terminadas”. Esa decisión abrió nuevas búsquedas: empezó a probar “cosas más fuera de la ilustración digital, como la pintura o la escritura”, dos procesos que quiere profundizar y que comenzarán a verse en esta KokoFest II.

Tarjeta de Colectivo ya no es solo un nombre que le dio risa. Es el espacio donde la autobiografía, el color y la comunidad se entrelazan para construir una narrativa propia que, edición tras edición, encuentra cada vez más lectores.

PERIPLO: EL VIAJE ARTESANAL HACIA LO CRUDO Y LO NECESARIO

Mariana Belardinelli presentará su universo Periplo: muñecos articulados, ilustraciones y procesos profundamente manuales donde lo horroroso, lo caricaturesco y lo expresivo conviven como identidad. “Siempre dibujé de chica y siempre me gustó mucho lo manual”, cuenta a El Patagónico. El hacer con las manos fue una constante antes incluso de tener herramientas. El primer punto de quiebre llegó a los 18 años, cuando vivía en Buenos Aires y recibió de regalo un “kit más elevado”: acrílicos, espátulas, pinceles, mejores lápices. Ahí empezó a pintar. Pero el verdadero giro identitario ocurrió cuando comenzó a hacer muñecos de tela.

“Todos los dibujos empezaron a salir a partir de los muñecos”, explica. Fue en ese cruce donde Periplo empezó a consolidarse. Los primeros muñecos eran distintos a los actuales. Hoy trabaja piezas articuladas, con mayor complejidad estructural, pero en aquella etapa todo era absolutamente manual: “Trabajo ultra mega artesanal, porque no tenía ni máquina de coser”. Costuras a mano, producción casera, venta ambulante en Buenos Aires, luego ferias estables en Bahía Blanca. Periplo no nació como marca planificada: fue construyéndose en movimiento.

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La estética que sostiene su obra tiene un pulso claro. “Soy muy amante del horror y de lo crudo”, afirma. Le interesan el impacto, las texturas, los colores que sostienen la mirada. Quiere que quien observe se quede, descubra capas, mimetizaciones. En un inicio estuvo muy influenciada por Tim Burton, pero también por el imaginario popular de Disney y lo que tenía al alcance. Más tarde, al estudiar Realización y Producción Audiovisual en Buenos Aires, comenzó a nutrirse intensamente del consumo artístico: museos, exposiciones, historia del arte. “Siempre consumo arte, siempre que puedo voy a ver algo”, dice. La necesidad es vital, casi terapéutica.

Esa palabra —necesidad— aparece reiteradamente. Crear no es un hobby: es impulso. “Lo hago como necesidad”. También fue, desde joven, una estrategia de supervivencia. Cuando necesitaba dinero empezó a preguntarse: “¿Esto lo puedo vender?”. Hacía muñecos pequeños, prendedores, piezas accesibles. Hoy, como madre soltera de dos hijos, el trabajo autogestivo “me salva las papas muchísimas veces”. La independencia no es solo elección estética, es estructura de vida.

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Su proceso creativo no responde a planes rígidos. “No soy de planear tanto”. Parte de una idea mínima, volada, y deja que la pieza se construya en el hacer. Esa espontaneidad explica la deformación, lo onírico, lo caricaturesco. Lo expresivo prima sobre lo académico. Y el proceso importa tanto como el resultado: “A veces es hasta más interesante que el trabajo final”. Los muñecos atraviesan múltiples etapas: costura manual, ensamblado, aplicación de detalles, pintura del rostro, unión de piezas, colocación de articulaciones. Son días de trabajo y decisiones acumuladas. Industrializarlos sería casi imposible; su potencia está en lo manual.

Esa dimensión procesual también se traslada a su espacio propio: Casa Rara. Allí no solo vende, también organiza trueques, talleres y encuentros. Su idea es consolidar un mini showroom de arte y artesanía, un lugar donde se pueda comprar un objeto único pero también conversar, intercambiar, despejar la mente. Lo define como “pura resistencia”. En un contexto saturado por redes, noticias y sobreinformación, propone un espacio tangible de encuentro. “Venir a hacer un taller o a truequear, a tomar unos mates, a charlar de arte… es wow”.

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KokoFest encaja naturalmente en esa lógica. Los festivales amplían el público, generan circulación y permiten conectar con personas que esperan este tipo de propuestas. Para ella, compartir es central: compartir materiales, experiencias, arte. Incluso proyecta junto a Gio —organizador de KokoFest— futuras ferias con un perfil más artesanal, menos orientado a la merch masiva y más enfocado en la ilustración como obra.

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Periplo es, literalmente, un viaje. Un recorrido que empezó con manualidades infantiles, atravesó la venta ambulante, las ferias, la maternidad y la autogestión, y que hoy sostiene una identidad clara: criaturas crudas, expresivas, intensamente hechas a mano. En KokoFest II, Mariana no solo exhibe objetos; exhibe procesos, resistencia y la convicción de que el arte —cuando es necesidad— siempre encuentra la forma de existir.

MORDRITH: CRIATURAS QUE DEVUELVEN LA MIRADA

Mordrith presentará una serie atravesada por la monstruosidad como espejo social. Su obra, profundamente simbólica y oscura, asume la incomodidad como motor y entiende el dibujo como un ritual de materialización de aquello que habita en la sombra.

El vínculo de Mordrith con el dibujo no comenzó como entretenimiento. “Mi vínculo con el dibujo comenzó entre los 3 y 4 años. Dibujar nunca fue un pasatiempo para mí, sino que fue mi forma natural de procesar el mundo y de expresar mis sentimientos”. Desde esa infancia, el dibujo operó como lenguaje primario, como herramienta psíquica antes que como disciplina artística.

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Lo macabro, sin embargo, no estuvo desde el inicio. “Apareció mucho después, recién en 2019. Fue un punto de inflexión personal”. El acercamiento a la cultura gótica, al terror psicológico y a ciertas producciones audiovisuales no funcionó como simple influencia estética, sino como revelación identitaria: “Más que una influencia externa, fue un reconocimiento interno, como ver que eso era un espejo de mis propias sombras”. A partir de ese momento, el dibujo dejó de ser representación y pasó a ser rito: “Empecé a entenderlo como un ritual de materialización, una forma de traer al plano físico aquello que habitaba en mi mente y en mi inconsciente”. Lo macabro dejó de ser temática para convertirse en núcleo.

Durante años fue completamente autodidacta. “Dibujaba de manera intuitiva, sin reglas, sin técnica académica, guiado únicamente por la necesidad de crear”, incluso buscando libros en bibliotecas cuando no vivía en Comodoro. Esa etapa le permitió consolidar una voz sin condicionamientos formales. Entre 2021 y 2024 cursó el Profesorado de Artes Visuales en el ISFD 806, experiencia que redefinió su construcción conceptual: incorporó técnica, narrativa visual y conciencia simbólica. “La formación académica no apagó mi mundo macabro. Pasó todo lo contrario”. Sus docentes no intentaron suavizar su estética, sino fortalecerla argumentalmente. “El artista que soy hoy existe gracias al equilibrio entre la intuición autodidacta y la estructura que me dieron esas increíbles personas”.

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Sus referentes dialogan directamente con esa síntesis entre belleza y oscuridad. Cita a Tim Burton y Guillermo del Toro como influencias tempranas: “Logran fusionar lo macabro con lo tierno, encontrar belleza en lo monstruoso y humanidad en lo grotesco”. Más recientemente se incorporó con fuerza Robert Eggers por su trabajo con el terror folklórico y lo ritual. En literatura, la tradición gótica modeló su construcción atmosférica; en artes visuales, las Pinturas Negras de Francisco de Goya le enseñaron que el arte puede ser “incómodo y necesario al mismo tiempo”. Y en términos formales, la crudeza neoexpresionista de Jean-Michel Basquiat transformó su relación con la línea y la imperfección.

La repetición es una estrategia consciente. “Trabajo mucho la textura lineal, los cuerpos amorfos, las arquitecturas irreales, pero especialmente los ojos”. Todos sus personajes poseen ojos grandes, desproporcionados, intensos. “Los ojos son la puerta al alma, pero también el lugar de la exposición”. Cada mirada encarna un estado distinto: vacío, dolor, ironía, malicia. “La repetición no es redundancia, es insistencia simbólica. Es 100% intencional”. Así construye un universo coherente donde cada criatura pertenece al mismo mundo, aunque cargue historias diferentes.

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En KokoFest II no piensa suavizar su imaginario. “No busco ni buscaré suavizar mi obra para que encaje, sino sostenerla con más fuerza”. En un festival donde conviven propuestas luminosas y delicadas, le interesa la fricción. Imagina su mesa como “una pequeña grieta dentro del espacio”, un rincón donde lo inquietante respire. Esa tensión entre el ruido del evento y la densidad introspectiva de sus piezas le resulta productiva: “En medio del caos del festival, mis obras funcionan como pausas incómodas, como pequeños silencios visuales”.

Para esta edición trabajó una serie inspirada en producciones como Nosferatu de Robert Eggers, el Frankenstein de Guillermo del Toro, The Beauty de Ryan Murphy y musicalmente en Mayhem de Lady Gaga y la discografía de Bauhaus. El hilo conceptual es claro: “La monstruosidad como espejo social”. Lo que se nombra como monstruo —explica— suele ser aquello que desborda la norma. Sus figuras evidencian “deseo, dolor, violencia, fragilidad”: el monstruo como metáfora de la condición humana.

Durante mucho tiempo sintió que no pertenecía a la escena local, donde predominan estéticas “brillantes, delicadas o tiernas”. Con el tiempo comprendió que ese desajuste era precisamente su lugar. “Lo macabro no es lo opuesto a la belleza. Es su contraparte necesaria”. Para él, negar la sombra no la elimina, solo la intensifica. Su obra propone mirarla de frente.

Respecto al efecto buscado, es contundente: “Siempre digo que busco incomodar al que está cómodo”. No le interesa provocar una emoción específica, sino movimiento interno. Si alguien siente rechazo, curiosidad o perturbación, el proceso ya comenzó. “No ofrezco respuestas. Ofrezco espejos”.

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El pasaje del entorno digital al espacio físico es decisivo. “En el espacio físico la obra adquiere cuerpo. Se perciben las texturas, la densidad del negro, el desgaste del papel”. La experiencia se vuelve más intensa, más cercana, casi invasiva. Y sacar su trabajo del nicho del terror permite ampliar la lectura: personas que no consumirían arte oscuro en redes pueden encontrarse con él en otro contexto.

En una ciudad donde el circuito tradicional suele privilegiar paisajes o estéticas más convencionales, considera que los espacios autogestivos son fundamentales. Permiten visibilidad y validación para quienes trabajan lenguajes no normativos. “KokoFest permite darle voz a quienes salimos de esa norma”.

Si alguien se cruza por primera vez con su obra, no espera aprobación. “Me gustaría que se lleven una imagen persistente, casi incómoda, de esas que no se disuelven fácilmente”. Que horas después todavía recuerden esos ojos. “No busco agradar, busco resonar”.

Mirando su recorrido, identifica una transformación central: la aceptación de la imperfección. “Antes veía errores; hoy veo identidad”. Dejó de perseguir la prolijidad académica para buscar verdad. Y tiene claridad en la dirección de su trabajo: “Cada vez hay menos miedo a ser oscuro, y más claridad en por qué lo soy y por qué busco mostrarle esto al mundo y a la ciudad de Comodoro Rivadavia”.

NURIA: LA PAUSA COMO FORMA DE MIRAR

Nuria Bolzán presenta una obra atravesada por el retrato, la observación atenta y la migración de la imagen hacia soportes artesanales. Su práctica, sostenida entre la formación académica y la contemplación cotidiana, propone detenerse en el gesto y el detalle.

El vínculo de Nuria con las artes visuales no nació como decisión programada. “Fue una suerte de encuentro, sin premeditarlo y sin buscarlo”. Las primeras imágenes que recuerda no son propias, sino familiares: paisajes, flores y animales dibujados por su madre; rostros trazados por su abuela Inés; una reproducción de un cuadro de Pierre-Auguste Renoir comprada sin saber quién era el autor. “Puedo sentir la fascinación que tenía por esas imágenes”. Esa fascinación fue el punto de partida.

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Se inscribió en la Escuela de Arte “por curiosidad y casualidad”. Desde entonces, su vida quedó ligada a la práctica artística. Su formación fue inicialmente formal: comenzó la Tecnicatura Artística Profesional en Dibujo en el ISFD 806, luego se recibió como profesora en Artes Visuales en 2008, completó la Licenciatura en Artes Visuales en la Universidad del Litoral y actualmente finaliza una Especialización en Producción de Textos Críticos y Difusión Mediática de las Artes en la Universidad Nacional de las Artes. Paralelamente realizó talleres y seminarios con artistas e historiadores.

Para ella, estudiar artes no fue solo incorporar técnica, sino “abrir una forma de habitar el mundo”. La formación le permitió ampliar su mirada: “Hoy puedo desde lo cotidiano observar la belleza que se desprende de cosas sencillas y pequeñas”. Las sombras dentro de otras sombras, las formas en los grupos de hojas, el gesto detenido en un rostro. Esa observación sensible atraviesa toda su producción.

El retrato ocupa un lugar central. “Creo que el rostro conserva toda la esencia de la persona”. Cada rasgo carga una historia emotiva y vivencial. “El retrato es identidad pura y neta en una imagen, el retrato es poder”. Esa potencia explica su persistencia histórica y su permanencia en su obra. Le interesa la infinitud de formas y gestos: “Es algo que me resulta maravilloso, enorme, hermoso”.

Su universo dialoga también con el cuerpo, las manos, lo vegetal, lo orgánico. En KokoFest II esos ejes migran a nuevos soportes: encuadernación y papelería artesanal. Si bien ya trabajaba en encuadernación, no había trasladado su obra personal a ese oficio hasta el surgimiento del festival. “Al hacer transitar la obra a otros soportes hay que negociar qué partes van a prevalecer sin que pierda el sentido que propone”. Esa negociación permite, además, ampliar el acceso: objetos funcionales que sostienen la esencia de la imagen.

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En esta edición presenta una serie de cuadernos artesanales de edición limitada —20 piezas por diseño—, cuadernos anillados con dibujos propios acompañados de frases, y postales con reproducciones de obras. Estas imágenes representan su etapa actual: “He encontrado una especie de refugio en la observación de mi entorno”. Rostros, manos, vegetación y la condición humana en relación con el territorio que habita.

El dibujo, en su práctica, es constante y cotidiano. Lleva años trabajando en cuadernos de bocetos. Muchos dibujos quedan en esbozo. “Hay gestos que busco, que persigo, que se me escapan”. El error forma parte del proceso y no fue sencillo aceptarlo. “Fue un proceso interno largo y de mucho silencio”. Hoy dedica tiempo al detalle, al pulido técnico, al gesto casi obsesivo de una sombra lograda. El dibujo le aporta “manejo y decisión consciente”. Cuando una imagen “resuena o pide migración a otro soporte”, aparece la pintura y con ella otros gestos.

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En el contexto del festival, su propuesta aporta una estética “simple y cuidada, con detalles y pausas visuales”. Muchas veces la imagen es una sola, sin sobrecarga, invitando a detenerse en ese gesto preciso. Parte del público —dice— logra reconocerse en esas escenas cotidianas o en las leves torsiones surrealistas que propone.

Mostrar obra en un espacio físico le permite observar la recepción auténtica. Aprecia la libertad del espectador: puede detenerse o no, sin rituales impuestos. Le interesa “despojar la sacralidad” que históricamente rodea la contemplación artística. El encuentro directo, corporal, sin mediaciones digitales, genera una verdad que no se replica en redes.

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Sobre el valor de los espacios autogestivos es clara: son esenciales para visibilizar procesos diversos. Funcionan como un “termómetro” de la producción contemporánea, habilitan autonomía y circulación fuera de lógicas estrictamente comerciales. Son encuentros “como un concierto en vivo”: artista y obra expuestos sin filtros.

Si alguien se detiene por primera vez frente a su trabajo, desea transmitir algo concreto: “La pausa consciente y voluntaria sobre los detalles de lo cotidiano”. Esa pausa es el núcleo de su propuesta.

Mirando su trayectoria, reconoce transformaciones en técnica y pensamiento. “El arte es trabajo”, recuerda haber leído en un paredón de la Facultad de Artes de La Plata. Estudio, error, espera, inversión de tiempo y esfuerzo: ese es el proceso real. El arte no le debe nada; al contrario, siente que ella le debe a él. Ha aprendido a practicar sin presiones, sin la exigencia de vivir del arte, pero con la certeza de que no puede vivir sin él.

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