Por Juan Manuel Diez Tetamanti
Parte 1
El mar nos impone un misterio implacable. Una barrera entre el espacio que habitamos y una no-atmosfera hostil. Un mundo oscurecido verde y de ecos aplacados. Literalmente otro planeta. Nadar nos invita a transitar ese límite, la frontera infinita entre la inmensidad del aire y el agua. Cada movimiento es una sístole y diástole entre la vida que penetra en la fuerza, y la muerte del reposo. Un instante suministrado de cada mundo repetidas veces: aire, agua; arriba, abajo; cielo, fondo; expresión, retrosprección... Creando así un mantra a veces alucinógeno.
Hace exactamente dos años nos habíamos propuesto con dos amigos, Pablo Maccari y Andrés Moreno, unir Comodoro Rivadavia con Caleta Olivia nadando. El proyecto nos había llevado un año de planificación, muchísimo entrenamiento, más psíquico que deportivo y un intento truncado que nos llevó a unas semanas después, poner en práctica lo aprendido para lograr en dos días, nadar más de 60 kilómetros en las frías aguas del Mar Argentino.
Esa expedición nos invitó a planificar nuevos trayectos. La Patagonia es, como casi todo nuestro país, un plano de exploración perfecto. El desafío de la escasez de agua y las condiciones climáticas, ponían a cualquier punto elegido para expedicionar en carácter de realizar una investigación previa para llevarla a cabo.
El Golfo San Jorge es el más grande de la Argentina. En su extremo norte se encuentra el Cabo Dos Bahías, que a su vez está en el extremo sur de la Bahía Camarones. Un sitio deseado por buceadores y prófugos de las multitudes. Desde ese cabo hacia el Noroeste, comienza una suerte de archipiélago de islas de menor altura, entre las cuales se encuentra la enigmática Isla Leones. En la parte más alta hay un faro abandonado, que funcionó entre 1917 y 1968, rodeado de una serie de edificios de servicio y vivienda; y dos ramales ferroviarios de trocha Decauville que servían para el transporte entre el faro y el mar. Ese era nuestro nuevo desafío.
LA PLANIFICACION
Durante 2019 nos dedicamos a un proceso de investigación profundo, entre lecturas de cuarterones, cartas topográficas y entrevistas a capitanes, marineros y atrevidos que manifestaban alguna vez haber pisado o visto (al menos) la Isla Leones. -¬"el mar es furioso en esa zona. Las corrientes cortan cabos gruesos y no hay modo de cruzar si no es a motor!"- nos repetían muchas de las voces.
Una de las particularidades de la Isla es que se encuentra dentro de Parque Interjurisdiccional Marino Costero de la Patagonia Austral, administrado por Parques Nacionales. El Parque tiene más de 104 mil hectáreas y se extiende entre el Cabo Dos Bahías y la Isla Quintano por más de 160 kilómetros. Pero curiosamente solo es accesible al público en un 3% de su extensión. Esto se debe a que hay muy pocos caminos habilitados para acceder a la costa y a que, uno de ellos, que llega hasta la Caleta Hornos (sitio histórico por Ley 4188 del Chubut) y Faro San Gregorio, fue cerrado ilegítimamente por el dueño de la estancia lindante (1).
El mar furioso y la clausura de caminos se sumaban a las dificultades de acceder a la Isla Leones. A esto, deberíamos agregarle la falta de agua potable y las distancias a recorrer. Estudiamos diversos puntos de posibles salidas. Así, desde bahía Arredondo, hasta el Cabo Dos Bahías trazamos decenas de trayectos posibles que sortearan estancieros, artilugios celosos del territorio y nos permitieran divisar la Isla.
Luego de varios viajes de exploración, en diciembre de 2020, logramos una aproximación por tierra, que nos convocó hasta la Bahía San Gregorio, ubicada unos 8 kilómetros al Noroeste de la Isla Leones. Desde allí entre la bruma espesa de divisaba el Faro.
Caleta Leones: "Advertencia... no debe tomarse más que de día, por la violencia del Canal Leones" -leímos en el Derrotero Argentino, libro base de navegación. La frase retumbaba en los planes a armar y desarmar. Que se enrollarían y desenrollarían por unos meses más