Julio tiene 43 años y siempre frecuenta la plaza de la Escuela 83. Allí suele pasar largas tardes mirando a los jóvenes jugar a la pelota y recordando aquellos tiempos en que solía divertirse de la misma manera.
Hace 30 años que vive en la calle y asegura que recuerda a cada una de las personas que lo han ayudado para que pueda vivir bajo un techo, algo que nunca logró por una simple razón: “una persona que se cría en la calle es muy difícil que después quiera estar encerrado. No lo aguanta. Hay algo que te hace quedar incómodo”.
Julio dejó su hogar cuando tenía 13 años porque se cansó del maltrato de su padre. De un día para el otro “agarre un buzo y me fui. No aguantaba más estar ahí”, confiesa.
Los primeros tiempos fueron duros. Había días que no tenía para comer, la policía lo perseguía y debía soportar los inviernos crudos de la ciudad. Pese a todo, sobrevivió. Sin embargo, no pudo escaparle a una adicción común en muchas personas que viven en situación de calle: el alcohol.
“Uno tiene que encontrar una manera de pasar las penas, pero se convierte en un problema cuando el cuerpo te lo pide todos los días. Es como si fuera comida”, explicó.
Su adicción lo llevó a pelearse con su hermana, le dejó un temblor permanente en su mano derecha y le hizo perder varias piezas dentales. Es que su alimentación se reduce a lo que pueda encontrar en los basureros frente a los restaurantes céntricos.
“Antes la gente era más humana, tiraba la basura en bolsas separadas. Ahora si le pueden tirar veneno, le tiran. Por eso uno tiene que ser bicho para buscar en las bolsas, sino te podes cortar con platos o botellas”, explicó sobre lo difícil que suele resultar alimentarse.
Por eso, como puede busca la forma de ganarse sus pesos vendiendo diarios o limpiando parabrisas.
Julio asegura que la vida le enseñó que el cartón es un buen amigo para pasar el frío cuando lo echan del Hospital Regional, y que un gesto de solidaridad a veces puede ayudar. “Hay gente muy buena en esta ciudad. Yo no me puedo quejar; me dan ropa, comida y eso a uno le gusta. Una vez un pibe me dio un abrazo. Eso fue lo más lindo que me pasó; que me dieran un abrazo y que me pregunte cómo estoy”, aseguró. “La gente es muy buena. A mí por ahí me da vergüenza, hasta me duele que sean tan buenos conmigo. Hay veces que prefiero que me rechacen. Pero siguen volviendo y eso duele porque saben que yo no voy a cambiar”, lamentó Julio.