En medio de empujones y agresiones, desalojaron a los estatales de la ruta

Un grupo de personas con rostros cubiertos golpeó e insultó a los estatales, principalmente docentes, que se encontraban en el cruce de las rutas 3 y 26. Llegaron en varias camionetas y les tiraron agua y latas. Hubo incluso gestos obscenos a las mujeres. Las víctimas resaltaron que no había resguardo policial y que la luz fue cortada para que no se pudiera grabar el ataque.

La crisis desatada por los atrasos en el pago de haberes a los empleados públicos se profundizó. Es que el conflicto no se limitó a la administración de Mariano Arcioni y los estatales, sino que en las últimas semanas empezó a afectar a otros actores, fundamentalmente por el corte de rutas en los accesos que llevan a los yacimientos petroleros.

La detención de dos dirigentes docentes el viernes 16 de agosto fue el preámbulo de lo que ocurrió ayer a la madrugada.

Mariel, quien pidió cambiar su nombre “por cuestiones de seguridad”, fue una de las docentes que –alrededor de las 3 de la mañana- sufrió el ataque de un grupo de personas.

En las primeras horas de la tarde del martes, Mariel y varios compañeros comenzaron a recibir mensajes que advertían que un grupo de trabajadores de la industria hidrocarburífera iría a “despejar la ruta en defensa de sus puestos laborales”.

Los mensajes fueron en aumento, a tal punto que se publicaron en las páginas de Facebook como “La Saladita en el Face”. Es por eso que muchos de los docentes decidieron volver a la ruta a la medianoche, teniendo en cuenta que los mensajes aducían que los operarios se dirigirían a las 3 para llevar a cabo “el operativo de desalojo”.

VIOLENCIA

Mariel estaba en su casa cuando se cortó la luz en gran parte de Comodoro, por lo que decidió cenar rápido y descansar para pasar una noche más en la ruta. Esa interrupción del servicio público fue un avance de lo que sucedería más tarde.

Eran las 00:20 cuando una compañera de la escuela la pasó a buscar y juntas partieron hacia la rotonda que conecta a Comodoro con Rada Tilly y Sarmiento.

Cuando bajaron, el frío les pegó en cara. Se saludaron y charlaron. Buscaban la forma de encontrar calor en una zona donde la brisa corta tanto como una máquina de afeitar. Las horas pasaban y los nervios comenzaban a incrementarse.

Todos sabían que a las 3 podría pasar algo. La única seguridad que tenían era que había decisión de resistir entre el puñado que allí estaba.

El reloj marcaba las 3:15 cuando una caravana de camionetas estacionó en las inmediaciones de la rotonda. El silencio se apoderó de la zona cuando se apagaron los motores de los vehículos que transportaron a los recién llegados. Uno detrás del otro, comenzaron a bajar de los rodados.

Los incidentes comenzaron a las 3:30 cuando empezaron a empujar y a arrojar algún que otro golpe a los que hacían piquete, la mayoría mujeres.

Los gritos fueron una constante en la zona. La gran mayoría actuó con la cara cubierta. El dirigente docente, Daniel Murphy, trataba de contener los ánimos y de que nadie saliera lastimado.

Entre los que llegaron a desalojar el acceso también había varios que pugnaban para que no hubiera violencia. Alguno llegó a gritar que lo estaban perjudicando porque si no subía al yacimiento, no cobraba.

Pero los estatales no se querían mover por las suyas, así que los que llegaron empezaron a tirar agua al grito “ahora vas a saber lo que es el frío”. Voló también alguna que otra lata.

Un grupo de mujeres lloraba de impotencia, mientras veían como tres encapuchados trataban de sacarle el mameluco a una docente. Una trabajadora intentó ayudarla pero otros la amenazaron y le señalaban sus genitales. El ataque cesó cuando otro de los violentos dijo “quilombos grosos”.

OSCURIDAD Y CORRIDAS

Hasta los medios de comunicación sufrieron alguna represalia. El cronista de El Patagónico, Adrián Flores, recibió una patada en la espalda mientras hacia su trabajo y ponía de manifiesto “cómo se liberaba la ruta”.

Cuando todos pensaban que el ataque se había terminado, se cortó la luz. La oscuridad generó más pánico y comenzaron las corridas. Mariel quedó desorientada y solo escuchaba gritos y llantos. En el medio de la noche, uno de sus compañeros la llevó a una camioneta y la resguardó.

Mariel y tres docentes más se fueron del lugar mientras escuchaban al menos cuatro disparos. Esa fue la señal para que comenzaran a pasar las camionetas de las empresas petroleras.

A todo esto, la Policía brilló por su ausencia, pese a que trascendió que en la escuela de suboficiales del barrio Stella Maris había un grupo especial, pertrechado para intervenir. Al menos para eso los habían convocado sus superiores, que dependen del jefe de la fuerza, Miguel Gómez.

Pero según los estatales, no se hizo presente ningún efectivo mientras ocurrían los incidentes. Nadie estaba ahí para protegerlos del ataque.

A esto hay que sumarle que los trabajadores no fueron recibidos en la comisaría de Rada Tilly para radicar la denuncia por la agresión sufrida.

Mariel llegó a su casa a las 5, pasada de frío y con pánico. Tomó un té para poder calmarse y ver si podía dormir un poco. No lo consiguió. Trató de no mirar sus redes sociales pero le fue imposible. En su cabeza aún no entendía cómo los posibles padres de sus alumnos le hubieran pegado e insultado cuando estaba reclamando por el pago en tiempo y forma de su salario. “Vayan a trabajar vagos”, escuchó Mariel una y otra vez.

“Pasaron por arriba nuestro. Sin ningún tipo de remordimientos. Somos los docentes de sus hijos y ni siquiera tuvieron compasión de las mujeres”, aseguró Mariel a este diario.

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