En primera persona: cómo se transita una posible Covid 19

Dolor de garganta, tos y fiebre son algunos de los síntomas que llevan a hacer un hisopado. Crónica desde el aislamiento a la espera del resultado del test.

Por J. A.O. (periodista de El Patagónico)

Hola. ¿Cómo están? Quizás no estén acostumbrados a que se los salude en una nota. Pero desde El Patagónico pensamos que esto puede servir para que todos tomemos conciencia –de una vez por todas- de lo que significa el coronavirus.

Mi nombre es Jorge Antonio Ojeda, trabajo en este diario hace casi cinco años y hoy estoy aislado por tener síntomas de COVID-19.

Todo comenzó el sábado 29 de agosto cuando me levanté con dolor de garganta. Pensé que no era nada. Se lo atribuí a mi trabajo en la radio. No le di mucha importancia. Las horas pasaron y el dolor no se iba. Me preocupé. Tomé un té para ver si me dolía más. No sentí grandes cambios. Tomé gaseosa bien fría para testear mi dolor. Nada fuera de lo normal.

Llegó la hora de la cena. El miedo (y mi ignorancia) estaban a prueba con la posible pérdida del gusto. Pero para mi sorpresa todo seguía bien. Me acosté. No podía dormir. Daba vueltas en la cama y le conté a mi novia que tenía miedo de haberme contagiado de Coronavirus. Ella me dijo que no me preocupara. Tuve pesadillas toda la noche. Es que mi mamá es paciente de riesgo y muchos compañeros de trabajo tienen familiares en esta condición.

El domingo me levanté temprano. El dolor de garganta se había ido pero le había dado lugar a una picazón que se mantiene hasta el día de hoy. Tuve una pequeña calma y pensé lo que a la mayoría de las personas se nos pasa por la cabeza en estos tiempos: “Es más psicológico que otra cosa”.

Sí, esa especie de herramienta que tenemos los argentinos para negar ciertas cosas por miedo. Todo esto se desmoronó cuando la tos comenzó a ser insoportable. Estuve más de dos horas tosiendo sin parar, lo que me llevó a llamar al Area Programática Sur.

Estuve más de media hora esperando que me atiendan. Sabía que las líneas estaban saturadas, pero mi impaciencia se hacía cada vez más grande. Luego de varios intentos, una trabajadora de la Salud me hizo una serie de preguntas que me tranquilizaron. Me dijo que vaya a la guardia en caso de que no pueda respirar o que sea un cuadro muy agudo y me pidió que me aisle durante unos días para evaluar mi caso. El domingo comenzó mi aislamiento obligatorio.

Desde el primer momento, traté de hacer mi vida normal para evitar que mi cabeza explotara. Les avisé a todos mis compañeros de trabajo con los que compartí una conferencia o cruce en la calle. Todos me brindaron su apoyo y aliento.

La primera noche del aislamiento también me costó dormirme y tuve fiebre por momentos.

El lunes decidí ir a una clínica privada para ver a un médico. Me tomaron los datos y me hicieron esperar en la guardia. Las horas pasaban y cada vez llegaban más pacientes con las mismas dudas. Un hombre sentado a un metro y medio mío intentaba darme charla. Yo le contesté con monosílabos. Los nervios no me dejaban decir otra cosa.

El miedo era intenso. Lo que más se me pasaba por la cabeza era haber contagiado a mi familia. La espera se hizo eterna. Estuve más de dos horas viendo que una pantalla dijera mi nombre. Pero para mí sorpresa dos médicos salieron de un pasillo y me llamaron a viva voz. Salté de la silla contento pensando que un médico me examinaría para luego evaluar si correspondía hisoparme. Nada de eso pasó.

Te hacen pasar de a dos personas. Mientras a una le toman los datos, a la otra la hisopan. Fui el primero en ser examinado. La sensación es horrible. Primero te toman muestras desde la boca, lo que genera ganas de vomitar (lo recuerdo al escribir esta nota y se repite la sensación). Luego se pasa al famoso “hisopo” donde volves a experimentar algo horrible, que no les recomiendo. Una vez realizado el hisopado, hay que firmar una serie de papeles para poder retirarte.

“Dentro de 72 horas, o una semana, vas a saber los resultados”. Ese el tiempo que me dijeron que tardaría en obtener una respuesta a mis estudios. Ahora me encuentro aislado en la casa de mi novia para no tener contacto con mi familia y mis compañeros de trabajo.

Debo pasar una semana por lo menos aislado, a la espera del resultado del examen. La picazón en la garganta no se va. No he vuelto a tener fiebre ni dolor de cabeza. Me siento más agotado que de costumbre, pero estimo que será debido al estrés que provoca la espera del testeo.

Veremos cómo despierto mañana. Por lo pronto, seguiré escribiendo estas crónicas para ayudar a generar conciencia. Nadie es inmune a este virus. Mucho menos en una ciudad tan grande pero, a la vez pequeña, como es Comodoro.

Hasta mañana.

Fuente:

Notas Relacionadas

Las Más Leídas del Patagónico