Esther Medina Muñoz: determinación y libertad

La "Galle", así la conocen en su lugar de trabajo. Hija única de madre soltera. No encaja en mandatos sociales. Por ello no elige la maternidad, le pelea al vértigo y planea nuevas cumbres junto a su pareja, que a la hora del ascenso es un compañero más.

"No elegimos dónde nacer, pero podemos elegir cómo vivir"
Carlos Blanco (Cerro 3 Picos)

De romántico o cuento de princesas nada. De hecho hizo karate desde chica y hasta su adolescencia y le gustan los ejercicios similares a los deportes de contacto como el tae-bo. Pero lo que más disfrutaba de su infancia eran las vacaciones cuando toda la familia se reunía en torno a las cumbres de Los Pirineos. En ese entorno ella era una más con la naturaleza.
Simpatizante del Real Madrid (porque nació en la capital española) Esther "La Galle" Medina Muñoz no encaja en moldes. No porque tenga algún impedimento físico o mental. Ella elije su propio molde. Ya sea postergando la maternidad e ir en contra de un mandato social. Hasta irse lejos de su país de origen para construir sus propios desafíos.
Determinación y libertad signan su vida, tal vez por ello sus horizontes estén dirigidos a las altas cumbres donde hasta el momento cuenta con su pareja como compañero de aventuras.
"Solo se vive una vez" repetirá la montañista a El Patagónico, y lo suyo no es una frase trillada o un recurso para quedar como una destacada en las redes sociales (estupidez muy habitual en estos días). Esa premisa ella la hizo vida, y lo sigue haciendo cada fin de semana largo o período de vacaciones cuando junto a Flavio planean nuevas cumbres, donde lo que vale es el proceso y no la cumbre en sí misma. Por ello, Esther tiene el éxito asegurado en cada salida, ya sea al Pico Salamanca (576 msnm) o al Marmolejo (6108 msnm en Chile sobre diciembre 2016 y que fue abortada por descompensación de cordada).
Esta es la historia de Esther Medina Muñoz, 35 años, montañista, geóloga y por sobre todas las cosas un alma libre.

CON UN HORIZONTE MAS ALLA DEL OCEANO

María Angeles y Esther, madre e hija. Esa era la familia. Y no por ello Esther dejó de proyectarse en grande. Ya de niña quería viajar y conocer el mundo. Por ello con el apoyo de su madre se recibió de geóloga en la Universidad de España. Ingresó a trabajar en Repsol YPF y cuando tuvo la posibilidad no lo desaprovechó y viajó a su nuevo destino: la capital petrolera de Argentina, donde reside desde hace poco más de 10 años.
Amante del mate amargo, conoció a Flavio y compartieron no solo el amor sino la pasión por el montañismo que se inició con pequeñas salidas por la geografía de Comodoro Rivadavia y los trekking por los senderos de la cordillera.
"Ya de chiquita sabía lo que quería hacer, y buscaba un trabajo que me permitiera conocer el mundo. Siempre lo tuve claro. Vengo de una familia con mujeres con carácter. Mi madre fue el modelo de determinación, dado que me crió en soledad y no por ello me puso condicionamientos. Todo lo contrario, me enseñó a ser libre y no ponerme límites, porque sabía de mis pasiones y confiaba en mi buen tino para llevarlas a cabo", apunta "La Galle".
De una ciudad enorme (Madrid) a una más pequeña en la Patagonia Argentina, Esther valoró el cambio "Vivo en un lugar con un entorno más relacionado con la naturaleza. Siempre fui amante de las actividades al aire libre, desde cuando con mi familia íbamos de vacaciones a los Pirineos", comenta.
El montañismo como tal lo empezó en 2004 cuando intentó junto a su pareja –Flavio Duplatt– y un amigo subir el volcán Lanín (3.747 msnm), pero en esa ocasión la cumbre no pudo concretarse.
"El tercer integrante venía desde Buenos Aires, y ya desde el primer día se sentía muy mal. Lo que llevó al guía a decidir que debíamos bajar. Pese a que el chico insistió en subir y cuando faltaba poco para la cumbre no pudo más".
Ni siquiera ese intento fallido caló en el alma de la madrileña. Esther destacó (y lo sigue haciendo) el proceso anterior al desafío y el desarrollo del mismo. Independientemente de lograr o no la cumbre.
"Si bien no hicimos cumbre, me encantó todo el recorrido, ya sea el observar el amanecer a medida que subíamos. Además, respondí muy bien físicamente y me gustó la parte técnica de la escalada. El hecho de salir de madrugada con las lámparas frontales y comenzar a subir... fue todo un momento mágico y con mucha adrenalina, que en mi persona tiene una particularidad porque le temo a las alturas", confesó, pero la pasión ya estaba en marcha.

VERTIGO, RIESGOS Y ELECCIONES

Es una fobia, y es psicológico, y a Esther le surge en especial cuando está enganchada a paredes verticales de hielo. Son momentos, en los cuales (a veces) les tiemblan las piernas y colgada piensa "¿qué estoy haciendo yo acá?".
"Yo enfrento ese miedo en la montaña. Y eso me ayuda a superarlo. A ganar confianza. Una de las últimas travesías fue en el Marmolejo (6108m) en Chile en diciembre 2016. Con paredes muy verticales. Pero contaba con buen equipo, igual en cierta parte te empiezan a temblar las piernas cuando estás enganchada con los crampones. Pero muchas opciones no tenés, porque en ese lugar tenés que salir por tu propia cuenta. Y eso te lleva a seguir adelante", graficó.
Otra de las inquietudes que surgen en su círculo de trabajo o amigos se relaciona con qué necesidad tiene de poner en riesgo su vida en lugares inhóspitos.
"Mi madre es la primera que me dice eso. Primero, uno nunca sabe cuándo va a llegar tu final. Y si no hacés lo que te gusta por ahí te mueres de cualquier cosa, menos de lo que sabías disfrutar. El montañismo tiene sus riesgos y hay que estar preparados para ello. Pero también tiene riesgo levantarse a la mañana y cruzarte un loco por la ruta. Lo importante es hacerlo con las medidas necesarias. Cuando son alturas importantes contratamos un guía", comentó.
Pensar en que es ella misma la que tiene que resolver en esos momentos de escalada. Y reflexionar que está allí por voluntad propia la ayuda mucho a seguir adelante.
En la última escalada, y a un día del ataque a la cumbre, uno de los chicos tuvo mal de altura y entró en pánico porque el año pasado en ese mismo lugar había fallecido una mujer. Y se tuvieron que bajar todos para no poner en riesgo la vida de los demás.
En el descenso Esther pagó el costo en su cuerpo por el roce del hielo en su rodilla izquierda. Así y todo ella es feliz.
"Efectivamente, necesitas mucha plata para subir una montaña de altura considerable. Y no solo disfrutas los 10 o 15 minutos de cumbre, sino todo el proceso que hiciste para ello. Y en ese caminar aprendés y disfrutás un montón".
No es la cumbre por la cumbre misma. Esther reconoce que un poco de ego hay en lo que hace. En realidad es un cúmulo de sensaciones. Pero lo mismo siente aquel que sale a vacacionar y tiende a ostentar los lugares que visitó. Entonces el disfrute no pasa por el desafío propio sino por la exhibición de la misma.

PAREJA Y COMPAÑERO DE AVENTURAS

"Es una suerte que mi pareja me acompañe en las travesías. Por ahí eso es una fortuna. Y que subamos más montañas es algo motivador incluso para que nosotros nos afiancemos como pareja", sostiene.
De romanticismo nada. Esther a la hora de encarar una cumbre ve en su pareja a un compañero de cordada, no al amor de su vida. Y en ese proceso elige ser práctica. En especial porque un error o una distracción puede tener un costo muy alto para cualquier miembro de la expedición.
"Es mi compañero, no hay nada de romántico. Los dos lo entendemos así. Hablamos mucho. Pero hay que ir a lo práctico: tú cocinas, yo armo la carpa. Cada uno con un rol", sentencia.
Esther es medida, lo suyo no es "pago y voy" lo que está llevando a montañas de la Argentina a convertirse en un centro turístico donde el dinero mata el espíritu de montañistas.
"Esta actividad tiene un contacto tremendo con la naturaleza, porque si bien estás acompañada a la vez estás sola. Disfruto momentos y me sirve para ir proyectando otros sueños. Disfruto la montaña y luego me pongo un reto: proyecto una montaña y voy y la subo. Y aunque alcance o no la cumbre yo ya logré mi objetivo. Y eso está bueno: prepararse para algo e ir a ejecutarlo", recalca.
Por ello, los domingos organizan salidas con gente que quieren recorrer los cerros aledaños. Y crearon una página web para difundir estas actividades: http://delapatagoniaalmundo.com/
Para 2018 tienen planificado el Aconcagua, pero Esther no asume desafíos en forma de "kamikaze".
"Antes de ello queremos probar varias cumbres que ronden los 6 mil metros. Más que nada para averiguar cómo responde el cuerpo. Porque la montaña siempre va a estar ahí. Y uno invierte muchísima plata y esfuerzo para no ir preparados. Si todo va bien cerramos el 2018 con un ascenso al Aconcagua. Es un desafío más, que obviamente no te va a cambiar la vida. A lo mejor te sirve para aclarar algo o tomar alguna decisión de importancia. Porque no sabés cuándo se va a terminar la vida, en mi trabajo el año pasado murió una compañera jovencísima por una enfermedad. Y otro compañero se jubiló y falleció al otro día. Nadie sabe la hora, entonces en base a ello y a mis condiciones uno tiene que tratar de llevar adelante lo que se propone. Tal vez yo siempre fui un poco rara. Pero nunca me vi siendo madre. De hecho muchas son por un mandato social. Recuerdo un compañero que pensaba que tenía 'problemas' por no querer ser madre, pensaba que era por ideología o por un tema de salud. Y cada vez son más las mujeres que se animan a decir 'no', es cuestión de animarse", concluyó Esther Muñoz Medina, un espíritu libre no solo en las altas cumbres que desde hace años decidió que sea el lugar para recibir cada año nuevo.

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