Con apenas 16 y 17 años, cuatro chicas irrumpen en la escena musical de Comodoro Rivadavia con una potencia que descolocó incluso a quienes creían conocer de memoria el circuito local. Llegaron sin pedir permiso, con una energía cruda y maravillosa, y con una convicción que parece nacida de muchos más años de ruta. Se llaman Huren y Guerrilleras, y en cuestión de meses pasaron de ser un proyecto adolescente a convertirse en una de las propuestas jóvenes más ruidosas, explosivas y genuinas de la ciudad.
La identidad del grupo se sostiene tanto en su sonido —una mezcla feroz de punk, heavy, grunge, new metal, pop, distorsión y covers ejecutados con la velocidad del vértigo— como en su filosofía, resumida en la frase que ya funciona como un grito de batalla: “tocamos lo que se nos recanta”.
Pero lo que realmente las distingue es la forma en que lograron abrirse camino en un ambiente que sigue marcado por la hegemonía masculina. En un territorio donde las mujeres suelen ser excepción, ellas avanzan con la obstinación de quien sabe que su sola presencia es, también, una forma de resistencia.
UNA AMISTAD, UNA IDEA Y UNA BUSQUEDA AGOTADORA
La historia de Huren y Guerrilleras comenzó mucho antes de que existiera una banda, un nombre o siquiera un primer ensayo. Todo empezó con una amistad: Ashley y Juliana, compañeras desde la primaria, crecieron juntas entre recreos, cuadernos y una complicidad que sobrevivió a los años. Ya en la adolescencia, mientras caminaban un día cualquiera, Ashley lanzó una frase que parecía un chiste, pero que terminaría marcándolo todo: “Che, Juli, ¿te parece si armamos una bandita?”
Ashley ya tocaba la guitarra desde los 13, con una mezcla de intuición, calle y práctica autodidacta. Juliana tenía presencia, oído y la seriedad suficiente como para sostener un proyecto. La idea las entusiasmó enseguida, pero lo que vino después fue un camino empinado: meses de intentar formar una banda que nunca lograba concretarse.
La búsqueda se volvió agotadora. Los primeros interesados eran, casi siempre, varones que aparecían con entusiasmo, iban a un ensayo… y desaparecían. O que llegaban con una actitud sobradora, listos para ocupar el centro incluso antes de aprender un tema. “No sé cómo explicarlo —dice Ashley—, pero muchos venían con una energía rara, como si nosotras no supiéramos nada y ellos fueran los que tenían que dirigir todo”. El patrón se repetía: promesas, faltazos, poca seriedad, comentarios incómodos. Y detrás de cada intento fallido, la sensación de que nunca iban a encontrar a las personas adecuadas.
La falta de una baterista fue especialmente frustrante. Ashley recuerda que un día, cansada, le dijo a Juliana: “¿Cuándo vamos a encontrar una baterista que sea una chica?”. La pregunta quedó flotando, casi como una revelación. Porque ahí entendieron algo que no habían dicho en voz alta: lo que querían —lo que necesitaban— era una banda formada por mujeres. No por una cuestión estética o militante, sino porque todos los obstáculos que estaban viviendo surgían del mismo lugar. La decisión, entonces, fue simple y contundente: solo chicas.
Armaron un flyer buscando guitarrista y baterista y lo subieron a redes. No esperaban demasiado, pero estaba claro que esa era la última apuesta antes de rendirse. Lo que no sabían era que la respuesta iba a llegar rápido y que, por primera vez, todo empezaría a ordenarse.
La primera en aparecer fue Luna, una conocida de Juliana desde la infancia. Venía de intentos frustrados de armar bandas, de proyectos que nunca pasaban del primer ensayo, y al ver el flyer sintió un impulso inmediato: “Esta es la mía”. Después, casi como si la historia quisiera equilibrar todos los sinsabores previos, llegó Avril: baterista autodidacta, hija de un músico, criada entre instrumentos, cuadernos de ritmos y tardes de música con su padre. Cuando Ashley la contactó, Avril hizo una sola pregunta: “¿Somos todas chicas?”. Cuando escuchó el “sí”, respondió sin dudar: “Listo, de una”. Ese intercambio, breve y sincero, marcó el comienzo de Huren y Guerrilleras.
EL PRIMER ENSAYO Y LA CERTEZA DE QUE ALGO HABIA NACIDO
El primer ensayo de Huren y Guerrilleras no fue una escena épica ni una postal de presentación perfecta. Más bien fue un torbellino de nervios, problemas técnicos y una sensación general de estar improvisando sobre la marcha. Se reunieron en una sala pequeña, fría y apenas equipada, en un día que ninguna recuerda con exactitud, pero que todas describen igual: “Fue un desastre… y al mismo tiempo fue increíble.”
Llegaron con la ansiedad mezclada con curiosidad. Ninguna sabía realmente cómo iba a sonar la otra. Ashley enchufó su guitarra “empanada”, Juliana afinó el bajo —hasta que se rompió una cuerda en uno de los primeros minutos—, Luna ajustó su guitarra con voz raspada después de días de no descansar bien, y Avril se sentó en la batería con esa mezcla de temple y electricidad que la caracteriza. “Yo estaba cagada de miedo, pero quería ya tocar algo, lo que sea”, recuerda Ashley.
La cuerda del bajo fue el primer imprevisto. Un chasquido seco, un silencio incómodo y la cara de Juliana que pasó del susto a la bronca contenida. “Pensé que ya estaba, que no íbamos a poder tocar nada”, dice ella. Pero enseguida alguien propuso seguir igual, probar como se pudiera, cambiar roles, improvisar. Ese gesto impulsivo fue una especie de declaración fundacional: seguir pese a todo. Ese día entendieron que la precariedad no era un obstáculo.
Cuando finalmente lograron empezar, el sonido fue áspero, desparejo, sucio. “Estábamos todas tocando distinto, cualquiera, un quilombo”, se ríe Luna al recordarlo. Pero en medio de ese caos apareció un destello, un instante mínimo en el que algo encajó: un acorde, un golpe de batería, una entrada justa. Lo describen como un momento físico, una vibración compartida. “Ahí sonó majestuoso”, dicen, aunque ninguna pueda explicar exactamente qué pasó.
Ese instante, breve como un parpadeo, les bastó para saberlo: eran una banda. No una idea, no un proyecto a medias, no un intento fallido como los que venían acumulando. Una banda de verdad. “Sentí que por fin había encontrado a las personas correctas”, recuerda Avril. Juliana agrega que fue como cambiar el aire en la sala: “De repente se sintió todo distinto. Como si esto fuera lo que tenía que pasar”.
Tocaron versiones desprolijas, mal coordinadas, con entradas adelantadas y finales truncos. Ashley improvisó gritos, Luna buscó acordes a ciegas, Juli se las con una guitarra luego de que se le rompiera la cuerda del bajo, y Avril marcó el pulso aunque nadie supiera bien en qué parte del tema estaban. A lo largo del ensayo, la mezcla de torpeza y excitación se transformó en complicidad. Se miraban, se reían, se frustraban, volvían a empezar. Pero no había silencio tenso, ni caras de fastidio, ni la sensación de estar esperando a alguien que no llegaría. Esa ausencia —tan presente en los meses anteriores— fue la señal definitiva de que estaban en el lugar correcto.
Cuando terminaron, agotadas y todavía con más dudas que certezas, hubo un momento de silencio y después una frase que selló el comienzo de la historia: “¿Cuándo nos volvemos a juntar?”. Ninguna lo dudó. Ese día, sin público, sin glamour, sin instrumentos en condiciones, nació lo que después explotaría en los escenarios: la química irrepetible entre cuatro pibas que, aunque no lo sabían, ya estaban haciendo su propia historia en su ciudad.
EL DEBUT: CAOS, MADRUGADA Y UN PUBLICO INESPERADO
El primer gran paso de Huren y Guerrilleras fue el show en Elementos, una fecha que terminó siendo más importante de lo que imaginaban. Llegaron al evento gracias a la invitación de Trendkill y al apoyo incondicional de Augusto, quien no solo las animó a tocar sino que además se ofreció para sumarlas a futuros festivales. Las chicas cuentan que ensayaron con una mezcla de miedo, emoción y obsesión: “Practicamos como locas, no queríamos quedar como unas boludas”, recuerda Ashley entre risas.
La lista de temas que prepararon para esa noche fue corta pero explosiva:
Tracklist – Elementos
- Take Me Away de Freaky Friday
- Jennifer’s Body de Hole
- Hitchin’ a Ride de Green Day
- Brackish de Kittie
- No tengo nada de Flemita
- Attitude de Misfits
- Muzzle de Detroy Boys
Pero nada salió de manera tranquila. El evento se retrasó varias horas, Juliana había estado sin voz toda la semana y Luna había llegado también con problemas en la voz y estuvo a punto de no poder cantar. La persona que iba a cubrirlas como vocalista invitada tuvo que irse antes de que subieran. “Ya era cualquier cosa, la presentación se hizo eterna”, dice Ashley. A la madrugada, parte del público original se había ido por la hora, ya que eran adolescentes y quedó un público heterogéneo que no había ido a verlas a ellas específicamente. Aun así, decidieron subir igual.
Avril se paró frente al micrófono, descalza como toca la batería, y sin pensarlo demasiado improvisó la frase que se convertiría en la identidad del grupo: —“Somos Huren y Guerrilleras… y tocamos lo que se nos recanta.”
“Ahí explotó todo”, recuerda Luna. Incluso quienes no las conocían se acercaron al escenario, comenzaron a poguear y a gritar “¡Vamos las pibas!”. Ese gesto, dicen, las sostuvo más que cualquier aplauso. “Fue como sentir que sí, que estábamos haciendo algo que valía la pena”, dice Avril.
El segundo show, en el evento Mujeres de la Patria, terminó de consolidar esa certeza. Llegaron más preparadas, más seguras y con una intro propia inspirada en Marilyn Manson. “Esta vez no nos temblaron las piernas”, cuenta Ashley. El público respondió desde el primer riff: hubo pogo, gritos, saltos y una energía que las sorprendió. “Ahí entendimos que la actitud estaba llegando”.
El cierre fue brutal: un tema rápido que ellas mismas describen como “el más power”. “Se repudrió todo”, dice Avril. Cuando bajaron del escenario, varias bandas y asistentes se acercaron a felicitarlas y a invitarlas a tocar en nuevas fechas. “Fue la primera vez que sentimos que éramos una banda de verdad”, dicen. Ambas noches, caóticas y luminosas a la vez, marcaron el nacimiento definitivo de Huren y Guerrilleras.
UN NOMBRE CON HISTORIA Y UNA FILOSOFIA POLITICA
El nombre Huren y Guerrilleras no surgió como un capricho adolescente ni como un gesto superficial de rebeldía: nació de una lectura que atravesó a Avril y que, desde el inicio, definió el ADN político y estético de la banda. Todo empezó cuando leyó Putas y Guerrilleras, el libro de Miriam Lewin y Olga Wornat que investiga la violencia sexual ejercida por el terrorismo de Estado durante la última sangrienta dictadura militar en Argentina. El texto, crudo y urgente, le dejó una marca inmediata: “Fue un libro que me pegó muchísimo”, cuenta Avril. La palabra putas, resignificada en el título, encendió algo en ella: la necesidad de que el proyecto musical no fuera solo una banda, sino también un espacio de resistencia y memoria.
Pero llevar ese nombre de manera literal podía traer problemas. Ashley lo explica: en redes sociales, flyers o convocatorias, la palabra putas podía ser bloqueada, censurada o malinterpretada. Así surgió la idea de traducirla al alemán: Huren. No fue solo una maniobra práctica, sino un gesto político: esconder el insulto en otro idioma para poder mostrarlo sin restricciones, amplificando su potencia y obligando a quien lo leyera a preguntarse qué significa. “Es una forma de decir lo mismo sin que nos bajen las publicaciones, pero igual es fuerte, igual te incomoda”, explica.
La segunda parte del nombre, Guerrilleras, también tiene peso propio. No está puesta como adorno ni como estética militante vacía: aparece como un reconocimiento a las mujeres que participaron de luchas históricas, oficiales o no, reconocidas o anónimas. En las charlas entre ellas, la palabra se volvió una forma de afirmación: un modo de ubicarse dentro de una genealogía de resistencia femenina que va desde las Madres y Abuelas hasta las pibas que hoy pelean por espacios en la música, en los escenarios, en la vida diaria. Para las Huren y Guerrilleras, la decisión era clara: “Ser mujer ya es un acto político y punk”, una declaración que se volvió una especie de consigna interna del grupo.
La filosofía política no queda solo en el nombre. También estructura la manera en que se relacionan, el tipo de espacios donde eligen tocar y las decisiones que tomaron desde el primer día. La primera regla fue contundente: solo mujeres en la banda. No nació como una consigna estratégica, sino como una reacción directa al destrato que vivieron durante meses cuando intentaban formar el grupo. Ensayos donde eran subestimadas, pibes que se iban sin avisar, otros que se posicionaban como líderes sin que nadie se los hubiera pedido. Frente a eso, fueron claras: “No queremos más varones diciéndonos qué hacer”. La frase terminó encapsulando una filosofía: si la banda existe es porque ellas decidieron crearse un espacio propio donde no tuvieran que pedir permiso.
Esa decisión también explica la emoción que sintió Avril cuando Ashley la contactó. Antes de aceptar la invitación, lo primero que preguntó fue: “¿Somos todas chicas?” y cuando escuchó el “sí”, no necesitó saber nada más: “Listo, de una”. Ese intercambio resume la importancia simbólica del proyecto: para ellas, tocar entre mujeres es un acto político, emocional y práctico a la vez. Les da seguridad, libertad y una confianza que —como repiten varias veces— jamás sintieron en espacios mixtos.
Incluso la búsqueda estética se articula con esa identidad. No intentan sonar como nadie ni adaptarse a una escena definida por varones; buscan lo que las represente. Por eso el repertorio mezcla punk, grunge, new metal y momentos melódicos: es una libertad estética sostenida en una libertad política.
En definitiva, Huren y Guerrilleras lleva en su nombre un manifiesto. No solo hablan de mujeres combatientes del pasado, sino del presente: adolescentes que ocuparon un espacio históricamente esquivo, que se abrieron paso en una escena hostil y que con cada show recuerdan que la rebeldía no siempre necesita discursos solemnes; a veces alcanza con decir una sola cosa con convicción, guitarra en mano: “Estamos acá y no pedimos permiso”.
FUTURO CARGADO DE FECHAS Y UNA INCERTIDUMBRE
Huren y Guerrilleras ya deja su marca en la escena local. No solo por lo que hacen en el escenario, sino por lo que representan: cuatro adolescentes que irrumpieron en un espacio históricamente dominado por varones y lo ocuparon con decisión, energía descontrolada y una convicción que desarma cualquier prejuicio. Allí donde antes recibieron destrato, indiferencia o condescendencia, ahora generan respeto, sorpresa y una especie de alivio generacional: hacía tiempo que no aparecía una banda que encendiera tanto entusiasmo entre las más jóvenes.
El impacto no es solo musical. Es emocional, político y social. Cada vez que se suben a un escenario —ya sea Elementos, Mujeres de la Patria o las fechas que se vienen— se activa algo que va más allá del pogo: las pibas se les acercan para decirles que quieren tocar, que quieren armar su banda, que por primera vez sienten que pueden. Ellas lo notan, lo reciben y lo agradecen. “Está bueno que vengan chicas a decirnos que ahora creen que pueden hacerlo”, cuentan. Y ese gesto, más que cualquier canción, es el verdadero corazón del fenómeno.
Lo que viene también las ilusiona y las asusta. Tienen varias fechas por delante: el festival organizado por Augusto y las bandas jóvenes; una presentación en Pato Pizza; la invitación especial de Crux Diablo y la posibilidad concreta de tocar en Caleta Olivia. Ensayan como pueden, en salas prestadas o improvisadas, porque saben que el verano va a ser intenso. Y mientras tanto, conviven con la incertidumbre de la posible mudanza de Ashley a Neuquén. Entre risas y dramatismo adolescente, ellas mismas dicen que “es como si se estuviera muriendo”, pero detrás de la broma late un miedo real: el de perder algo que recién empieza a florecer.
Aun así, la banda sigue apostando a lo inmediato, al presente, a cada ensayo y cada escenario como si fuera único. Y ahí radica su fuerza. No proyectan carreras a diez años ni sueñan con grandes contratos: sueñan con hacer ruido, con decir lo suyo, con tocar juntas mientras la vida se los permita. Esa honestidad es la que engancha al público.
Por eso, cuando vuelvan a subirse a un escenario y Ashley —o Avril o Luna o Juliana— grite otra vez “tocamos lo que se nos recanta”, no será solo una frase para desafiar al público. Será la afirmación de una identidad, el sello de una generación que encontró en la rebeldía, en la amistad y en la potencia de las mujeres una forma de existir. Un recordatorio de que a veces la revolución empieza así: con cuatro pibas, una batería que suena fuerte, una guitarra “empanada”, un bajo serio y la certeza de que nadie las va a callar.