Durante años, Leticia Brédice fue sinónimo de talento, intensidad y presencia escénica. Pero detrás de esa figura imponente convivía un recorrido personal marcado por una lucha silenciosa que casi le cuesta la vida. En una reciente entrevista, la actriz decidió revisar ese pasado, describiendo sin filtros cómo la adicción a las anfetaminas se convirtió en un espiral que la empujó a un estado físico y emocional límite.
Por lo pronto, el relato de Leticia Brédice sorprendió incluso a quienes conocían de cerca su carrera. La actriz recordó el momento en que su percepción corporal se distorsionó por completo: “La comida es una fuente de placer para todos, ¿pero qué pasa cuando se transforma en una fuente de problemas? Yo pesaba 40 kilos y me seguía viendo gorda”, relató en A la Tarde. Aquella frase sintetizó el abismo en el que había caído.
Y la situación se agravó todavía más cuando describió su vínculo con las anfetaminas, un consumo que comenzó como una herramienta para sostener la exigencia del medio artístico y terminó devorando su autoestima. “Quería seguir tomando anfetaminas. Es una adicción muy difícil de sacar, te quita la concentración, la autoestima. Empieza la mentira, le decís a todos que comés, la comida la tirás, muchas mujeres vomitan. Con las anfetaminas sufrí muchísimo tiempo, me parecía que era la solución para que yo trabaje y se valore mi vocación, mi talento, mi cara y mi cuerpo", confesó.
De este modo, Leticia Brédice expuso la raíz emocional del problema: la necesidad de cumplir mandatos ajenos, muchas veces crueles, que la alejaron de sí misma. “Pasó mucho tiempo hasta que pude entender que era mi salud mental, un vacío en el pecho, desear que me quieran por el afuera, no por mi alma, solo me importaba lo que veían los otros”, explicó, antes de remarcar que esos mandatos siguen vigentes incluso hoy: “Hoy veo mujeres de 40, 50 y 60 con cuerpos anoréxicos, cuerpos flaquísimos, no dentro del espectáculo, en cualquier lugar. Nenas con las rodillas chiquitititas, con el cuello delgadísimo. Empezás a esconderte y a enojarte con todos los demás. Es el mundo contra mí, es lo que demás quieren ver y lo que yo no soy”.
En ese punto de la charla, la actriz revisó los años más oscuros y el giro inesperado que le permitió empezar a recuperarse. “En los 90, si yo llegaba a decir esto era una vergüenza. Me acuerdo de que no se vendieron más porque mataron a muchas personas y no las pude conseguir más, gracias a Dios. El trastorno alimenticio que a mí me empezó a dar de ansiedad, de no conectarme, de no poder pensar, de no tener paciencia, no tener tolerancia, no ser yo, empezó a aflojar cuando no empezaron a haber anfetaminas, cuando empecé a ser yo. Y ahí me la tuve que bancar”, recordó, describiendo un proceso de reconstrucción que llevó años.
A esa presión externa se sumaban, según contó, comentarios que la herían incluso en su círculo más íntimo. “Y tenías que aguantar que un familiar te diga eso y te diga: ˜No te comas toda la pizza, o no comas todos los fideos, vamos, vos sos actriz...”, lamentó, dejando en claro que la exigencia estética llegaba desde todos los frentes.
Hoy, Leticia Brédice mira hacia atrás con distancia, con el alivio de haber escapado de una adicción que la estaba consumiendo y con la madurez de entender qué la llevó a ese punto. Su testimonio no solo expone el costo humano de los mandatos estéticos, sino que también ilumina un camino posible para quienes atraviesan batallas similares.