Morir con los botines puestos

En febrero de 1984, Huracán jugó la final del Regional con Cipolletti de Río Negro, en Bahía Blanca. Se trataba de un clásico de la región que marcaba un antes y un después. Y al “Globo” le tocó perder 2-1 sobre el epílogo.

Pero la historia detrás de la historia va más allá de lo meramente estadístico. En ese partido, Adrián Llesona tuvo que soportar durante los 90 minutos agresiones físicas de parte de la hinchada del equipo rionegrino.

El “Loco” pasó a ser un héroe para los suyos, por haber terminado en pie pese a que le abrieron la cabeza, pero muchos le recriminan el hecho de que no se tiró al suelo para que se suspendiera el partido y, tal vez, le dieran los puntos a Huracán.

“No quiero hablar del tema”, sentencia en principio, con gesto adusto, pero hace una pausa y se suelta. “He discutido con varias personas que realmente no tienen noción, ni sintieron lo que yo sentí, ni saben la ilusión que yo tenía de jugar un Nacional”, argumenta.

Simplemente, muchos no entienden que Llesona no quería dejar la cancha por sus compañeros. “Me han planteado cosas como que tenía que quedarme desmayado en el piso. Me tiraban con las bolitas de rulemán, con maderas, me rompieron acá (se toca la cabeza). Se me abrió una herida, pero yo estaba bien, no estaba mareado. No era que yo tenía que morirme, salir de la cancha y dejar al equipo, así que terminé en cancha”, remarca.

Asimismo, asegura que hasta la policía “colaboraba” con los hinchas para que le arrojen proyectiles al arquero de Huracán, a lo que el “Loco” respondió tirándole una madera a un efectivo.

“Desde el inicio del partido empezaron las agresiones, no es que justo a lo último me embocó ese vago, pero bueno, estaba la policía atrás y le alcanzaba las maderas a los hinchas. En un momento me di cuenta y se la puse en la panza al policía”, rememora. Tal vez Huracán hubiese jugado su cuarto Nacional si Llesona hacía lo que muchos esperaban: aprovecharse de la situación. Pero el “Loco” dejó el mejor ejemplo, demostrando coraje, fortaleza y humildad ante el salvajismo. Y eso, por más que le duela recordarlo, lo convierte en una verdadera leyenda.

“Lo que pasó es que perdimos 2 a 1 sobre la hora. Si yo me hubiese quedado tirado en el piso… Ellos (los que lo critican) no entienden que nosotros no podíamos bajar los brazos, no vivieron las cosas que vivimos nosotros, como que los hinchas muevan el colectivo en el que estábamos. Por eso me cuesta hablar de esto, porque parece que uno está llorando, pero en el fútbol no se llora”, asevera.

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