Ricardo Toro: el niño que jugaba con un piano y soñaba con sonidos imposibles

Nacido y criado entre los contrastes de Saavedra, la Escuela N°43 y la Escuela de Arte del puerto, Ricardo Toro encontró en el piano un territorio de juego, exploración y refugio. Desde los videos de Richard Clayderman que lo deslumbraron a los cinco años hasta sus primeras partituras inventadas y sus viajes para escuchar a Piazzolla, su formación estuvo marcada por la curiosidad, el asombro y un entorno que convirtió cada ruido en posibilidad musical. Antes de llegar a la universidad, su identidad artística ya había tomado forma.

Ricardo Toro nació y creció en el barrio Saavedra de Comodoro Rivadavia, un lugar que en los años ’80 —según recuerda en entrevista con El Patagónico— estaba “totalmente desconectado del resto”. Allí, entre calles de tierra y colectivos que pasaban cada tanto, comenzó una historia que hoy lo convierte en compositor, pianista y arreglador radicado en Buenos Aires.

Su acercamiento al piano no tuvo plan ni explicación racional. “No tengo idea cómo surgió. De repente dije de chiquito, a los tres o cuatro años: ‘quiero estudiar piano’”, cuenta. Su primera maestra fue Irma de Lobo, una vecina del barrio que daba clases. A los cinco años empezó a estudiar con ella y el piano se volvió su forma natural de jugar. “Mi mamá me escribía las notas porque yo no sabía escribir. Yo daba vueltas alrededor de la mesa y ella me preguntaba: ‘¿qué nota es esta?’… y así seguíamos. Para mí siempre fue un juego.”

Ese mundo lúdico estaba alimentado por imágenes que lo fascinaban. Entre risas, evoca uno de sus primeros recuerdos musicales: videos de Richard Clayderman con “un piano blanco y un caballo blanco”. “Yo flasheé. Dije: ‘quiero eso’. Eso era la música para mí”, afirma.

Si algo iba a acompañarlo toda la vida —y a definir su estética— eran los contrastes: silencios y explosiones, orden y caos, días feroces de viento y mañanas de calma absoluta. Lo descubrió primero escuchando música en casa, luego en la Escuela N°43 durante su primaria.

En su barrio no había discos, cassettes ni internet. Para escuchar a Piazzolla tenía que irse “hasta el 3”, a la casa de un amigo de su papá que tenía algunos vinilos. “Escuchaba ahí, volvía a casa y tocaba de memoria. Piazzolla escribía sencillo, te daba acordes y melodía. Después inventabas vos. Por eso hay tantas versiones distintas”, explica.

Pero también estaba Beethoven, Mozart, Led Zeppelin. “Todo era nuevo, no había jerarquías. Conseguir música era difícil, así que Beethoven y Piazzolla eran básicamente lo mismo: cosas nuevas para explorar”.

Entre esas exploraciones, un hallazgo aparentemente accidental lo marcaría para siempre: La Valkiria, de Wagner. La escuchaba sin saber qué era. Solo le gustaba el final, el contraste entre la cabalgata furiosa —popularizada en Apocalypse Now— y ese cierre dulce, íntimo. “Me marcó más ese contraste. Porque yo lo veía acá en Comodoro: un día de caos total (y pone de ejemplo el día de alerta roja que vivió Comodoro) y al siguiente un día tranquilo como hoy (el miércoles de la misma semana cuando se realizó esta entrevista)”.

Así comenzaba a formarse la sensibilidad que más tarde aplicaría a sus composiciones.

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LA ESCUELA DE ARTE DEL PUERTO: SU VERDADERA CASA

La adolescencia llegó con su carga de turbulencias. “Si no la pasás mal en la adolescencia, algo raro está pasando”, ironiza. Pero tuvo la suerte —dice— de caer en el lugar preciso: la Escuela de Arte, cuando aún funcionaba en el Puerto.

Era un espacio precario, frío, lleno de pasillos extraños, aulas deformes y pianos “desastrosos”. “Había tres pianos, uno peor que el otro. Yo venía de tener un buen piano en casa y uno digno con mi profesora… pero igual era hermoso. Pasaban cosas rarísimas”. Recuerda rendir un examen mientras le caía nieve sobre la carpeta: “La profe —Nieves— me dijo: ‘sentate acá’ y seguí escribiendo”.

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Allí aprendió a dibujar, a observar, a escuchar. “Nos obligaban a pasarla bien. Nos decían: ‘a los 18 esto se termina, disfrutá ahora’. Era muy difícil ser rebelde en un lugar donde te permitían ser rebelde”.

Entre anécdotas disparatadas —como ir vestido de saco y corbata a modo de gesto provocador o llevar en la carpeta la foto de un piloto de Malvinas— Toro comprende hoy que esos momentos construyeron su identidad artística: el humor, el caos, la sensibilidad por lo social, el ruido como material sonoro.

Incluso una experiencia infantil lo conectó más tarde con la guerra de Malvinas: un capítulo de Robotech donde una ciudad era destruida. “Sentí una cosa fea, un miedo oscuro. Después, en terapia, entendí que era el mismo miedo que generaba Malvinas. Ahí mi interés tomó forma”.

Mientras tocaba, también dibujaba, aunque —dice— había monstruos tan buenos en la Escuela de Arte que dejó el dibujo relegado. Aun así, ese cruce entre disciplinas le dio una comprensión espacial y visual que más tarde aplicaría en teatros, puestas en escena y conciertos.

El piano se volvió parte de su vida: lo estudiaba, lo jugaba y lo vivía. Pero, como él mismo reconoce, no sabía estudiar formalmente. Recién en la Escuela de Arte empezó a sentir que debía superarse. “Me di cuenta de que había llegado a un límite. Tenía que seguir creciendo.”

DE MENDOZA AL QUIBRE: DISCIPLINA, INTENSIDAD Y UNA CRISIS INESPERADA

La llegada de Ricardo Toro a Mendoza en 1996 representó un salto abrupto desde su formación en la Escuela de Arte hacia un espacio académico de altísima exigencia. Su motivación fue sencilla y contundente: Belén Moreno, una flautista de Comodoro, le había contado que allí enseñaba “un profesor cubano formado en el Conservatorio Tchaikovsky de Moscú”. Eso le alcanzó. Viajó, rindió y quedó seleccionado entre solo siete admitidos —de un total de 42— gracias a su energía y entusiasmo, más que por su técnica pulida. “Toqué horrible, pero estaba feliz”

En Mendoza descubrió un mundo disciplinado, competitivo y riguroso. Vivió en un contexto económico que facilitaba cierta estabilidad —“con 100 dólares por mes (época del 1 a 1) vivías”— y empezó a entender qué significaba realmente estudiar piano: horas de técnica, interpretación, análisis y trabajo físico sobre el instrumento. Sus compañeros eran talentosos y venían formados desde muy chicos. Eso, lejos de desmotivarlo, lo impulsó a mejorar.

Pero hacia los 21 años el proceso se quebró. “A todos los pianistas le agarra una crisis a esa edad”, dice en la entrevista. En su caso, la combinación de exigencia, autoexigencia y la sensación de no encontrar sentido desembocó en un estado depresivo que lo dejó sin entusiasmo. Rendía exámenes con diez, pero no disfrutaba nada. Sentía que el piano se había vuelto un peso en lugar de un motor. “Todo era automático”, describe

Ese bloqueo lo llevó a detenerse, volver a Comodoro durante las vacaciones y, sin plan claro, esperar. Hasta que recibió un llamado que cambiaría el rumbo.

VOLVER A COMODORO Y REECONTRARSE CON LA DOCENCIA

La invitación para cubrir un reemplazo en la Escuela 133 fue el punto de inflexión. “Fueron veinte días y me quedé”, recuerda. No quiso volver a Mendoza, y cuando entró al aula sintió algo que hacía tiempo no sentía: energía, curiosidad, ganas. La docencia le devolvió lo que el estudio académico le había quitado: el contacto directo con las personas, sus historias, sus motivaciones. En la 133 descubrió que podía leer a sus alumnos, comprender sus dificultades, ver talentos donde otros veían desinterés. “Ahí me di cuenta de que podía observar personas. Eso no lo aprendí como pianista: lo aprendí enseñando”.

Un año más tarde regresó a la Escuela 32, donde ya había trabajado de joven en lo que destaca como una experiencia vital. Esta vez, sin embargo, volvió con otra sensibilidad y otras herramientas. Su formación universitaria convivía con un espíritu creativo más desestructurado, que provenía de la Escuela de Arte. Esa mezcla se convirtió en el corazón de su trabajo docente.

La sala de música de la 32 tenía dos pianos, espacio amplio y alumnos con disposición al juego. Allí comenzó a transformar el aula en un laboratorio sonoro. Experimentó con ruidos cotidianos, texturas, silencios y movimientos. Les enseñó a sus estudiantes que la música no es solo melodía y ritmo, sino también organización del caos.

Los ejercicios eran tan simples como reveladores: caminar en distintos ritmos, arrastrar bancos, golpear carpetas, crear silencios, generar explosiones de movimiento, copiar cadencias de recreo. Su objetivo era que comprendieran que lo musical también estaba en lo cotidiano, en lo real, en lo que parecía no-ser-música.

Su mayor desafío —y también su mayor logro— surgió a partir de un acto escolar. Había preparado una obra conceptual, con una pirámide simbólica que representaba la labor docente. La presentó con seriedad, hasta que un alumno la desarmó con una frase memorable:

—“No, profe, es una cagada”.

Toro se rió, aceptó la crítica y abrió la puerta a un proceso colectivo.

Así nació una pieza experimental que reconstruía la vida escolar desde la llegada de los auxiliares a las seis de la mañana hasta el cierre del edificio. Incluía ruidos dirigidos, caminatas coreografiadas, escenas de caos total, silencios absolutos y los tres timbres consecutivos que marcaban los momentos del día. El final era una imagen potente: quedaba solo la maestra en el escenario, quieta, y desde atrás un coro cantaba “Gloria y loor…” mientras la escena se apagaba. Fue un éxito rotundo.

Ese día entendió que no solo podía enseñar: también podía componer. “Yo también quiero hacer esto”, pensó, por primera vez, con claridad absoluta. En paralelo, comenzó a preparar su primer recital importante en Comodoro, que finalmente realizara en 2004. Interpretó Bach, Mozart, música antigua y, como siempre, un Piazzolla. Aunque fue un logro, también fue un cierre. Sentía que esa etapa estaba terminando, como si la obra que había mostrado fuera la última de un ciclo. Al año siguiente, decidido a profundizar su camino, se mudó definitivamente a Buenos Aires. No era un salto al vacío: era un salto necesario.

EL MUSICO QUE SE REINVENTA

En 2005, Ricardo Toro tomó la decisión que venía gestándose: mudarse a Buenos Aires. No tenía grandes recursos ni certezas, pero sí una necesidad urgente de crecer. Fue entonces cuando apareció el gesto que él mismo define como uno de los más importantes de su vida: Nicolás Oviedo le ofreció su departamento para que pudiera instalarse sin preocuparse por el alquiler. “Me dijo: ‘Quedate en mi casa, no pagues nada, después vemos’”, recuerda. Ese acto de confianza lo sostuvo en un momento clave. Sin ese techo —asegura— probablemente no hubiera podido iniciar su nueva etapa

En Buenos Aires descubrió una energía que lo estimuló desde el primer día. “Era muy loco: vas al subte y hay músicos increíbles. Todo el tiempo sonaba algo.” El vértigo lo entusiasmaba: sentía que, finalmente, estaba donde tenía que estar.

Buscando formalizar su formación superior, ingresó al Conservatorio de la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Y aunque valoraba la posibilidad de estar en una institución grande, lo que allí vivió fue devastador. Habla de maltrato, destrato y violencia pedagógica. Profesores que hostigaban, burlas hacia estudiantes jóvenes, clases que se transformaban en espacios de humillación. “El nivel de maltrato que había era insoportable”, recuerda. No fue solo él: muchos compañeros vivieron situaciones similares.

Completó un año —“lo sostuve como pude”— y finalmente decidió irse. La experiencia le dejó una enseñanza tan amarga como valiosa: supo exactamente qué tipo de docente y artista no quería ser. Y ese contraste alimentó su futura labor.

NONSENSE: DIEZ AÑOS DE EXPLORACION Y CRECIMIENTO

Cuando Ricardo Toro se sumó como productor a Nonsense Ensamble Vocal de Solistas alrededor de 2006, el proyecto ya tenía una identidad clara: un espacio donde la música contemporánea se interpretaba con una radicalidad poco frecuente en el país. A diferencia de otros proyectos de cámara, Nonsense trabajaba exclusivamente con voces solistas, abordando obras que exigían precisión extrema, teatralidad, humor, énfasis corporal y una flexibilidad rítmica que desafiaba cualquier formación tradicional. Era, en esencia, un territorio perfecto para la sensibilidad de Toro.

Desde 2009, el Ensamble se presentó en escenarios de enorme jerarquía —Teatro Colón, CETC, Teatro Argentino de La Plata, TACEC, Teatro San Martín, CCK, Teatro del Libertador en Córdoba, Teatro Nacional Cervantes, Praça das Artes en São Paulo y el Centro Sinfónico Nacional de La Paz, entre muchos otros— obteniendo elogios constantes del público y la crítica especializada. Nonsense no solo interpretaba repertorio: lo expandía.

Embed - Ligeti-Nonsense Madrigals-The Lobster Quadrille

La agrupación realizó los estrenos latinoamericanos de De Materie de Louis Andriessen, Les chants de l’Amour de Gérard Grisey y Music for 18 Musicians de Steve Reich, un hito pocas veces alcanzado por un ensamble vocal en Argentina. En el campo escénico, llevó adelante la ópera El Gran Teatro de Oklahoma de Marcos Franciosi, Alice Through the Looking-Glass de Marta Lambertini, La canción de Finnegan de Francisco Kröpfl, el ballet Historia de Mujeres Intensas de Valeria Martinelli, Epinicios y Agonales de Luciano Azzigotti, el oratorio Gallos y Huesos de Pablo Ortíz y la ópera Nomis Ravilob de Cergio Prudencio junto a la ECOEIN de Bolivia.

Uno de los aportes más importantes del ensamble fue ofrecer —por primera vez en Argentina— la interpretación completa, en sus versiones originales, de dos obras maestras del siglo XX: los Nonsense Madrigals de György Ligeti y los Cries of London de Luciano Berio. Para Toro, que produjo la agrupación junto con María Bonaz, significó el encuentro con un nivel de exigencia vocal y escénica que lo redefinió como creador: coordinación extrema, un oído microscópico y una sensibilidad dramática afinadísima.

Los trabajos discográficos también marcaron hitos: Nonsense (2011), editado y presentado en el Festival Internacional de Música Contemporánea de Córdoba; y Entrelíneas (2014), grabado en el CETC con obras mayoritariamente de compositores argentinos.

Además, Nonsense impulsó talleres, workshops y programas de formación para compositores en instituciones como la UCA, el Colon Contemporáneo y Germina.Cciones. Desde 2012 organizó, junto a Melos Ediciones Musicales, el Concurso de Composición para Voces Solistas, que edita y graba las obras finalistas, ampliando de manera concreta el repertorio vocal actual.

Integrado por Virginia Majorel y Lucía Lalanne (sopranos), Evangelina Bidart (mezzosoprano), Valeria Martinelli (contralto y directora musical), Martín Díaz y Marco Cuozzo (tenores), Alejandro Spies y Jonatan Favilla (barítonos), el ensamble encontró en la producción de María Bonaz y Ricardo Toro un sostén vital para sostener una maquinaria artística tan demandante como inusual.

Para Toro, Nonsense fue un laboratorio de riesgo absoluto, un espacio donde las ideas más improbables no solo son bienvenidas: son necesarias. Y es también el lugar donde descubrió que la voz humana, en su fragilidad y su potencia, podía convertirse en el instrumento ideal para decir todo aquello que él, como pianista y compositor, siempre buscó: contrastes, fisuras, ritmos ocultos, humor, oscuridad y belleza.

Embed - OBRA PARA CLARINETE | Ricardo Toro & Gorgias Sánchez

EL ENCUENTRO CON SU PAREJA: SOSTEN Y REFUGIO

Dentro de su etapa porteña, un punto clave fue conocer a su pareja, quien no solo lo acompañó en lo personal, sino que tuvo un rol fundamental en su desarrollo profesional. Toro lo explica sin metáforas: su pareja se convirtió en la contadora de Nonsense, encargada de ordenar la economía, la administración y toda la estructura formal que un proyecto de esa magnitud necesitaba para poder funcionar. “Ella llevaba todo lo administrativo del grupo. Si no hubiera estado, muchas cosas no se podían haber hecho”, afirma.

En un ensamble que trabajaba con repertorio de altísima complejidad, estrenos internacionales y proyectos en salas como el Colón, el TACEC o el San Martín, la figura de alguien capaz de manejar contratos, pagos, rendiciones, presupuestos y relaciones institucionales era esencial. Toro lo describe como un sostén concreto: la persona que permitía que los procesos artísticos no naufragaran en el desorden o en la carga burocrática que exige la música contemporánea. Su participación, silenciosa pero determinante, hizo posible que el grupo sostuviera una década de actividad intensa.

La relación también abrió otro marco significativo. Su suegro, veterano de Malvinas, aportó un testimonio que le permitió a Toro conectar de manera más directa con un tema que desde la infancia le había generado inquietud. No fue algo programado ni convertido en bandera, sino una presencia que sumó profundidad humana. “Pude entender muchas cosas que me habían quedado sueltas”, dice.

El rol de su pareja, entonces, se define por su impacto práctico: orden, estructura, continuidad y la posibilidad real de que Nonsense y otros proyectos pudieran concretarse. Toro lo sintetiza con claridad: “Si no fuera por ella, yo no hubiera podido hacer todo eso.”

DE LA MONTAÑA AL LIVING

Con el crecimiento de Nonsense, el nombre de Ricardo Toro comenzó a aparecer cada vez con mayor frecuencia en ámbitos donde la música contemporánea se piensa en serio. Fue en este período cuando se abrieron puertas que, en otro momento de su vida, habrían parecido imposibles. Comenzó a trabajar en proyectos vinculados al Teatro Colón y a su Centro de Experimentación (CETC), un espacio clave para la producción musical actual en Argentina. Allí pudo componer, arreglar, ensayar y estrenar obras con intérpretes especializados, bajo condiciones técnicas y artísticas de altísimo nivel.

No lo narra desde la épica sino desde la claridad: “Trabajar en el Colón te obliga a ser preciso, todo tiene un peso. Cada minuto de sala vale. No podés ir sin saber exactamente lo que necesitás”.

Ese rigor lo llevó a afinar su oído, su escritura y su capacidad de comunicación con los intérpretes. Aprendió a producir, a resolver problemas técnicos rápidamente, a planificar ensayos y a sostener obras complejas en tiempos acotados. Es decir: a profesionalizar el oficio en todas sus capas.

En paralelo a estos proyectos grandes, atravesaba un proceso íntimo que lo sorprendió. Tras años centrado casi exclusivamente en la producción, sintió la necesidad de volver al instrumento que había sido su casa desde niño en tertulias porteñas.

No fue una epifanía abstracta: las tertulias surgieron después de un viaje al volcán Lanín con un grupo de amigos (arquitectos, diseñadores y artistas) donde, según recuerda, alguien le dijo de frente: “Todos hablan de que tocás bien y componés pero nunca te escuchamos”. Esa frase —esa petición— fue el disparador concreto que lo impulsó a organizar encuentros donde tocar frente a gente que escuchara de verdad.

Toro cuenta que las primeras reuniones fueron informales: tocaban en estudios de arquitectos, se quedaban a charlar, aparecía algún vino —“alguien llevó un vinito” y al rato “pedimos unas empanadas”— y la cosa se fue repitiendo hasta tomar forma de tertulia con programa y público amigo. “Ahí comenzó como esto de juntarnos a tocar y hacer este…”, dice.

Ese regreso íntimo convivió con su trabajo en espacios de alta exigencia. Toro sintetiza la diferencia de forma práctica: en el Colón “cada minuto de sala vale” y la labor exige precisión y planificación; en las tertulias, en cambio, recuperó la libertad para probar, equivocarse y escuchar de cerca. Volver al piano en ese contexto —tocar en el living, compartir una improvisación con colegas de otras disciplinas— le permitió “ordenar” su propio trabajo y afinar decisiones compositivas que luego trasladó a los grandes ensayos y estrenos.

GIRA PATAGONICA Y REGRESO A CASA: EL ARTISTA QUE SE COMPLETA

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La idea de una gira por la Patagonia no nació como un plan ambicioso ni como un proyecto artístico premeditado. Surgió, como casi todo en la vida reciente de Ricardo Toro, en una conversación mínima, en un encuentro casual. Él mismo lo cuenta: mientras participaba de un encuentro con grupo de amigas y amigos de la secundaria, alguien lanzó una frase que funcionó como bisagra: “Hagamos también una tertulia cuando vengas a Comodoro.” Toro aceptó, pero enseguida llegó la objeción decisiva: “No, hagamos algo más grande”. La respuesta de Toro fue inmediata. “Tenés razón —les dije—, va en contra del espíritu de la Escuela de Arte”. Para él, ese espíritu —un legado que arrastra desde adolescente— implica apertura, circulación, comunidad. “El espíritu de la escuela es abierto, entonces no puede ser algo cerrado.” Esa reflexión selló el destino del proyecto: si había un retorno artístico a Comodoro, debía ser público.

A partir de esa decisión empezó a moverse una red de nombres que Toro reconoce uno por uno. Yamila Elías fue clave. “No, hagamos algo más grande, buscamos una sala”, le dijo ella, y empezaron a aparecer espacios posibles: primero Rada Tilly (realizado el 22 de noviembre), después Sarmiento (realizado el 21 de noviembre), Rawson (realizado el 25 de noviembre), Playa Unión (realizado 28 de noviembre), finalmente Comodoro (3 y 5 de diciembre en el Centro Cultural). Así fue como llegó a manos de Marco Aurelio, quien le ofreció la sala de Rada Tilly y abrió las primeras puertas; luego se sumó la secretaría de Cultura de Comodoro, que habilitó fechas en Comodoro con la misma predisposición que a Toro lo conmovió durante toda la organización: “¿Qué necesitan? Una sala, sí, sí, dale, fantástico.”

En paralelo, en Sarmiento, otro gesto construyó la columna vertebral afectiva de esta gira. “Nos prestaron el auto, nos dijeron ‘quédense acá en casa, no vuelvan de noche’.” Ese clima de hospitalidad le resultó familiar, porque, como él mismo admite, la Patagonia tiene esa forma de vincularse: directa, generosa, horizontal.

Esa cadena de manos tendidas terminó de darle forma al itinerario. Toro lo resume sin grandilocuencias: “Se fue dando de a poquito”. Pero ese “poquito” hoy es una agenda concreta:

  • 3 de diciembre – 17:30: Charla abierta y clase magistral para jóvenes pianistas en el Centro Cultural Alfredo Sahdi, con inscripción previa y cupos limitados.
Embed - Secretaría de Cultura MCR on Instagram: "CLASE MAGISTRAL + CONCIERTO DE PIANO A CARGO DE RICARDO TORO Atención pianistas de Comodoro Rivadavia el destacado músico Ricardo Toro brindará una Master Class y un concierto en nuestra ciudad. La actividad forma parte de la gira “Refugio musical” que propone acercar al público los procesos de creación musical contemporánea, integrando los procesos filosóficos, técnico y narrativos. Durante la master class se presentará un contexto conceptual y musical de la suite “Fuentes de Espejos dorados “ , una obra que reinterpreta referencias clásicas en diálogos con el paisaje patagónico y sus imaginarios culturales. El encuentro unirá análisis y demostraciones de piano centradas principalmente en los movimientos de una suite para piano. Está destinada a músicos, docentes, estudiantes, integrantes de instituciones culturales y público en general interesado en la exploración de nuevas miradas sobre la creación musical. CLASE MAGISTRAL “De la triada al misterio” 3 de diciembre Auditorio Centro Cultural 17.30hs Inscripción al 2974110922 -Cupos limitados CONCIERTO DE PIANO 5 de diciembre 20.30hs Auditorio del Centro Cultural 20.30 hs. ¡Los esperamos!"
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  • 5 de diciembre – 20:30: Concierto de piano, también en el Centro Cultural Alfredo Sahdi.
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La gira patagónica, así, no es una vuelta triunfal ni un gesto nostálgico. Es la extensión de un modo de pensar la música: compartida, accesible, nacida del encuentro. Y también es, en palabras del propio Toro, un acto de coherencia íntima: regresar al territorio que le dio lenguaje, maestro y oficio, y hacerlo como siempre trabajó: a sala abierta, fiel al espíritu de la Escuela de Arte que lo formó.

Hoy, después de recorrer escuelas patagónicas, pianos de cola mendocinos, aulas hostiles, sótanos porteños, festivales, salas chicas, salas grandes, laboratorios sonoros y obras que nacieron del caos cotidiano, Ricardo Toro es un músico que conoce su origen y su destino.

En la entrevista lo dice casi al pasar, pero resume su vida entera: “La música siempre vuelve. Y cuando vuelve, siempre soy yo”.

Esa frase —simple y definitiva— es la mejor síntesis de su camino:un niño que jugaba al piano, un adolescente que observaba el viento, un docente que encontró belleza en el ruido de las aulas, un compositor que hizo del caos una poética, un creador que encontró en el amor un sostén y, finalmente, un artista que aprendió que cada etapa es apenas un movimiento dentro de una obra mayor.

Su vida, como su música, sigue hecha de contrastes. Y ahí está su fuerza.

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