Sarao Canciones Ilustradas no nació como espectáculo. Nació como la necesidad de sacar el dibujo del papel y llevarlo al escenario, hacerlo lenguaje vivo, ponerlo en diálogo con la música y convertirlo en relato. En esa intuición inicial —más cercana a la búsqueda que a una forma definida— aparece el germen de todo lo que vino después.
Esa idea tiene raíz en la trayectoria de Liliana Ostrovsky, ilustradora y caricaturista comodorense, formada en artes visuales, principalmente en la práctica del dibujo en vivo y atravesada por una estética ligada a la historieta. Durante más de dos décadas en Brasil participó en proyectos culturales y solidarios junto a artistas internacionales, experiencias que reforzaron una certeza: el trazo comunica incluso cuando no hay palabras. Ese aprendizaje es hoy uno de los pilares de Sarao.
Pero el proyecto no se construye desde un lenguaje dominante. Sarao es, en esencia, un cruce. “No es ni un show musical, ni teatral, ni solo de dibujo”, sintetizan en entrevista con El Patagónico. En escena, la música y la ilustración no se subordinan entre sí: avanzan juntas, se afectan, construyen sentido en paralelo. “Que lo que vos cantás esté relacionado con lo que yo voy a dibujar” fue una de las primeras definiciones que permitió empezar a darle forma a la propuesta.
Foto: Carla Oyarzo/ @Co2fotografiadigital
Con el tiempo, esa intuición se volvió estructura. El repertorio dejó de ser una suma de canciones para convertirse en un recorrido narrativo. “No es que agarrás 14 o 15 temas al azar”, explican. El amor aparece como eje, pero no como idea abstracta sino como experiencia fragmentada: el encuentro, la idealización, la crisis, la ruptura, la posibilidad de volver a empezar. Cada etapa tiene su clima, su tono y su traducción en escena. Así, la propuesta se acerca más a una obra que a un recital.
Ese trabajo no fue inmediato. Buscar coherencias, probar combinaciones, ajustar sentidos. Y, sobre todo, sostener un proceso creativo en condiciones que no siempre son favorables. “Trabajar sin ver plata es una inversión en todo sentido”, dicen, en referencia a las dificultades de coordinar tiempos, ensayos y compromisos en el marco de un proyecto independiente.
Liliana Ostrovsky Foto: Iara Cardenas / @iaara.ph
Durante 2025, Sarao tuvo una formación más amplia. Realizaron 12 presentaciones junto a Karina Sovier y el actor Rodrigo Barriga más invitados especiales, incorporando una dimensión más performática, con mayor movimiento escénico y presencia teatral. Esa etapa se extendió hasta octubre, cuando el grupo decidió hacer una pausa para revisar el recorrido y reorganizar el proyecto.
En ese proceso hubo cambios, pero también continuidades. Entre ellas, una central: César Fabián Fredini, parte del proyecto desde sus inicios. Su recorrido en folklore, tango y música popular —junto a su experiencia en dirección coral y en propuestas como Amistad Sur y Malagma— no solo aporta sustento musical, sino también una mirada estructural. Es quien acompaña desde el origen la construcción conceptual de Sarao: la organización del repertorio, su lógica narrativa y el vínculo entre lo que se interpreta y lo que se cuenta en escena.
La reorganización incluyó la búsqueda de una nueva voz. No fue un proceso simple hasta que apareció una voz en un contexto inesperado. “Escuchamos una voz angelical en la Expo Industrial”, recuerdan Liliana y Fabián. La escena tiene algo de azar y algo de intuición: una canción, un impacto inmediato, la decisión de acercarse.
César Fabián Fredini Foto: Iara Cardenas / @iaara.ph
Esa voz era la de Camila Vaccaro. Su recorrido musical comenzó a los 15 años, cuando encontró en el piano una herramienta expresiva. Desde entonces participó en distintos espacios culturales y en 2019 integró el Festival de la Doma y el Folklore de Sarmiento. A partir de 2020 profundizó su formación como cantante y pianista, en un proceso sostenido que desemboca, en 2026, en su incorporación a Sarao.
El encuentro no fue inmediato. Hubo tiempos que acomodar, decisiones personales que tomar. Vaccaro estaba buscando un nuevo rumbo. “Tenía mucha necesidad de hacer algo nuevo”, señala. Cuando finalmente se dio el cruce, el vínculo fue natural: “Nos entendimos entre los tres, no hubo que explicar mucho”.
Su llegada transformó la propuesta. “Tiene una interpretación muy emocionante”, describe Liliana. Y eso impacta directamente en la obra: incluso cuando las canciones se mantienen, “el significado cambia”. Además, su rol como pianista amplió el universo sonoro, abriendo nuevas posibilidades dentro de la puesta.
La reducción del formato también modificó la escena. Un público más atento, más conectado con los detalles, más dispuesto a dejarse atravesar por la experiencia.
Esa respuesta es, para el grupo, el verdadero indicador. “Ves gente con lágrimas en los ojos”. Y en esa reacción encuentran una validación más profunda que cualquier aplauso automático: la confirmación de que lo que sucede en escena logra conectar.
La primera presentación del nuevo trío condensó ese proceso. Pocos ensayos —“cinco con toda la furia”—, jornadas extensas de trabajo y un desafío fuerte para Vaccaro, que interpretaba canciones que nunca había cantado. “Fue mágico”, resume. Lo técnico quedó en segundo plano frente a lo emocional: la sensación de haber encontrado un camino.
Después vino lo que define al proyecto: la revisión. Ajustes en iluminación, sonido, tiempos, interpretaciones. “Siempre se puede mejorar”. El grupo se reconoce autocrítico y entiende cada función como parte de un proceso. “Si emocionó, queremos que emocione más”, sintetizan, entre el humor y la ambición artística.
Esa lógica también se traslada a la experiencia que proponen. Sarao no se plantea como consumo rápido, sino como un espacio de pausa. “Es un regalo”, citan de una espectadora. Una hora para detenerse, para salir del ritmo cotidiano, para habilitar una sensibilidad que en el día a día suele quedar relegada.
Detrás de escena, el proyecto implica una estructura de trabajo sostenida. El grupo se mueve con equipamiento propio —escenografía, proyector, pantalla, sonido, iluminación— y cuenta con una red de colaboradores que acompañan el desarrollo, muchas veces de manera desinteresada. “Somos tres, pero hay más gente atrás”.
Camila Vaccaro Foto: Iara Cardenas / @iaara.ph
El presente los encuentra en una etapa de consolidación y expansión. Con funciones programadas —18 de abril en Actitud Pandora y 25 en Puerto Madryn— el objetivo es sacar la propuesta de la ciudad y mostrarla en otros circuitos culturales. “Que vean lo que se hace acá”.
En paralelo, el proyecto ya proyecta nuevas líneas. El formato actual, centrado en canciones de amor, seguirá en circulación, pero convivirá con otras propuestas. “No tiene límites”, dicen.
En ese equilibrio entre lo que ya es y lo que todavía está en construcción, Sarao encuentra su identidad. No como una obra terminada, sino como una obra en movimiento.