Un pequeño pueblo y cuatro muertes en tres meses que encendieron las alarmas

Entre diciembre y febrero, cuatro jóvenes de entre 23 y 30 años se quitaron la vida en una localidad neuquina atravesada por el crecimiento de Vaca Muerta.

En menos de noventa días, San Patricio del Chañar acumuló cuatro suicidios. La secuencia —uno en diciembre, otro en enero y dos durante un mismo fin de semana de febrero— dejó de ser una estadística para convertirse en una preocupación. Las víctimas eran vecinos conocidos: una trabajadora de la educación, un operario petrolero, un entrenador y otro joven de la comunidad. Todos tenían entre 23 y 30 años.

En una localidad que ronda los 15 mil habitantes y crece al ritmo de Vaca Muerta, la conmoción expuso preguntas de fondo. “Cuando algo así sucede acá, golpea de cerca”, planteó Héctor Werro, diácono de la parroquia local, al describir la dificultad de encontrar patrones comunes que expliquen el fenómeno. Más allá de las autopsias judiciales, reclamó una lectura social y psicológica que permita comprender el trasfondo.

El diagnóstico que comparten distintos actores apunta a una trama compleja: migraciones internas aceleradas, expansión inmobiliaria, barrios informales surgidos en pandemia, pérdida de chacras productivas y una matriz económica cada vez más dependiente de la industria hidrocarburífera. “El pueblo se dio vuelta en pocos años”, sintetizan desde ámbitos comunitarios. En ese proceso, los vínculos tradicionales se debilitan y la red de contención pierde densidad.

A la transformación estructural se suma una limitación concreta: no hay guardia permanente de salud mental en el hospital local. Si una crisis ocurre de madrugada, no existe un dispositivo específico de intervención. Desde el centro médico reconocen que el sistema de emergencias atiende, en promedio, una situación crítica por semana.

El fenómeno no puede reducirse a una sola causa. Desde la Casa de Atención y Acompañamiento Comunitario (CAAC), dependiente de Sedronar, advierten que el sufrimiento psíquico y los consumos problemáticos suelen entrelazarse, aunque sin relaciones lineales. El espacio asiste a unas 230 personas por mes y registra un patrón recurrente: jóvenes que llegan atraídos por salarios altos en la industria, pero enfrentan inestabilidad laboral, alquileres que superan los 800 mil pesos y expectativas que no se concretan.

En la franja de 20 a 30 años observan especial fragilidad. Parte de los ingresos elevados se canaliza hacia el consumo de sustancias en un contexto donde, según describen operadores territoriales, la oferta circula con facilidad. El policonsumo —marihuana, cocaína, alcohol, energizantes y vapeadores— aparece como un problema en expansión.

El concejal Pablo Laurente, referente del espacio “Ni un pibe menos por la droga”, sostiene que la prevención exige coordinación interinstitucional: escuelas, iglesias, equipos psicosociales, hospital y municipio. Para el 19 de febrero está prevista una reunión en el Concejo Deliberante convocada por la Dirección de Religión y Culto para consensuar protocolos de actuación. Días después, el 27, habrá una jornada abierta de sensibilización a cargo de especialistas externos.

En paralelo, el hospital y el CAAC impulsan talleres para familias y dispositivos comunitarios: apoyo escolar, actividades deportivas y una huerta terapéutica articulada con el Hospital Alicia Cruz. También derivan casos a espacios rurales de recuperación con régimen abierto.

Profesionales del equipo local insisten en desmontar creencias arraigadas: minimizar las advertencias, suponer que quien verbaliza ideas suicidas “solo busca llamar la atención” o asociar el pedido de ayuda con debilidad. “Animarse a hablar es un acto de fortaleza”, subrayan.

La discusión de fondo, no obstante, trasciende la coyuntura. El avance de loteos industriales sobre tierras frutales, el encarecimiento del costo de vida y la falta de alternativas formativas para quienes terminan el secundario alimentan un interrogante persistente: cómo construir un proyecto vital sostenible en una comunidad que crece rápido, pero de manera desigual.

Mientras el duelo sigue abierto, en El Chañar el desafío inmediato es convertir la alarma en política pública efectiva. La prevención del suicidio, coinciden los actores consultados, no admite respuestas aisladas. Requiere dispositivos accesibles, articulación real y una comunidad capaz de sostenerse a sí misma cuando el progreso económico no alcanza para garantizar bienestar.

Fuente: LMNeuquén

Fuente:

Notas Relacionadas

Dejá tu comentario

Las Más Leídas del Patagónico