Y también rodó la pelota

En medio de un caos organizativo, Lanús, River Plate y San Lorenzo, en ese orden, se transformaron en los dueños de las satisfacciones contantes y sonantes, las que se hacen notar en las vitrinas. En el casillero del debe consta la selección nacional, que volvió a perder una final con Chile, sufrió el recambio de Bauza por Martino y una peligrosa racha en las Eliminatorias del Mundial de Rusia 2018, que cambió con el regreso de Messi.

En el contexto de un fútbol argentino de aguas embravecidas, envuelto en el mismo caos organizativo que lo opaca desde hace bastante tiempo, se jugaron competencias variopintas y cientos de partidos que a la hora de la lupa fina arrojan a Lanús, River Plate y San Lorenzo, en ese orden, como los dueños de las satisfacciones contantes y sonantes, las que se hacen notar en las vitrinas.
Salvo en el caso de Lanús, cuyo rendimiento alcanzó picos admirables (sobremanera en su exhibición en el Estadio Monumental, ante San Lorenzo, en la final del torneo que concluyó el 29 de mayo), las vueltas olímpicas no se correspondieron con los requisitos estéticos que tanto desvelan a buena parte de la cofradía futbolera y de los púlpitos periodísticos.
Más marcada esa deuda, si así pudiera decirse, en el River de Marcelo Gallardo, un River de renovación insuficiente y de identidad brumosa que sin embargo refrendó su oficio para compromisos de pierde/paga al ganar la Supercopa Sudamericana ante Santa Fe de Bogotá y la Copa Argentina ante Rosario Central, una victoria providencial que representa el boleto a la Copa Libertadores de 2017.
En la copa del año en curso River había quedado eliminado por el sorprendente Independiente del Valle de Ecuador, un insospechado destino adverso que tras el receso de la mitad de la temporada también sufrió Boca en la Bombonera.
Justamente cara a cara con Boca, el 10 de febrero, San Lorenzo se quedó con la Copa Argentina gracias a un redondo 4-0 que tuvo lugar en el Mario Alberto Kempes de Córdoba.
Eran los tiempos de Pablo Guede y su rimbombante "método Guede", un presunto certificado de modernidad virtuosa que se desvaneció como una pompa de jabón y forzó al entrenador a una salida poco airosa a la que San Lorenzo respondió con la contratación de Diego Aguirre.
Con el uruguayo al mando del plantel San Lorenzo consumó un puñado de partidos de alta gama (bajo la batuta de Fernando Belluschi, ganador del Olimpia de plata al mejor futbolista del año), pero no los partidos donde más lo necesitaba, como por ejemplo en la Copa Sudamericana: cosas que pasan, así es el fútbol, así es la vida.
En términos de regularidad positiva, todos los caminos conducen al Lanús de Jorge Almirón.
Primero estabilizó una formación base, después un sistema más apegado a una cierta solidez defensiva ausente en su paso por Godoy Cruz e Independiente, la mutación no sufrió merma en la redondez de la pelota y en capacidad de goleo y Lanús se llevó un campeonato y en el otro, que concluirá en mayo de 2017, está en una posición expectante.
Ese campeonato, el que extenderá las entradas a la Libertadores de 2018, supone hoy la madera a la que se aferra Boca, a los tumbos en los últimos meses de Rodolfo Arruabarrena y en los primeros meses de Guillermo Barros Schelotto.
Recién cuando volvió Fernando Gago y Carlos Tevez se pareció en mucho al estelar Tevez de no hace tanto (por caso, en el Calcio, con la camiseta de la Juve), Boca encontró una fluidez y una contundencia arrolladora, ante los rivales más accesibles pero también ante los rivales más calificados, Racing, San Lorenzo, River, estos en su propia casa.
Tevez es un tema en sí mismo: a la hora de ser escritas estas líneas, se desconoce si privilegiará su tantas veces subrayado amor por Boca o la montaña de dólares que lo espera en China.
A los dos clubes de Avellaneda no los unió el amor sino el espanto: vegetaron en posiciones irrelevantes y cambiaron de director técnico no una, dos veces: se alejaron Mauricio Pellegrino y Gabriel Milito en Independiente y Facundo Sava y Ricardo Zielinski en Racing.
Rosario Central no pudo coronar el muy bien ciclo de Eduardo Coudet (perdió tres finales consecutivas, las de la Copa Argentina), el Banfield de Julio César Falcioni empezó muy mal y terminó muy bien, Vélez persiste en una crisis sin precedentes de varias décadas a esta parte, Huracán anduvo siempre con lo puesto y Estudiantes de La Plata, Godoy Cruz y Atlético Tucumán rubricaron sus momentos de marea alta con sendas clasificaciones a la Libertadores.

EL "DEBE" DE LA SELECCION Y EL ESCANDALO DE LA AFA
En el casillero del debe consta asimismo la selección nacional, que volvió a perder una final con Chile, y por la misma vía de 2015, sufrió el recambio de Edgardo Bauza por Gerardo Martino y una peligrosa racha en las Eliminatorias del Mundial de Rusia 2018 y recién dio síntomas de mejoría de la mano de Lionel Messi, el mismo Messi al que en su país se lo castiga con crueldad y en el resto del planeta se lo considera el portador de las llaves del Paraíso.
En términos organizativos el año transcurrió en clave rocambolesca: la Comisión Normalizadora alternó buenas con malas y malas, la AFA no dejó de ser la hoguera de las vanidades, los clubes siguieron gastando más de lo que produjeron, Diego Maradona pontificó desde Dubai, las barrabravas consolidaron sus asociaciones ilícitas, los campos de juego en muchos casos se revelaron más aptos para la hípica que para el fútbol, las hinchadas visitantes volvieron a cuentagotas, los entrenadores tuvieron menos tranquilidad que el plomero del Titanic y los árbitros, de muy flojo nivel, es cierto, sufrieron el descontento de los habitantes de las tribunas y en algunos casos el salvajismo de los propios protagonistas.
Y, si como postuló el artista italiano Pier Paolo Pasolini, un gol es una poesía y los goleadores son los mejores poetas, entre varios los poetas más destacados fueron el veterano José Sand y el juvenil Sebastián Driussi.

Fuente:

Notas Relacionadas


Las Más Leídas del Patagónico