Cuatro años después: la historia de Fiesta Babas, contada desde adentro

Lo que empezó como una noche para bailar rock nacional terminó convirtiéndose en una comunidad. Detrás de cada edición de Fiesta Babas hay una historia de autogestión, errores, aprendizaje y cientos de personas que hicieron propia una idea que nació casi sin pensarlo.

Cuatro años después, Babas parece una maquinaria aceitada. Las fechas se reservan con meses de anticipación. Hay bandas esperando la convocatoria, un público que compra entradas apenas se anuncia una nueva edición y una identidad que ya no necesita demasiadas presentaciones dentro de la escena local. Desde afuera, todo transmite la sensación de que existe una estructura consolidada detrás de cada noche.

Ellos se ríen cuando escuchan esa idea. Porque saben que la historia fue bastante menos prolija. "Todos hacemos todo. Cuando uno no puede hacer algo, lo hace el otro", resume Renzo Arienti en entrevista con El Patagónico.

Si hay que grabar un video, Renzo aparece delante de cámara. Si hace falta editar un reel, Maite arma el montaje y Paloma corrige colores, tiempos y detalles. Si una idea no termina de convencer, circula por el grupo de WhatsApp hasta que los tres quedan conformes. Si se rompe una luz, un cable o una pantalla, Renzo deja lo que está haciendo y busca la manera de arreglarla.

"A mí siempre me preguntan qué hago en la Babas y yo digo que hago los trabajos manuales. Si se rompe algo de sonido, si hay que colgar las estrellitas, si hay que ir a buscar las entradas, voy yo. El otro día nos dieron un televisor que venía sin enchufe, con el fase y el neutro pelados. Conseguí una ficha, lo empalmé, le puse los cables y lo hice andar. Esas cosas terminan cayendo siempre de mi lado", cuenta entre risas.

Nada de eso estaba escrito cuando empezaron. En realidad, casi nada estaba pensado. La fiesta nació con la lógica improvisada de un grupo de amigos que quería organizar una noche distinta para escuchar la música que le gustaba.

Hoy cuesta imaginarlo porque Babas ya tiene una identidad propia. Pero durante mucho tiempo todo se resolvía en cuestión de horas.

"Antes era un mensaje de WhatsApp. 'Che, Manu, ¿tenés una fecha?'. 'Sí, tengo esta'. 'Bueno, vamos'. Así era. Ahora no. Ahora nos juntamos a principio de año, hacemos reunión Babas, agarramos un cuaderno y empezamos a anotar todo. Ya tenemos las fechas, pensamos qué homenaje queremos hacer, qué bandas nos gustaría traer y armamos el año entero", explica Paloma.

La diferencia entre aquellas primeras reuniones y las actuales no pasa solamente por la experiencia. También tiene que ver con una lista bastante larga de errores que fueron apareciendo en el camino.

Paloma, Renzo y Maite.

Paloma encuentra una definición que termina ordenando toda la conversación. "En realidad era caernos, levantarnos, aprender. Caernos, levantarnos y volver a aprender. Todas las cosas que hacemos ahora existen porque las tuvimos que aprender a los golpes. Nadie nos vendió un curso. Todo fue equivocándonos. Y creo que eso después también nos sirvió para un montón de otras cosas que hacemos fuera de Babas”.

Maite asiente enseguida. "Yo aprendí con ellos. Me gustan las fiestas y después seguí haciendo otros eventos, pero todo lo aprendí acá. Nadie vino a decirnos cómo se hacía. Íbamos resolviendo sobre la marcha. Somos una fiesta autogestiva. Yo trabajo cuando me llaman para trabajar, los chicos estudian. No tenemos alguien que nos diga '¿cuánta plata necesitan?'. No existe eso. Tenemos que juntar la plata nosotros. Por eso largamos una preventa lo más barata posible. Con esa plata imprimimos las entradas, las sellamos y recién ahí empezamos a mover el resto de la producción”.

La economía de Babas siempre funcionó de esa manera. No hubo inversores. No hubo empresas sosteniendo el proyecto. No hubo alguien dispuesto a cubrir pérdidas. Cada edición financia la siguiente.

Y eso explica otra decisión que defienden con bastante orgullo: las entradas siguen siendo físicas. "Nosotros somos anti QR", dice Maite casi sin dejar terminar la pregunta.

"Antes hacíamos unas entradas hermosas, en papel fotográfico, a color. Ahora nos obligan a imprimirlas en un tamaño enorme para ponerles un sello chiquitito. Son bastante más feas que antes, pero igual las seguimos haciendo porque sentimos que la entrada física es parte de la experiencia. Somos una fiesta de rock nacional. Venimos de guardar entradas, de pegarlas en la pared, de coleccionarlas”, resalta Paloma.

Renzo completa la escena. "A mí me sigue pasando que alguien sube una historia y veo una entrada de Babas pegada en un espejo o en una notebook. O voy a la casa de alguien y tiene una entrada en la pared. Es una locura pensar que algo que hicimos nosotros terminó formando parte de la vida de otra persona”.

Todavía no hablan de comunidad. Todavía no aparecen las parejas que se conocieron ahí, las remeras hechas por los seguidores ni los pedidos de autógrafos. Pero las primeras señales ya estaban. Sin darse cuenta, mientras aprendían a organizar una fiesta, estaban construyendo algo bastante más grande.

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UNA FIESTA CON IDENTIDAD PROPIA

Hay una imagen que resume bastante bien el crecimiento de Babas. Al principio todo dependía de un mensaje. "Che, ¿tenés una fecha?" Si la respuesta era sí, empezaban a correr.

No había demasiado tiempo para pensar una propuesta integral. La prioridad era resolver la siguiente edición y volver a empezar desde cero. Hoy la lógica cambió por completo. Las fechas se reservan con varios meses de anticipación, las reuniones de producción arrancan al comienzo del año y cada decisión forma parte de un recorrido mucho más amplio que una sola noche.

"Antes era todo mucho más espontáneo. Ahora nos juntamos en febrero o marzo, hacemos una reunión Babas, agarramos un cuaderno y empezamos a pensar todo el año. Vemos qué fechas podemos pedir, qué homenajes nos gustaría hacer, con qué bandas nos gustaría trabajar y también qué alternativas tenemos si alguna idea no se puede concretar. Ya no esperamos a terminar una Babas para empezar a pensar la siguiente", cuenta Paloma.

Ese cambio les permitió hacer algo que durante los primeros años parecía imposible: proyectar.

En esas reuniones aparecen nombres escritos a mano, fechas tentativas, bandas que podrían sumarse y otras que quedan anotadas para más adelante. Algunas propuestas sobreviven hasta el escenario y otras quedan guardadas para el futuro. La planificación, dicen, no les quitó espontaneidad; les dio tranquilidad.

"Ahora pensamos mucho más las cosas. Antes era 'sale Babas' y arrancábamos. Hoy tenemos una idea de hacia dónde queremos ir”, agrega Renzo.

Dentro de esa búsqueda también empezó a definirse el perfil artístico de la fiesta.

Las primeras ediciones sirvieron para probar formatos, observar cómo reaccionaba el público y entender qué tipo de experiencia querían construir. Con el tiempo descubrieron que los homenajes ocupaban un lugar cada vez más importante dentro de esa identidad.

"Nos dimos cuenta de que era un formato que conectaba muy bien con la propuesta de la fiesta. Los homenajes empezaron a formar parte de la identidad de la Babas. Por eso siempre estamos pensando cuál puede ser el próximo, con quién nos gustaría trabajar o qué artista todavía nos falta recorrer”.

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La decisión de celebrar el cuarto aniversario con un tributo a Babasónicos no fue casual. "Era una fecha que sabíamos que en algún momento tenía que llegar. Nosotros somos la Babas y, de alguna manera, sentíamos que ese homenaje era una deuda que teníamos con la historia de la fiesta. El aniversario nos pareció el momento ideal para hacerlo", señala Paloma

Pero mientras ellos ajustaban la propuesta artística, afuera estaba ocurriendo algo que tardaron bastante tiempo en advertir. Durante mucho tiempo esperaron tener confirmada la banda antes de anunciar una nueva edición. Les parecía lógico. La música era el centro de la noche y suponían que la decisión de comprar una entrada dependía, sobre todo, de quién estuviera arriba del escenario. Hasta que un día decidieron probar otra cosa. Primero lanzaron la preventa. El flyer con la banda llegaría después.

Maite: "Nos daba muchísimo miedo. Decíamos: '¿Quién nos va a comprar una entrada si todavía no sabe quién toca?'. Pensábamos que la gente iba a esperar el anuncio. Y pasó exactamente al revés. Empezaron a comprar igual. Ahí entendimos que confiaban en la fiesta. Después se enteraban quién venía. Creo que ese fue uno de los momentos en los que nosotros mismos empezamos a valorar todo lo que habíamos construido”.

Ese descubrimiento modificó la manera en que observaban cada edición. La banda seguía siendo una pieza fundamental de la noche, pero ya no era el único motivo de convocatoria. Había algo más difícil de explicar y, al mismo tiempo, mucho más importante: el clima que se había construido alrededor de Babas.

"Hoy sentimos que la gente viene a vivir la experiencia completa. Viene a encontrarse con amigos, a bailar, a ver una banda, a quedarse con los DJs hasta el final. Todo eso junto terminó siendo la Babas”, dice Maite.

Sostener esa identidad también implicó multiplicar el trabajo invisible. Si en los primeros años la difusión se resolvía con algunos posteos y la venta de entradas era prácticamente cara a cara, hoy gran parte del esfuerzo ocurre mucho antes de que se abran las puertas del Sótano.

Paloma: "Nuestro trabajo pasa muchísimo por las redes sociales. Cuando hay una Babas estamos todos los días pensando qué publicar, qué reel hacer, qué historia subir, dónde aparecer. Si hay que ir a un streaming, vamos. Si hay que hablar con un diario, hablamos. Todo el tiempo estamos moviendo la fiesta porque sabemos que esa comunicación también forma parte del evento”.

La comparación con los comienzos les sigue causando gracia. "La primera Babas la vendimos prácticamente en persona. Maitena llevaba entradas para la universidad y la zona norte, yo me movía por el centro y Paloma por Rada Tilly. Era poner un estado de WhatsApp diciendo 'estoy en el Coliseo' y esperar que alguien cayera a buscar una entrada”, dice Renzo.

Maite todavía recuerda esas corridas. "Yo estaba en la escuela y me escapaba de clase para vender entradas. Decía que iba al baño, salía, entregaba una entrada y volvía como si no hubiera pasado nada. Así vendíamos”.

Hay cosas, sin embargo, que decidieron conservar. Las entradas físicas son una de ellas. No porque sean más prácticas —de hecho, reconocen que imprimirlas y cumplir con todos los requisitos administrativos les demanda más trabajo y más dinero—, sino porque sienten que forman parte de la memoria de la fiesta. "Somos anti QR", dice Maite entre risas.

"Nos gusta que la gente tenga una entrada en la mano. Nosotros crecimos guardando entradas de recitales y queríamos que eso también pasara con la Babas. Antes las hacíamos en papel fotográfico, eran hermosas. Hoy las tuvimos que cambiar por cuestiones administrativas, pero igual seguimos apostando por la entrada física porque después aparecen pegadas en una pared, en un espejo o adentro de un cuaderno y entendés que ya no es solamente un ticket. Es un recuerdo”.

Sin proponérselo, empezaban a coleccionar algo mucho más importante que entradas. Empezaban a acumular historias. Y todavía faltaba descubrir hasta dónde podía llegar todo eso.

LAS NOCHES QUE QUEDARON EN LA MEMORIA

Cuando la conversación llega a las distintas ediciones de la Babas, aparece un dato curioso: no existe una única fiesta que represente todo lo que construyeron en estos cuatro años. Cada uno guarda un podio distinto. Las elecciones hablan más de lo que significó cada noche para ellos.

Para Maite, el primer lugar es inamovible. No fue la edición más multitudinaria ni la más organizada, pero sí la que cambió el rumbo de su vida.

"La primera Babas siempre va a ser la más importante. Ahí conocí a los chicos, ahí empezó todo esto. Yo estudiaba Gastronomía y me imaginaba una vida completamente distinta. Esa noche fue como un giro. Después pondría la última, la de Vileces con su homenaje a Virus, porque fue la noche que tocaron los Babasónicos en el Predio Ferial, porque la disfruté muchísimo, y la del homenaje a Sumo que hizo Vital. Esas tres son las que más recuerdo”.

Paloma elige otro recorrido. Su memoria está atravesada por los momentos que pudo vivir con más tranquilidad, cuando la producción dejó de absorberlo todo y apareció el disfrute.

"Para mí la mejor fue la de La Renga, en septiembre de 2024. Después la de marzo de este año, porque bailé un montón, y la tercera es la de septiembre de 2023, cuando terminamos haciendo un after increíble. Yo siempre digo que mis Babas favoritas son las que más pude bailar”.

En el caso de Renzo, la elección mezcla el detrás de escena con el vínculo que fue construyendo junto a las bandas.

"La de Vital (homenaje a Sumo) está entre mis favoritas por todo lo que pasó antes. Los ensayos, conocer a los chicos, ver cómo se armó ese homenaje. Después pondría la de Similares, porque además terminó con un after inolvidable, y arriba de todo el segundo aniversario, cuando Polifonía hizo el homenaje a Babasónicos. Para mí esa fue la mejor Babas en todos los sentidos. Trabajo, diversión, ambiente... todo cerró perfecto”.

Los dj´s Frankkystein e Intaky.

Mientras intercambian recuerdos empiezan a aparecer otras postales: la edición en la que tocó La Renga en el Predio Ferial, atravesada por visitantes que llegaron desde distintos puntos del país e incluso de Uruguay; la noche en que casi no se podía caminar dentro del Sótano por la cantidad de gente; las primeras veces que sintieron que la fiesta había superado cualquier expectativa.

Renzo: "Nos cuestionaron mucho hacer la Babas el mismo fin de semana que tocaba La Renga, pero fue una locura. Ahí conocimos gente de un montón de lugares. Había uruguayos que querían pagarnos con pesos uruguayos, otros con dólares. Fue la primera vez que sentimos tan fuerte que la fiesta también convocaba a personas que venían de afuera."

Las anécdotas se encadenan una detrás de otra y desembocan en otro tema que aparece varias veces durante la charla: el público. Aunque Babas suele asociarse a una generación joven, los organizadores aseguran que desde hace tiempo empezaron a notar un cambio.

Paloma: "Nos encanta cuando vemos gente de más de treinta años. Hay parejas, grupos de amigos, gente que vivió toda la época del rock nacional de los 90 y los 2000 y que encuentra en la Babas un lugar para volver a escuchar esas canciones. Siempre decimos que ojalá se animen más. La fiesta es para todos”.

Esa convivencia de generaciones es, para ellos, una de las mayores satisfacciones. En una misma noche pueden compartir la pista quienes descubrieron esas canciones hace poco con quienes crecieron escuchándolas. Algunos llegan para ver una banda, otros para reencontrarse con amigos y muchos simplemente porque saben que van a encontrar un buen clima.

Maite: "Nos gusta que venga gente que nunca fue. Que no piense que es una fiesta para un grupo cerrado. Al contrario. Si te gusta el rock nacional, si querés pasarla bien o simplemente conocer de qué se trata, la invitación siempre está hecha”.

Después de cuatro años, cada edición dejó recuerdos distintos para quienes la organizan. Pero todas terminaron construyendo algo que ya no puede medirse solamente por la cantidad de entradas vendidas. Construyeron una historia compartida con un público que, edición tras edición, también empezó a hacer propia la Babas.

MUCHO MAS QUE UNA FIESTA

Hay una pregunta que aparece varias veces durante la charla.

¿Qué es, hoy, Babas?

Los tres tardan en responderla. Ninguno habla de cantidad de gente, de entradas vendidas o de números. Tampoco mencionan primero a las bandas o a los DJs. Empiezan a hablar de personas. De amigos. De parejas. De recuerdos. Y entonces la entrevista toma otro rumbo.

Con el paso del tiempo empezaron a descubrir que la fiesta ya no terminaba cuando se encendían las luces del Sótano. Seguía viviendo afuera. En una entrada pegada en una pared. En un cuaderno donde alguien guarda todas las ediciones.

En una historia de Instagram de una persona que nunca habían visto y que, sin embargo, conserva una entrada como si fuera un recuerdo importante.

"Una vez vi la entrada de la primera Babas pegada en una garita de colectivos. Después empezamos a verla en notebooks, en paredes, en espejos. Y pensás: 'Esa persona no me conoce y tiene algo que hicimos nosotros formando parte de su vida'. Es una sensación muy rara y muy linda al mismo tiempo", reconoce Renzo.

Las sorpresas siguieron apareciendo. Un día un chico cayó con una remera hecha especialmente para la fiesta. Otro llevó vales para chapar impresos para repartir entre el público. Después llegaron los pedidos de autógrafos sobre las entradas. Y también las historias que ellos jamás imaginaron escuchar.

Paloma: "Conocemos parejas que se conocieron en la Babas. Gente que hoy es amiga porque empezó a hablar una noche en la fiesta. Nosotros mismos hicimos amigos ahí. Mi mamá me pregunta con quién me voy a juntar y muchas veces le digo: 'Con gente de la Babas'. Es gente que conocimos gracias a esto”.

Hasta hay un "bebé Babas", cuentan entre risas. No hace falta que expliquen demasiado. La fiesta empezó a generar vínculos que exceden completamente a quienes la organizan. Esa apropiación también se hace visible en situaciones mucho más cotidianas.

Renzo: "Vas caminando por la calle y te dicen 'vos sos de las Babas'. O entrás a un cumpleaños y enseguida alguien empieza a preguntarte por la fiesta. Es re lindo darse cuenta de que la gente la siente como propia”.

Ese reconocimiento convive con otra sensación mucho más íntima. La de seguir sin terminar de creer lo que pasa. Hay una imagen que los tres recuerdan con claridad. Llegaron al Sótano y encontraron una fila de personas esperando para entrar.

Maite: "Nos bajamos del Uber y nos quedamos mirando. Le decíamos al chofer: 'Nosotros hacemos esto'. Él ni nos dio bola. Pero nosotros seguíamos mirando la fila y pensando: 'No puede ser que toda esta gente esté esperando para entrar a una fiesta que hacemos nosotros'. Todavía hoy hay momentos en los que no lo podemos creer”.

Carolo

Sin embargo, sostener ese crecimiento también tuvo un costo. Hubo temporadas en las que organizaron varias Babas seguidas para juntar plata con la idea de viajar y hacer una fecha en Córdoba. La experiencia terminó siendo un límite.

Reanzo: "Llegó un momento en que todo el día hablábamos de la Babas. Nos levantábamos pensando en la Babas, nos acostábamos pensando en la Babas. Ya no era divertido. Era una carga. Me acuerdo de mandar un audio larguísimo diciendo: 'Chicos, no quiero hacer más Babas hasta el año que viene'. Estábamos agotados."

La pausa les devolvió el sentido original del proyecto.

Renzo: "Por eso nunca quisimos hacer una Babas todos los meses. Nunca pensamos la fiesta como un trabajo. Si un día gano dos pesos o doscientos mil, me da igual. Yo la hago porque me gusta hacerla, porque me gusta encontrarme con la gente. Si la hacés todos los fines de semana pierde la magia. Siempre digo que la Babas es como un Mundial. Justamente porque no pasa todo el tiempo”.

Esa decisión también explica por qué siguen apostando a una producción cuidada, incluso en un contexto económico que muchas veces obliga a resignar ideas. Les gustaría volver a llenar el escenario de cotillón, contratar filmmakers, fotógrafos y sumar nuevas propuestas estéticas. También conseguir sponsors que les permitan reinvertir todo ese dinero en la experiencia del público.

Maite: "Nunca pensamos en sacar plata para nosotros. Si algún día conseguimos más recursos, la idea es que vuelvan a la fiesta. Más producción, más cosas para la gente, más sorpresas. Ese siempre fue el objetivo”.

El sábado 11 de julio Babas volverá a abrir sus puertas para celebrar cuatro años. Habrá homenaje a Babasónicos de la mano de Carolo, los DJs Frankkystein e Intaky, la tradicional torta compartida con quienes lleguen hasta el final y, probablemente, algún detalle que todavía prefieren mantener en secreto.

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Pero el verdadero festejo empezó bastante antes. Empezó el día en que dejaron de preocuparse solamente por organizar una fiesta y entendieron que, casi sin proponérselo, habían construido un espacio donde cientos de personas encontraron un lugar para volver una y otra vez.

Quizás por eso, después de cuatro años, la definición más precisa sobre la Babas no aparece cuando hablan de producción, de números o de logística.

Aparece cuando intentan explicar por qué siguen haciéndolo. Porque ya no se trata únicamente de una noche de rock nacional. Se trata de un punto de encuentro. De una colección de recuerdos compartidos. De una comunidad que empezó con tres amigos que solo querían bailar y que, sin darse cuenta, terminó escribiendo una pequeña parte de la historia cultural reciente de Comodoro Rivadavia.

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