McFly & Los Elementales del Éter es un proyecto nacido en Comodoro Rivadavia que, desde 2017, viene construyendo una identidad propia entre el hard rock blusero, la experimentación sonora y una fuerte impronta performática. Con base dividida entre la ciudad petrolera y Buenos Aires, la banda encabezada por Gonzalo Sepúlveda —voz y guitarra— junto a su hermano Aníbal “El Chamán” Sepúlveda en batería, atravesó grabaciones caseras, cambios de formación, estudios profesionales y escenarios pequeños donde todo empezó prácticamente desde cero.
El punto de consolidación llegó en julio de 2017, cuando lanzaron su primer disco, Fisura, y lo presentaron en Sótano Pub. Pero ese momento no fue un comienzo improvisado: fue la consecuencia de al menos dos años de trabajo previo, intercambio creativo a la distancia y primeras experiencias de grabación que terminaron de moldear el proyecto.
La historia arranca formalmente en 2015, cuando los hermanos vuelven a conectar musicalmente después de una adolescencia en la que, aunque compartían gustos e influencias, cada uno transitaba su propio camino. Ambos egresados del colegio Dean Funes, crecieron en una familia sin tradición artística marcada. Fue Aníbal “El Chamán” quien introdujo la música en la casa y quien, tiempo después, se mudó a Buenos Aires para estudiar.
Desde entonces, el vínculo creativo se sostuvo a través de archivos enviados por celular: canciones grabadas de manera precaria, baterías programadas, líneas de bajo improvisadas y guitarras superpuestas como se podía. “Le mandaba cosas para que me dé su veredicto. Era medio así, a la distancia, pero ahí se fue construyendo algo”, explica Gonzalo en una entrevista con El Patagónico.
Foto: Instagram @ph.distortionbyumi
Ese “algo” empezó a materializarse en Agua en la Luna, cuando el estudio aún funcionaba en un pequeño galpón cerca del colegio Domingo Savio. Allí, junto a Pablo González —músico de Timoteo y su Granja de Hormigas, Los Hijos del Tío Tito y actualmente con su proyecto solista Pablo de Marte— registraron los primeros prototipos sin presupuesto y sin pretensiones industriales. Fue una etapa de formación colectiva: aprender grabando, experimentar sin presión y empezar a darle forma a un sonido.
Todavía no existía formalmente McFly & Los Elementales del Éter como banda estable. Pero las canciones ya estaban, el intercambio creativo era constante y la idea de salir a tocar comenzaba a volverse inevitable.
El quiebre llegaría en 2017.
FISURA: EL PRIMER SALTO
El primer disco oficial fue Fisura. Se grabó en 2017 con una lógica híbrida: las baterías registradas en un pequeño estudio en Caseros (Buenos Aires) —propiedad de un amigo de Aníbal— y el resto de los instrumentos grabados de manera casera. No había presupuesto amplio ni respaldo externo. La decisión fue pragmática: usar el estudio para aquello que no podía resolverse en casa y completar guitarras, bajos y voces con la placa que ya tenían.
“Grabamos las baterías allá porque no podíamos hacerlo en casa. Lo demás lo hicimos nosotros. Nos salió dos pesos, pero lo hicimos”, recuerda Gonzalo. Los seis temas del disco fueron compuestos íntegramente por él: música y letra. En esa primera etapa Aníbal no intervino en la estructura musical, algo que más adelante (Fisua II) cambiaría. Fisura fue, en esencia, el primer manifiesto personal de Gonzalo convertido en proyecto compartido.
El lanzamiento se realizó en invierno de 2017 en Sótano Pub. La entrada costaba 25 pesos. Tocaron cuatro bandas esa noche, entre ellas Raybet —que acababa de lanzar Dolori—, Juan Pablo Latosinski y Pablo González con Timoteo y su Granja de Hormigas. Era la primera presentación oficial de McFly. Primer disco. Primera vez en vivo con identidad propia.
La formación estaba compuesta por Gonzalo en voz y guitarra, Aníbal en batería y Ema Delgado —“el hematoma”, como lo llama entre risas— en bajo, uno de los primeros bajistas comprometidos con el proyecto. La expectativa era baja. “Sabíamos que probablemente no iba a ir nadie. Pero había que empezar. Si no empezás nunca, no construís nada”.
En esa fecha apareció un elemento que luego se volvería parte del lenguaje escénico: una flecha de cartón sobre la cabeza, inspirada en la tapa del álbum. Fue rudimentario, casi anecdótico, pero funcionó como disparador. “Fue el puntapié para pensar que siempre podía haber algo más. Aunque sea anecdótico”.
En términos musicales, Gonzalo define esa etapa como hard rock con fuerte raíz blusera. No había todavía un despliegue escenográfico complejo, pero sí una búsqueda de intensidad en vivo. El escenario funcionaba también como mecanismo para enfrentar el pánico escénico que arrastraba desde la adolescencia. “La perfo es como un disfraz. Me hace sentir más confiado. Me permite ir más allá”. Ese invierno de 2017 marcó el nacimiento público de McFly & Los Elementales del Éter.
LA CONSTRUCCION ENTRE DOS CIUDADES
Tras el lanzamiento de Fisura, el proyecto empezó a tensarse geográficamente. Aníbal residía en Buenos Aires; Gonzalo alterna estadías entre Capital y Comodoro por estudio. Mantener una banda con base en dos ciudades implicaba costos económicos, logísticos y físicos.
En un primer momento intentaron viajar constantemente su hermano y él para sostener la formación original. Pero el desgaste se hizo evidente. “Hubo un momento en que por plata mi hermano no podía venir a tocar. Y es entendible. Entonces fue necesidad: agarrar un batero acá”.
McFly & Los Elementales del Éter en Buenos Aires
Durante la pandemia, con Gonzalo más tiempo en Comodoro, se consolidó la versión local del proyecto. Mauricio “Moro” Ibarra —bajista que estuvo largo tiempo en la banda— recomendó a Cristian Paredes como baterista. Cristian, integrante de Jamyng y los de Pupeto y otros proyectos locales, se sumó tras un primer ensayo exploratorio.
La lógica fue clara desde el principio: no buscar clones de Aníbal ni reemplazos exactos, sino intérpretes con personalidad propia. “No pretendo que Cris toque como El Chamán. Si cambia el estilo, no es mejor ni peor. Es distinto. Y eso les da otro color a las canciones”.
Paralelamente, en Buenos Aires también intentaron armar formación local. La primera experiencia allí fue en Santos Lugares, en una esquina habilitada como espacio cultural por un conocido del fútbol once. Equipos prestados, ambiente familiar, público reducido. “Sabíamos que el público era cero. Pero es igual de excitante que la primera vez en El Sótano. Hay que empezar de nuevo”.
El mayor obstáculo en Capital fue el acceso a espacios. Los costos de sonido y alquiler exigían que la banda garantizara público propio, algo difícil para un proyecto emergente. “Para una banda que recién arranca, pagar todo el sonido y encima mover gente es muy complicado. Faltan más oportunidades para eso”.
A pesar de esas dificultades, el proyecto no se detuvo. La estrategia fue adaptarse: tocar en formato dúo cuando no había bajista estable, moverse en transporte público, grabar constantemente maquetas, mantener el canal de YouTube activo y Spotify, aunque esta última no fuera su plataforma de uso habitual.
La construcción en dos ciudades no fragmentó la identidad, sino que la obligó a volverse más flexible. McFly dejó de ser una formación fija para convertirse en un núcleo creativo con ramificaciones.
Entre Comodoro y Buenos Aires, entre estudios pequeños y escenarios improvisados, la banda se consolidó no por estabilidad, sino por insistencia. Y esa insistencia es, quizás, su rasgo más exacto.
LA MASCARA EMBRUJADA
Si Fisura (2017) fue el primer manifiesto, con Fisura II (2023) como segundo paso, La Máscara Embrujada (2025) representó una decisión más ambiciosa y consciente. Ya no se trataba de resolver con lo que había, sino de ir a un estudio profesional y grabar en condiciones técnicas óptimas.
La grabación se realizó en Parque Chacabuco, en Capital Federal. Dos jornadas completas —lunes y martes— de ocho horas cada una. Nueve canciones registradas en 16 horas.
No hubo margen para la duda. Gonzalo estaba por viajar a Comodoro y no quería postergar el proceso. “Yo no me iba sin grabar todo. Lo que faltara lo resolvíamos ahí, pero había que hacerlo ya”.
Las maquetas estaban preparadas. El trabajo previo en formato casero les permitió llegar con claridad estructural. En el estudio no hubo espacio para la improvisación logística: se grabó todo en tiempo y forma.
“Lo que sentimos fue que, después de años grabando con limitaciones, tener equipos buenos hacía todo más sencillo. No estábamos pendientes del error técnico sino de la interpretación”.
El productor fue Mauro Escobar, quien luego mezcló el disco junto a Aníbal. El rol del hermano volvió a ser central. Ya no solo como baterista sino como oído crítico y obsesivo en la etapa de mezcla. “Yo ya estaba conforme y él podía quedarse una hora escuchando el mismo sonido para encontrarle algo mínimo. Disfruta mezclar. A él no se le escapa una”.
Ese proceso consolidó una identidad sonora más definida. Si en Fisura el eje era la raíz blusera y la inmediatez, en La Máscara Embrujada aparecen capas más trabajadas, arreglos discutidos y una participación compositiva más activa de El Chamán.
A diferencia del primer disco —cuyos seis temas fueron íntegramente compuestos por Gonzalo—, aquí el intercambio fue más profundo. Aníbal empezó a proponer cambios estructurales, matices rítmicos, ajustes formales. “Discutimos, pero en buenos términos. Si hay justificación, se puede razonar. Pelear por música sería triste”.
CANCIONES COMO PROCESO E INFLUENCIAS
En esa evolución aparecen temas que Gonzalo identifica como nodales. El Blues Reptante (2018), primer track y primera canción presentada en vivo, la define como “el tema que inició todo”. No solo por orden en el disco, sino por cómo fue recibido y por el peso que adquirió con el tiempo.
También menciona Las Cenizas del Ocaso (2025), cuyo riff estuvo a punto de descartar. “Lo iba a tirar. No me gustaba. Pero quedó ahí, empezó a dar vueltas y terminó materializándose. Ahora lo siento totalmente internalizado”.
Hay canciones que aún no han sido presentadas en vivo, como “Como si pudiéramos”, que según él requiere una puesta más ambiciosa. Visuales, mayor despliegue instrumental, quizás teclados o una segunda guitarra. “No quiero tocarla así nomás. Tiene algo que sugiere más. Todavía no es el tiempo”. La relación con el repertorio no es estática: cada canción se resignifica en vivo o con el paso del tiempo. Algunas crecen. Otras esperan.
Gonzalo suele definir el proyecto como “hard rock blues”. No como etiqueta cerrada sino como punto de partida. El blues estructural —“tres notas”, dice sobre El Blues Reptante— funciona como base sobre la cual se montan distorsiones más pesadas.
En el origen aparecen referencias claras: Led Zeppelin y AC/DC no solo por lo musical sino por la dimensión performática. Los DVD en vivo que veía de adolescente marcaron su imaginario.
“No era solo la música. Era lo audiovisual. Esa presencia escénica. Yo quería hacer eso”. Desde allí se abrió el abanico: Invisible como puente hacia el rock progresivo, King Crimson, el primer período de Babasónicos, Los Natas y el stoner argentino.
McFly & Los Elementales del Éter en Buenos Aires
No se trata de replicar géneros, sino de absorber climas. “Con el tiempo dejás de pensar en un género. Hacés lo que sale. Pero todo eso está ahí, mezclado”. La diversidad aparece como búsqueda consciente: evitar que todas las canciones suenen iguales, que el disco no sea un bloque uniforme. La identidad no está en la repetición sino en la coherencia interna.
LA BOINA: UN SIMBOLO Y AMULETO
Antes de ser un elemento escénico, fue un objeto doméstico. La boina no nació como recurso performático ni como guiño estético al rock clásico. Fue un regalo.
Gonzalo tenía diez años cuando su abuelo se la dio. No era una pieza de vestuario pensada para un escenario, ni una estrategia de imagen. Era simplemente una boina que empezó a usar de manera cotidiana. Con el tiempo dejó de ser accesorio y pasó a ser parte del cuerpo.
Hoy, con 28 años, sigue siendo la misma. “No sé cómo no la perdí. Hay noches que no sé cómo llegué a mi casa, pero la boina estaba ahí”, dice en la entrevista, entre risa y asombro.
Ese detalle no es menor. En más de una década de recitales, mudanzas entre Comodoro y Buenos Aires, ensayos, viajes y noches largas, el objeto sobrevivió intacto. La permanencia terminó cargándolo de significado.
En escena, la boina cumple varias funciones simultáneas.
Primero, opera como anclaje emocional. Es una herencia afectiva directa. No es un símbolo inventado: es un vínculo con el abuelo, con la infancia, con la etapa previa a la música como proyecto formal. En un contexto donde la identidad artística muchas veces se construye a partir de decisiones calculadas, este elemento aparece como algo anterior a cualquier estrategia.
Segundo, funciona como dispositivo de confianza. Gonzalo habla abiertamente de su pánico escénico inicial. La exposición en vivo no fue algo natural ni cómodo desde el principio. La boina, en ese sentido, actúa como una especie de armadura mínima. “Tiene algo de confianza. Es como si me diera un poco más de seguridad”.
No es casual que la consolidación de su identidad escénica coincida con la consolidación del uso de la boina. Mientras la banda incorporaba elementos performáticos —la flecha en la cabeza, intervenciones visuales, mayor despliegue corporal— la boina se mantenía como constante.
Tercero, terminó convirtiéndose en marca visual. Sin haber sido diseñada para eso, genera reconocimiento inmediato. No es un sombrero neutro ni intercambiable. En el escenario, bajo luces, con guitarra y distorsión, construye una silueta identificable. En un circuito donde muchas bandas comparten estéticas similares, ese rasgo distintivo adquiere peso.
Gonzalo mismo lo reconoce con cierta ironía: puede remitir a Angus Young por asociación rockera, a un imaginario aventurero tipo Indiana Jones o incluso a una referencia lúdica como Mario Bros. Pero en su caso no responde a homenaje directo. Es anterior a todo eso.
Con el tiempo dejó de ser simplemente “la boina del abuelo” para convertirse en parte del personaje escénico. Y esa transición no fue forzada: fue orgánica.
En una banda cuyo nombre remite a lo elemental y lo etéreo, donde la performance funciona como extensión del sonido, la boina cumple el rol inverso: es lo concreto. Lo material. Lo heredado.
Mientras los discos evolucionan —de Fisura a La Máscara— y las formaciones cambian entre Comodoro y Buenos Aires, hay algo que permanece inalterable sobre el escenario.
Y eso también construye identidad.
ESCENA, COMUNIDAD Y FILOSOFIA
Para Gonzalo, la escena local no es solo un circuito de fechas: es un territorio formativo. McFly & Los Elementales del Éter no surge en un vacío creativo sino en un ecosistema específico, con sus limitaciones materiales y su potencia simbólica.
En Comodoro Rivadavia, tocar implica una decisión consciente. Cada fecha requiere autogestión, coordinación, armado técnico y convocatoria real. Esa situación, lejos de desalentar, termina moldeando una ética.
“Si no lo hacés vos, no lo hace nadie”, resume Gonzalo en distintos pasajes de la entrevista.
Esa lógica explica por qué insiste en compartir escenario con bandas nuevas. No lo plantea como gesto paternalista ni como estrategia de expansión de público, sino como convicción artística: la escena se construye colectivamente o se debilita.
Foto: Instagram @ph.distortionbyumi
En ese marco aparece la conexión con proyectos como Hostile Mad´s Wave (Los Hostiles), con quienes comparte afinidad sonora y concepción escénica. No se trata solo de un cruce musical —distorsión, peso, intensidad— sino de una manera similar de entender el vivo como experiencia total.
También menciona a Metanoia y destaca la evolución de su propuesta. Lo que le interesa no es únicamente el resultado final, sino el proceso: cómo una banda puede pasar de una primera presentación casi improvisada a una construcción conceptual más sólida. Ese recorrido le resulta valioso porque dialoga con el propio.
La filosofía que atraviesa este posicionamiento tiene dos ejes claros.
El primero es la no subestimación de lo local. Gonzalo cuestiona la idea de que lo valioso necesariamente proviene de los grandes centros urbanos. “Capaz te estás perdiendo algo recopado por subestimarlo por ser banda local o ser nueva”. En una ciudad atravesada históricamente por la lógica extractiva y por una identidad económica más que cultural, sostener una escena musical es también un gesto político.
El segundo eje es la frecuencia como construcción de identidad. No cree en la estrategia de aparecer esporádicamente para generar expectativa. Su planteo es más directo: tocar, insistir, estar presente. La mística no se construye desde la ausencia sino desde la continuidad.
Esa insistencia también es filosófica. En un contexto donde las condiciones materiales suelen ser adversas —poca infraestructura, limitados recursos técnicos, escasa visibilidad nacional— sostener un proyecto artístico se convierte en una forma de resistencia cultural.
McFly & Los Elementales del Éter se inscribe ahí: no como banda aislada sino como parte de un entramado que se retroalimenta. Cada fecha compartida, cada intercambio técnico, cada ensayo abierto contribuye a una escena que no tiene garantizada su permanencia. La conexión, entonces, no es solo musical. Es conceptual. La comunidad no es público pasivo, es red activa. Y en esa red, la identidad de la banda no se construye en oposición a las otras, sino en diálogo constante con ellas.
LO QUE VENDRA
En el horizonte inmediato hay un objetivo claro: asentar La Máscara. La idea es presentar el disco completo en Comodoro, con la formación extendida —incluido el Chamán— y con intervenciones performáticas entre canción y canción.
Además, Gonzalo convocó a nueve artistas visuales para que interpreten cada tema del disco y acompañen el lanzamiento en YouTube con piezas gráficas individuales. Un intento de expandir el proyecto hacia lo interdisciplinario.
En Buenos Aires, la meta es aumentar la frecuencia de fechas y consolidar los espacios ya conquistados.
Entre la fisura inicial y la máscara más elaborada, McFly & Los Elementales del Éter no se definió por estabilidad estructural sino por insistencia. No nació como producto acabado, sino como acumulación de intentos.
Dos ciudades. Dos bateristas en distintos momentos. Bajistas rotando. Estudios pequeños y estudios grandes. Galpones sin revocar y consolas profesionales.
El hilo conductor nunca fue la comodidad.
Fue la necesidad de seguir.