Juanjo Velázquez: el comodorense que hizo de la música un camino

Productor musical, guitarrista, bajista, compositor, docente y creador de Murumba, construyó una trayectoria atravesada por escenarios, viajes, aprendizajes y encuentros que ampliaron su manera de entender la música.

Juan José Velázquez es un músico comodorense cuya historia artística se fue construyendo a través de distintas etapas, instrumentos, escenarios y experiencias. La guitarra apareció temprano, cuando todavía era un niño, y con el tiempo se transformó en el punto de partida de un recorrido que incluiría bandas, formación, viajes, enseñanza, composición y trabajo profesional junto a otros artistas.

En esa trayectoria, cada cambio abrió una nueva etapa. El paso de la guitarra al bajo, la experiencia de estudiar en Cuba, los vínculos establecidos con músicos de diferentes lugares y el desarrollo de proyectos propios fueron ampliando su horizonte. La música dejó de ser solamente una práctica para convertirse en una forma de vida, una herramienta de aprendizaje y también un modo de relacionarse con los demás.

En comunicación con El Patagónico Velázquez habla de los escenarios y de los nombres con los que compartió distintos momentos, pero también de los ensayos, las dificultades, las decisiones y el trabajo cotidiano que suele quedar fuera de escena. Su recorrido incluye la interpretación, la producción, la composición y la docencia, con una mirada que pone el acento en la construcción colectiva antes que en el protagonismo individual.

Desde Comodoro Rivadavia hacia otros territorios y nuevamente con la ciudad como referencia, su historia permite seguir el desarrollo de un músico que nunca dejó de buscar nuevas formas de tocar, aprender y transmitir. Una búsqueda que encuentra en Murumba uno de sus espacios de expresión, aunque se extiende mucho más allá del nombre de una banda.

“Todo lo que me pasó en la vida, todo fue consecuencia de tocar la guitarra y de tocar el bajo”.

EL SONIDO DE LOS PRIMEROS DIAS

La historia musical de Juan José Velázquez comenzó mucho antes de los escenarios profesionales, los viajes y los nombres reconocidos con los que compartiría grabaciones y giras. Empezó en Comodoro Rivadavia, durante la infancia, cuando todavía no imaginaba que aquella fascinación por una guitarra terminaría marcando el rumbo de su vida..

A los ocho años, Velázquez era inquieto, distraído y con dificultades para concentrarse en la escuela. La actividad física aparecía como uno de los pocos espacios capaces de contener esa energía. Iba a hacer todos los deportes que podía al Gimnasio Municipal N° 1, y pasaba buena parte del día jugando al fútbol. Se crió en la zona de avenida Roca y Lisandro de la Torre, en un sector de la ciudad que por entonces tenía una fisonomía muy diferente de la actual. Donde después aparecerían nuevos barrios y viviendas, había descampados, cerros, canchitas improvisadas y caminos de tierra que los chicos recorrían para encontrarse con sus amigos. Sin embargo, hubo un momento preciso en el que algo cambió.

Su abuela Chona participaba de las actividades de la iglesia del barrio Ceferino. Los domingos asistía a misa y, en una de esas jornadas familiares, se organizó una reunión del grupo juvenil. En la parte inferior de la casa se juntaron varios jóvenes que habían armado un trío de guitarras. Velázquez tenía ocho años y acompañó a su abuela. No sabía que aquella visita iba a quedar grabada como el primer gran encuentro con la música.

Entre los instrumentos había una guitarra Ovation, una acústica que por aquellos años aparecía con frecuencia en las revistas musicales y que él había visto en manos de artistas como Víctor Heredia y Pablo Milanés. El instrumento le llamó la atención por su forma, pero fue el sonido el que terminó de atraparlo. La guitarra estaba ubicada a la altura de su mirada y, cuando comenzó a sonar, aquel chico quedó inmóvil, concentrado en algo que no podía explicar.

“Cuando escuché ese sonido, no pude nunca más en mi vida pensar en otra cosa”. La escena quedó asociada a una sensación de fascinación absoluta. Poco después, otro episodio reforzó esa conexión. En la casa de su abuela había un tocadiscos y, en una oportunidad, encontró un disco de Deep Purple. Lo puso sin conocer demasiado lo que iba a escuchar. La música irrumpió con una fuerza que lo desbordó y provocó una reacción que, con el tiempo, reconocería como una de las primeras manifestaciones de su vínculo emocional con el sonido: comenzó a llorar.

La música no ingresó a su vida como una actividad más. Desde el comienzo ocupó un lugar dominante. Después de ver tocar a su tío, intentó repetir la posición de los dedos y consiguió hacer sonar un acorde de sol. Ese pequeño logro fue suficiente para que quisiera seguir. A partir de entonces, la guitarra se convirtió en una presencia permanente.

Comenzó a estudiar con Juan Calo, uno de los referentes de su formación inicial. La relación con el instrumento creció con rapidez. A los doce años, Velázquez ya era considerado un alumno destacado y había alcanzado el título de profesor elemental de guitarra.

Velázquez recuerda que era un chico introvertido, aunque también podía mostrarse explosivo, se avergonzaba con facilidad y muchas veces se quedaba sin saber cómo responder frente a los demás. En ese contexto, la guitarra funcionó como una forma de canalización. Le permitió sentirse dueño de algo, encontrar un espacio propio y expresar una intensidad que no siempre lograba poner en palabras.

A los nueve años empezó a participar de las misas en la iglesia Ceferino. Se levantaba temprano los domingos, tomaba la guitarra y caminaba solo desde la zona de Roca y Lisandro de la Torre hasta la iglesia Ceferino. Salía alrededor de las siete o siete y media de la mañana para llegar a las ocho. El recorrido se volvió una rutina: caminar con el instrumento, participar de la celebración y regresar con la misma convicción de que eso era lo que quería hacer.

La formación no se limitó a las clases con Calo unicamente. El aprendizaje también se produjo al escuchar discos, mirar fotografías de músicos, seguir las publicaciones especializadas y tratar de imaginar una vida vinculada a esos escenarios. En aquellos años, las revistas Pelo y Musiquero eran una referencia.

La espera por esas revistas tenía algo de ceremonia. Los domingos se acercaba a un kiosco ubicado cerca de Kennedy y Polonia. Esperaba que llegaran los ejemplares y los revisaba con atención. No solo quería escuchar a esos artistas: también quería conocer los lugares donde grababan, como trabajaban e imaginarse en ese mundo.

A los dieciséis años, mientras compartía esa inquietud con otros músicos jóvenes, le decía a su compañero de banda que algún día quería grabar en esos estudios y tocar con aquellas figuras que aparecían en las revistas. La frase podía sonar desmesurada para dos adolescentes que ensayaban en Comodoro, pero terminó funcionando como una especie de anticipación de lo que vendría.

Su ingreso al circuito musical de la ciudad ocurrió de manera progresiva. Primero apareció la posibilidad de tocar con un tío que había integrado una banda en las décadas del sesenta y setenta. El grupo se llamaba Los Pipers y estaba vinculado a la escena de aquella época. El tío lo invitó a un ensayo y Velázquez llegó a una sala ubicada junto al diario El Patagónico, sobre la calle Sarmiento.

Tenía alrededor de doce años. En la sala se encontró con músicos mayores, entre ellos Charito Díaz en el bajo, su tío en la guitarra y el Eduardo Apeleo en otra guitarra. La escena lo impactó. Hasta ese momento había trabajado sobre todo con repertorio clásico y ejercicios de estudio. De pronto se encontraba frente a una banda, con instrumentos conectados y músicos que tocaban juntos.

Su tío le pidió que sacara una canción. Velázquez dijo que conocía “La Bamba”. Le alcanzaron una guitarra Folkstar de color celeste. La tomó, la hizo sonar y volvió a experimentar aquella sensación que había tenido al escuchar la guitarra por primera vez. El sonido producido en una sala de ensayo fue distinto al de la iglesia o al del tocadiscos, pero la emoción se pareció: una mezcla de sorpresa, felicidad y desborde.

Recuerda que comenzó a reírse de una manera incontrolable. No se trataba de una risa provocada por una situación graciosa, sino de una reacción física frente a la felicidad de estar escuchando la música en primera persona.

A partir de ese momento, la experiencia de tocar con otros músicos comenzó a ganar terreno. La guitarra dejó de ser solamente un instrumento de estudio y pasó a convertirse en una herramienta para participar de una escena. Comodoro tenía un circuito de bandas, salas, bares y espacios donde los músicos se encontraban, ensayaban y buscaban la posibilidad de presentarse.

Velázquez formó parte de distintas agrupaciones y se vinculó con músicos de diferentes recorridos. Una de las primeras fue Cítricos Extravagantes, una banda con una impronta punk en la que compartió experiencias con Ángel Alaniz. Los ensayos podían extenderse durante toda la madrugada. Se juntaban los sábados desde la medianoche hasta las seis de la mañana, en jornadas atravesadas por la música, la amistad y la intensidad propia de una adolescencia que encontraba en las bandas una forma de pertenencia.

Después llegó Confusión, un proyecto de música instrumental que se apartaba de los formatos más habituales. La banda realizó su debut en el Circe, luego de una etapa de organización que incluyó volanteadas, búsqueda de auspiciantes y gestiones para conseguir el espacio. La presentación estuvo marcada por las dificultades de producir un recital con pocos recursos y mucha voluntad.

En esos años también apareció Rock and Jazz, un espacio donde Velasquez tocaba habitualmente y que recuerda como uno de los puntos de encuentro de la escena rockera local. Allí tocaban bandas de distintos estilos y circulaban personajes que formaban parte de la vida nocturna de la ciudad. El lugar reunía a músicos, seguidores y jóvenes que buscaban un espacio para escuchar y tocar rock.

La época estaba atravesada por una fuerte intensidad. Eran los años posteriores a la dictadura, con la democracia todavía relativamente reciente, y la escena rockera podía desarrollarse en medio de razzias, conflictos y situaciones de tensión. Velázquez recuerda noches en las que las bandas debían interrumpir sus actividades ante la llegada de la Policía. Los músicos y el público salían corriendo para evitar ser detenidos, en una dinámica que hoy puede parecer lejana, pero que para quienes participaban de aquel circuito formaba parte de la experiencia cotidiana.

También fue testigo de episodios multitudinarios, como el recital de los 113 Vicios en Plaza España durante un aniversario de la empresa estatal de servicios. El recuerdo aparece asociado a una batalla campal que comenzó después de que una botella impactara contra la cabeza de un niño. En pocos segundos, una situación vinculada a la música se transformó en una pelea generalizada. Velázquez terminó colaborando para desarmar y guardar la batería de Alakrán Márquez antes de retirarse del lugar.

En paralelo, Velázquez fue ampliando sus intereses musicales. Su escucha se formó principalmente con el rock inglés. Deep Purple, Led Zeppelin y The Police ocuparon un lugar importante en su educación autodidacta. También se acercó al heavy metal y, más adelante, a la música experimental y electrónica. Esa mezcla de influencias convivió con las experiencias que tendría posteriormente en otros territorios y con los aprendizajes que surgirían de la formación académica.

La adolescencia también estuvo marcada por el deseo de salir de Comodoro y conocer otros espacios de estudio y trabajo. La ciudad había sido el punto de partida, pero el horizonte empezaba a ampliarse. Las revistas, los discos y los relatos sobre músicos de otros lugares alimentaban una expectativa cada vez más concreta: llegar a Buenos Aires, estudiar y acercarse a una escena musical más amplia.

Ese paso no se produjo de manera lineal. Antes hubo trabajos, bandas y distintas formas de sostener la actividad musical. Velázquez integró proyectos destinados a fiestas y presentaciones, porque vivir de la música todavía parecía una posibilidad difícil de alcanzar.

Aun así, la idea persistía. El chico que caminaba los domingos hasta la iglesia con el instrumento al hombro se había convertido en un adolescente que ensayaba de madrugada, armaba bandas, organizaba recitales y soñaba con trabajar en lugares donde trabajaban músicos cuyos nombres leía en las revistas.

La salida de Comodoro significó el comienzo de otra etapa. El viaje hacia Buenos Aires y, posteriormente, hacia Cuba, no implicó abandonar la historia construida en la ciudad, sino llevarla consigo. En ese equipaje iban la formación con Juan Calo, las primeras bandas, las salas de ensayo, los escenarios locales, los amigos y una relación con la música que ya no podía pensarse como una actividad secundaria.

Todo lo que vendría después —la formación, los cambios de instrumento, los encuentros con grandes músicos y el desarrollo de proyectos propios— tendría su origen en aquellos primeros años. En la infancia de un comodorense que encontró en la guitarra una manera de ordenar el mundo y que, desde entonces, comenzó a construir su vida alrededor de la música.

EL BAJO, LOS CAMINOS Y LOS ENCUENTROS

La guitarra había sido el primer amor musical de Juanjo. Desde los ocho años, el instrumento ocupaba un lugar central en su vida y, a los doce, ya había alcanzado el título de profesor elemental. Su formación avanzaba con rapidez y Juan Calo, su maestro, llegó a considerarlo uno de sus mejores alumnos. Sin embargo, detrás de ese reconocimiento había una dificultad física que con el tiempo se volvería determinante.

Cuando tenía cuatro años, un accidente le había provocado una lesión grave en uno de los dedos de la mano. El tendón quedó afectado y, aunque recibió atención médica, la movilidad nunca volvió a ser la misma.

A los 12 años, Calo convocó a sus padres para hablarles de su futuro. Le explicó que Juanjo podía convertirse en un gran guitarrista, pero que necesitaba operarse. También les planteó la posibilidad de conseguirle una beca para estudiar en el Conservatorio Nacional, en Buenos Aires, con vivienda incluida. La propuesta abría una puerta enorme para un chico que todavía no había terminado la escuela primaria.

La operación se realizó varios años después del accidente. Para entonces, el tendón ya no pudo ser localizado, por lo que la intervención no resolvió el problema. La guitarra seguía siendo el instrumento que más le gustaba, pero tocarla se había convertido en una experiencia a veces frustrante por la imposibilidad física.

En ese contexto apareció el bajo. Al principio fue una compra casi circunstancial. Durante una recorrida por una casa de música de la peatonal Florida, cuando ya estaba instalado en Buenos Aires, vio un instrumento usado de la marca Riverhead, que se vendía por 150 dólares. Lo compró sin imaginar todavía que ese bajo terminaría siendo la herramienta con la que desarrollaría una nueva etapa de su carrera.

CUBA: UNA NUEVA ETAPA

Velázquez llegó a La Habana con la intención de estudiar música. No había elegido Cuba para dedicarse exclusivamente a la música cubana, sino para profundizar en su formación musical en un sentido amplio. Allí estudió armonía tradicional, armonía contemporánea, entrenamiento rítmico, bajo y dirección de voces. La exigencia académica se sumó a una disciplina personal que ya estaba presente desde la infancia.

En Cuba, el bajo dejó de ser un instrumento comprado al paso. Hasta ese momento había interpretado el instrumento como un guitarrista que toca el bajo, pero allí empezó a asumir verdaderamente el rol de bajista.

La amplitud entre las cuerdas le permitía trabajar con mayor comodidad. La mano encontraba un espacio diferente y la dificultad que había condicionado su relación con la guitarra dejaba de tener el mismo peso. El bajo le ofreció una manera de expresar su concepción musical.

“Yo encontré en el bajo el mejor instrumento con el que podía transmitir lo que es mi manera de ver la música”. Su interés no estaba puesto en el virtuosismo como demostración técnica. Le aburría la música que, según su mirada, se concentraba únicamente en exhibir destreza. Lo que buscaba era otra cosa: participar de la construcción general de una canción, comprender el lugar de cada instrumento y aportar desde una función que conectara el ritmo con la armonía.

Para explicar ese papel, utiliza una imagen futbolera. “El bajo es el número cinco del equipo”. En su razonamiento, la batería y la percusión conforman la base rítmica, mientras que las guitarras y los teclados se desarrollan principalmente en el terreno armónico. El bajo ocupa una posición intermedia: recibe lo que viene desde la base y lo conecta con el resto de los instrumentos.

La formación en Cuba profundizó esa mirada. Estudiar armonía y conduccion de voces le permitió entender la música desde una perspectiva más amplia. El bajo dejó de ser solamente un instrumento que acompañaba una canción para convertirse en un punto de observación desde el cual podía leer el conjunto. Desde allí podía escuchar la batería, las voces, las guitarras, los teclados y los arreglos de viento.

La música también se filtraba en sus sueños y en sus momentos de descanso. En una ocasión se despertó con un arreglo musical en la cabeza, tomó la guitarra que tenía junto a la cama y comenzó a buscarlo hasta encontrarlo. Aquella idea terminó formando parte de una canción. La escena resume una relación con la creación que no se limitaba al horario de ensayo: las melodías podían aparecer en cualquier momento y exigían ser registradas antes de desaparecer.

De regreso en Argentina, luego de 3 años de estudio musical en Cuba, su primer trabajo profesional fue junto a un conjunto folclorico que apadrinaba León Gieco, en 2004. La relación tenía un peso especial porque la primera canción completa que había aprendido a tocar en su vida había sido “La colina de la vida”, de Gieco. Años después, aquel músico que había formado parte de sus primeras escuchas se convirtió en su compañero de ensayo.

En esos encuentros, Gieco agarraba la guitarra, mientras Velázquez tocaba el bajo y el resto de los músicos repasaba los acordes y las estructuras de las canciones. En una de esas ocasiones, Gieco le entregó su guitarra histórica, un instrumento fácilmente reconocible por sus detalles. Juanjo la tomó con una mezcla de respeto, emoción y asombro.

Los viajes y las giras ampliaron todavía más ese universo. Velázquez comenzó a vincularse con músicos que antes conocía únicamente por los créditos de los discos. En ese recorrido apareció Marcelo “Bebe” Ferreyra, trombonista y músico de amplia trayectoria, a quien admiraba desde hacía años.

El primer encuentro se produjo durante una prueba de sonido. Velázquez estaba trabajando como director musical y había sido convocado un trombonista. No conocía personalmente a quien iba a llegar. Cuando el músico apareció, Juanjo no lo reconoció de inmediato. La identificación se produjo cuando le dijeron que se trataba de “Bebe” Ferreyra, un artista al que seguía desde los quince años y cuyos trabajos aparecían en discos que él escuchaba.

A partir de la química musical surgida entre ambos en ese momento, Ferreyra comenzó a participar en distintos trabajos y las primeras presentaciones de lo que terminaría siendo Murumba. Incluso cuando el dinero era escaso, aceptaba ir a tocar con él. En una de esas conversaciones le dijo que tenía algo distinto, una manera particular de abordar el instrumento. La relación profesional se convirtió con el tiempo en una amistad personal y familiar.

Otro encuentro significativo se produjo con Daniel “Piti” Fernández, guitarrista y miembro fundador Los Piojos y cantante de La Franela. La historia comenzó en La Habana, cuando una joven argentina que se alojaba temporalmente en la casa de Velázquez conoció a integrantes de la banda durante una caminata por el Malecón. Ella les contó que estaba viviendo en la casa de un músico comodorense que estudiaba y trabajaba en Cuba.

En aquel momento, Velázquez también participaba de proyectos vinculados con el teatro, la producción y la organización de espectáculos.

Piti Fernandez y Dani Buira fueron a casa de Juanjo que no sabía demasiado sobre la dimensión que la banda estaba adquiriendo en Argentina y especialmente en Comodoro. Se había ido de la ciudad petrolera antes de que el grupo alcanzara su mayor popularidad y durante su estadía en Cuba no contaba con internet ni con una comunicación fluida que le permitiera seguir lo que ocurría en el país.

Cuando Piti llegó a su casa, el primer contacto fue directo y descontracturado. Después de una breve conversación, salieron a caminar y terminaron compartiendo una tarde de música. Más tarde se sumaron Dani y otros músicos. Velázquez tomó la guitarra y comenzaron a tocar sin una planificación previa.

La improvisación se extendió durante horas. Empezaron cerca de las dos de la tarde y terminaron alrededor de las once de la noche. La comunicación se produjo principalmente a través de los instrumentos. No necesitaban hablar demasiado para entender hacia dónde iba la música. La conexión apareció en los acordes, los ritmos y las respuestas entre los músicos.

La relación con Piti se profundizó a través de la música. Velázquez empezó a colaborar en las preproducciones de las canciones de La Franela. La colaboración se desarrolló de manera gradual, a partir de encuentros informales en los que armaban maquetas.

En ese proceso, Velázquez comenzó a trabajar también como productor y compositor. Hasta entonces había sostenido principalmente su carrera como intérprete y músico de acompañamiento. Había girado, trabajado de la música, pero no se había imaginado con la misma confianza como autor de canciones.

La situación cambió a partir de una situacion personal que lo obligó a reorganizar su vida. Frente a ese escenario, volvió a recurrir a la música como lo había hecho desde niño.

Ya tenía herramientas de grabación y un estudio. Se sentaba frente a la computadora, armaba bases rítmicas y comenzaba a componer. No lo hacía con un plan definido ni con la intención inmediata de producir un disco. Era, una vez más, una manera de atravesar una situación difícil: buscar en la música una forma de sostenerse.

De esas sesiones surgió una base que más adelante se convertiría en “Palabras”, canción incluida en un disco de La Franela. La idea inicial estaba relacionada con el valor de la palabra y con la manera en que puede construir, transmitir, herir o transformar. Velázquez llevó la propuesta a Piti, y entre ambos continuaron desarrollando el concepto, la letra y la música.

La canción quedo en el disco de La franela " De Palabras" y terminó dando nombre al disco. Además, quedó ubicada como primer tema. Para Velázquez, aquella decisión significó un reconocimiento que excedía el resultado puntual de una composición. Era la confirmación de que podía aportar desde un lugar propio, con una voz que había comenzado a construir después de muchos años de tocar para otros.

El recorrido también estuvo atravesado por otras colaboraciones, presentaciones y encuentros. Velázquez recuerda que muchas de esas oportunidades surgieron sin planificación. Personas que lo habían escuchado tocar lo convocaban para nuevos trabajos. En lugar de presentarse como alguien que buscaba ingresar a determinados círculos, él se encontraba con puertas que se abrían a partir de lo que hacía sobre el escenario.

“Todo lo que me pasó fue porque me vieron tocar y porque me vieron trabajar”, resalta. Para él, la confianza se construyó en la acción, en los ensayos, en las grabaciones y en la capacidad de responder musicalmente cuando llegaba una oportunidad.

El bajo terminó ocupando un lugar central en esa trayectoria. La lesión que había condicionado su relación con la guitarra dejó de ser el único eje de su identidad musical. El nuevo instrumento le permitió desarrollar una voz propia y encontrar una función desde la cual podía intervenir en los proyectos de manera más amplia.

Con el tiempo, esa experiencia desembocaría en la composición, la producción y el desarrollo de sus propios trabajos. El rock que había escuchado durante la infancia, la formación académica, la música cubana, los viajes y las colaboraciones comenzaron a confluir en una búsqueda personal. El camino hacia la identidad de Murumba ya estaba en marcha, aunque todavía quedaban etapas por recorrer y sonidos por descubrir.

EL CAMINO HACIA SUS PROPIAS CANCIONES

El recorrido profesional también encontró una forma de continuar en Comodoro desde otro lugar. Entre 2010 y 2011, mientras viajaba regularmente al norte de Santa Cruz y Comodoro, Velázquez recibió un llamado de la Escuela de Arte. La institución seguía su trayectoria y le propuso que comenzara a dar clases. La propuesta llegó después de varios años de trabajo musical y terminó abriendo una etapa vinculada directamente con la transmisión de conocimientos.

La respuesta inicial estuvo atravesada por su propia historia con la institución. Había sido expulsado de la Escuela de Arte cuando era un joven que solo pensaba en la música y los escenarios. Con ese historial comenzó a dar clases un viernes al mes.

La jornada empezaba a las cinco de la tarde y podía extenderse hasta las diez de la noche. Las horas estaban organizadas en grupos de cuatro o cinco estudiantes y cada encuentro tenía un objetivo concreto. En 45 minutos debían trabajar una melodía, un ritmo, una vuelta armónica y un boceto de creación musical.

La dinámica terminó desbordando esa estructura. Los estudiantes que completaban su hora preguntaban si podían quedarse y se sumaban al grupo siguiente. De una clase pensada para pocos alumnos se llegó a reunir entre 30 y 40 jóvenes durante la tarde.

La experiencia dejó una forma de entender la enseñanza que todavía aparece en su manera de relacionarse con otros músicos. Velázquez comenzó a escuchar canciones de jóvenes que le escribían para mostrarle sus trabajos y se tomaba el tiempo para hacerles una devolución. Compartir lo aprendido pasó a formar parte de su vínculo con la música.

Esa misma mirada comenzó a trasladarse con mayor fuerza hacia la composición. El proceso fue lento y tuvo momentos concretos que le permitieron reconocerse también desde ese lugar.

Uno de ellos fue “Mañana Sylvestre”, una canción que nació a partir de una situación que le tocó atravesar escuchando el programa Gustavo Sylvestre, estando en medio de una situación complicada personalmente, las palabras del reconocido conductor lo ayudaron y decidió escribir una canción. Velázquez decidió trabajar sobre una escena específica, la de un trabajador que se levanta a las cinco de la mañana, enciende la radio y comienza su jornada.

La canción exigió un trabajo minucioso. Escribió alrededor de diez borradores y cada uno demandó varios días. La primera imagen apareció rápidamente con una frase que ubicaba la radio como parte de ese comienzo del día. A partir de allí fue construyendo la letra hasta encontrar la forma definitiva.

El tema llegó a los oídos del “Gato” Sylvestre. El productor Sebastián Pedrón le comunicó que el periodista quería ponerlo al aire inmediatamente. Velázquez todavía consideraba que el coro podía tener otra forma, pero la decisión ya estaba tomada.

La canción salió al aire y llegó a convertirse en primera tendencia en Twitter en Argentina. La repercusión le produjo algo más profundo que la sorpresa por el alcance. Terminó de darle confianza para asumir la composición como una parte central de su trabajo.

Desde entonces, las canciones propias comenzaron a ocupar un espacio cada vez mayor. Hoy Juanjo trabaja sobre los nuevos lanzamientos de Murumba. “Ahora apuesto todo a mis canciones”, resume.

En ese presente aparece “Cuándo?”, una composición que ocupa un lugar especial dentro de su producción reciente. El tema fue elegido como lanzamiento recomendado de la semana por el editor de Rolling Stone y sorprendió incluso al propio Velázquez cuando descubrió la recomendación.

La canción tiene una estructura particular. Parte de una introducción y luego desarrolla un relato que avanza sin ajustarse a una forma convencional de estrofas y estribillos. Para Velázquez, se acerca más a una obra teatral o a una película que a una canción tradicional.

El arreglo también surgió de una situación inesperada. Lo soñó. Al despertarse tomó la guitarra y reconstruyó aquello que había escuchado mientras dormía. Ese trabajo terminó convirtiéndose en el arreglo definitivo.

“Cuándo?” concentra también una idea que atraviesa su manera de mirar el recorrido realizado. El cambio aparece como una constante. Lugares, trabajos, viajes y etapas fueron modificando el rumbo y muchas veces las decisiones surgieron sobre la marcha. La canción tomó esa experiencia y la convirtió en relato.

De esta canción participan como invitados, Sebastián Cardero en batería (Los Piojos/La Franela), Manuel Uriona en percusión (Bersuit Vergarabat) y Cristian Puschel (Coloco Club/LosCheremeques).

“Cuándo?” forma parte de un EP que ya tiene nombre y será una clara referencia a la ciudad que lo vio nacer, que para Velázquez representa una parte fundamental de su historia personal.

El título reúne pasado y presente. El lugar donde creció aparece ahora convertido en el nombre de un trabajo que reúne las canciones de esta nueva etapa. Velázquez tiene previsto presentar el EP cuando avance con los próximos lanzamientos.

La historia vuelve así a encontrarse con Comodoro desde una perspectiva diferente. La ciudad aparece en los recuerdos, en los vínculos que permanecieron durante los años y también en una obra que todavía está en construcción.

El recorrido continúa abierto. Hay nuevas canciones, un EP en preparación y una etapa en la que Velázquez decidió poner sus propios temas en el centro.

Y entre todas esas canciones hay una que, por su forma, por su historia y por aquello que representa para su autor, resume este momento.

“Cuándo?”

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