Malvinas: un camino de 40 años para llegar al mismo sitio

Por Martín Montenovo

Resulta complejo abarcar un hecho histórico como Malvinas en forma integral por su inmensidad. Un gobierno militar que se propuso reconvertir la economía del país, iniciativa en la que la represión ilegal fue uno de sus capítulos más terribles, ya se enfrentaba con las consecuencias de sus propios actos: pobreza, endeudamiento externo, crisis cambiaria.

En dicho contexto, a alguien se le ocurrió perpetuar el régimen apelando a una de las grandes utopías nacionales, la recuperación de las islas. Y así, sin más, una operación sorpresiva logró el objetivo. Entonces la plaza de la primera protesta sindical de la CGT contra el Gobierno militar del 31 de marzo de 1982 se convirtió en la plaza de la algarabía y Galtieri desde el balcón de la Casa Rosada quizás pensó que el plan podía funcionar.

Representaba un cuadro de realismo mágico que hasta García Márquez envidiaría. Pero claro, era declararle la guerra a la OTAN y si hoy Rusia se cuida muy bien de hacerlo, la estrategia de creer que no iba a ocurrir nada pronto cedió ante la evidencia de que Gran Bretaña había llegado. Y más allá que los medios de comunicación nacionales nos anunciaban la victoria, para comienzos de junio de 1982 la algarabía había cedido ante el clima de derrota, solo mitigado por el fútbol, siempre el fútbol, pues increíblemente había comenzado el Mundial de España 82, al que llegábamos como campeones mundiales y del cual también nos retiraríamos derrotados.

Semejante frustración solo podía digerirse mediante otra, gran utopía colectiva: el regreso de la democracia. El fervor participativo inicial pronto fue cediendo ante el hecho que votar no asegura por sí mismo ni comer ni curarse ni educar, y unos años después pretendimos mágicamente ingresar al primero de los mundos en un contexto de fin de guerra fría, globalización y multipolaridad, tomando a cualquier costo el último vagón del tren de la modernidad que en 2001 evidentemente descarriló, al menos ese vagón.

Luego, cada vez con menos entusiasmo, nos abrazamos a la utopía de la distribución justa del ingreso, sin percibir que la riqueza también debe generarse, a riesgo en contrario de distribuir solo pobreza, para concluir en un nuevo intento de ingreso al tren de la modernidad, esta vez por la ventana, que nos dejó en una realidad de marginación, pobreza, endeudamiento externo.

No hace falta decir, que similar, aunque peor, que en 1982 los mártires del proceso de subdesarrollo e inequidad que comenzó en 1976, y especialmente, la ofrenda de sus vidas que hicieron quienes fueron a combatir a Malvinas, deberían obligarnos, entre muchas otras cosas, a evitar que se escuchen las voces que cada vez con mayor nitidez hoy en día proponen otras guerras, internas, visualizando enemigos donde hay vulnerables, proponiendo soluciones " mágicas" y drásticas. Todo ello, en lugar del intento de recorrer otro camino, el de un país que concrete sus enormes potencialidades productivas, distribuyendo esa riqueza con equidad, sin prescindir de ninguno de sus habitantes. Sino, quedará Qatar como la pequeña utopía que nos haga olvidar del sendero recorrido para llegar al mismo sitio, claro, si el VAR lo permite.

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