Pablo González, un músico que lleva la independencia por bandera, no es fácil de encasillar. "Siempre me sentí como el raro, el que iba por otro lado", admite, recordando su adolescencia. Influenciado por las grandes bandas del rock nacional como Pescado Rabioso y Color Humano, su historia con la música comenzó en los años 90, cuando todavía era un niño en el barrio, rodeado por las canciones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y el rock que sonaba en la radio. “Tengo un cassette de Los Redondos que tiene como 34 años y me regaló mi papá. No es original, a él se lo grabaron y yo lo guardo como un tesoro”, cuenta.
En su adolescencia soñaba con formar una banda mientras todos se preparaban para comenzar a trabajar o a estudiar algo que sea rentable. Comenta a El Patagónico.
Su música, profundamente introspectiva, toca temas universales como la ansiedad, la lucha interna y el amor. “Mis letras hablan mucho del interior, de tratar de entenderme”, explica. En "Todo va a estar bien", una de sus canciones, aborda la ansiedad con un mensaje claro: “seguí intentándolo, no te rindas”.
LA GUITARRA QUE VOLVIO A ENCONTRAR Y SU CAMINO MUSICAL
A los 17, Pablo se compró su primera guitarra eléctrica tras ahorrar durante un mes mientras ayudaba a su padre a pintar casas. La guitarra llegó a él de una manera especial: “Era una guitarra que toqué una vez en casa de unos conocidos, y luego, a las semanas me la encontré en la tienda ´+ Que Vencedores´. A sí que es la única guitarra eléctrica que toque en mi vida, y sigue siéndolo hasta ahora, no tengo otra, creo que fue el destino”, dice.
El trayecto no fue fácil ni mucho menos convencional. Durante meses tocó conectado a los parlantes rotos de una PC para suplir la ausencia de un amplificador, transformando lo que para muchos era un obstáculo en una especie de distorsión casera. “Era un quilombo como sonaba, pero me re sirvió para practicar. Cuando amas la música, no necesitas grandes equipos, necesitas ganas”, afirma con seguridad.
Pablo comenzó a componer a los 19, recordando sus primeras letras con cariño. "Ahora leo cosas que escribí hace 14 años y digo: ¡qué buena letra!", comenta risueñamente. Sin embargo, su evolución como compositor ha sido constante. Hoy en día, escribe de manera diferente, mezclando experiencias personales con ficción: “A veces invento historias o transformo lo que veo, en otros escenarios”.
A lo largo de los años, su sonido también ha evolucionado tanto como su identidad artística. Desde tocar en locales con "Los Hijos del Tío Tito", su primera banda, hasta fusionar el indie y el lowfi bajo el seudónimo de “Timoteo y su Granja de Hormigas”. Pero fue en plena pandemia cuando nació Pablo de Marte, un proyecto minimalista, con baterías armadas con cajas de ritmos y cargado de guitarras con influencias más del postpunk en un estudio que fue creciendo con los años.
En ese comienzo nacieron canciones como "Canción 4", “Canción 2”(grabada con un teclado de los 90 Casio )o El Fuego, que se han convertido en manifestaciones de su búsqueda interna. “Siempre me sentí como fuera de todo, soy colgadísimo encima y es como si siempre estuviese en otro planeta, y aparte por el dibujito de los 90 “Los Motorratones de Marte” de ahí viene”, detalla sobre el nombre de su último proyecto.
Su proceso creativo varía, algunas canciones nacen casi por arte de magia. Tal es el caso de “No veías nada en mí”, un tema que compuso en un día y al otro lo grabó completo. "Eran las 6 de la tarde y la letra empezó a llegar toda en el momento. La grabé al otro día y a las 5 de la mañana salió por Youtube", recuerda Pablo. Sin embargo, otras composiciones tardan años en completarse, como el cuarto adelanto de su próximo disco, que verá la luz ahora en Octubre y que le tomó cuatro años terminar.
Creo que cada canción tiene su proceso propio, ese proceso puede ser de un día como de 4 años como con la nueva canción.
VOLVER AL CASSETTE
Además de su música, Pablo experimentó con formatos físicos. Recientemente lanzó una edición limitada en cassette, cada uno dibujado y grabado a mano por él mismo. “Quería hacer algo que fuese más allá del audio, algo conceptual. Los cassettes tienen esa magia, ese sonido que hace tic-tac cuando los ponés en la cassetera”, explica. El proyecto nació casi por casualidad, inspirado por una historia de un primo de Misiones y por el legado del artista Daniel Johnston, conocido por ser de los máximos exponentes del Lowfi y por sus ediciones caseras y arte personal en cada una de ellas.
Pablo cuenta con orgullo cómo se las ingenió para grabar cada cassette de manera artesanal. “Conseguí un equipo de música viejo pero que está como nuevo y me pasé los audios de la compu al celu y del celu uno por uno los fui montando en los cassettes. Quería que cada cassette fuera único, como los que regalábamos a los amigos en los 90. Es algo que va más allá de la música", explica, describiendo el meticuloso proceso de edición que él mismo realizó. El resultado fue una tirada limitada que se agotó rápidamente, lo que le dio el empuje para pensar en un volumen dos.
CINE, FOTOGRAFIA Y EL ARTE COMO PUNTO PRIMORDIAL
De espíritu libre, Pablo ha sido fiel a sus principios, evitando las convenciones del mercado musical. "No me interesa tocar en eventos donde al arte no se le da la importancia que realmente tiene ", afirma con convicción. Ha presentado sus discos en patios y espacios alternativos, siempre rodeado de otros artistas visuales y poetas. "Para mí, el arte va por otro lado. Me gusta tocar donde realmente se sienta esa conexión", agrega, resaltando al mítico local El Sótano como un espacio en dónde se siente cómodo y recibe un excelente trato como artista y persona.
Su trayectoria no solo se limita a lo musical. También ha explorado la fotografía y la filmación, siempre con un enfoque alternativo y artístico. "Siempre fui amante del cine, de buscar colores, ángulos", explica. Su enfoque se ha centrado en capturar el movimiento, influenciado por el futurismo, una vanguardia artística que lo marcó durante sus estudios. "Me apasiona hacer todo, desde los videos hasta las tapas de mis discos. Es una manera de conectarme conmigo, como también me pasa en la grabación, es un momento donde me siento libre", explica.
Para tocar en vivo se presenta en formato solo set, formato dúo o formato full banda, de acuerdo a lo que pide la canción detalla. En formato full banda lo acompañan amigos, Ángel Trigo en bajo, Bruno Segura en batería y Yoana García en sinte.
Con su estilo experimental y su rechazo a las normas preestablecidas, Pablo de Marte no es solo un músico, sino un creador que vive el arte en todas sus formas, manteniendo siempre viva esa chispa que lo llevó a tomar la guitarra por primera vez. "Lo más importante es seguir encendiendo esa llama que te hace seguir adelante", concluye.