Tres caramelos por 20 pesos

Viejos aromas en un presente diferente. La realidad que ya no existe. Caramelos que valen un sueldo. Netflix no tiene capítulos. Crónica en busca de los recuerdos de felicidad.

Che, ustedes, ¿se están cuidando? No sé. Se me ocurrió preguntarles.

Bueno, vamos de nuevo.

Hola ¿cómo va? Yo acá, tratando de acostumbrarme a la “nueva normalidad”. (Dos cosas: la primera nadie me preguntó pero quería contarles cuál era mi situación. La segunda es que considero que “nueva normalidad” es la frase más detestable del mundo. Por lo menos, por ahora).

Es difícil acostumbrarse a estos tiempos. No es fácil. La gente tiene miedo, incertidumbre y bronca. Tiene todo menos la seguridad de lo que pueda pasar mañana. Extraño esos tiempos cuando sabíamos que el martes era igual a un jueves y que el viernes no cambiaba mucho del lunes. Lo sé. No todo tiempo pasado fue mejor pero era lindo saber que la Coca costaba un peso y el salario rendía más (en realidad nunca rindió pero, bueno, te quería hacer sentir bien un ratito).

Chubut no tenía los problemas que tiene ahora y el presidente Duhalde se sacaba fotos en la playa mientras el peso perdía, de un día para el otro, el 70% de su valor con respecto al dólar. Hermosa época. ¡Que época de mierda! (Perdón no encontré otra palabra para describir esa hermosa época de mierda. Esta vez no te pido perdón. Es la realidad).

Una de las cosas más fascinante de esa época era ir al kiosco. Ir a la cantina de tu escuela con un peso era sinónimo de ser multimillonario. Hacías destrozos. Te daban una bolsa llena de caramelos y compartías con tus amigos. Te sentías en la cima. No te dabas cuenta del poder de esa moneda hasta que la realidad te abofetea como la AFIP a un responsable inscripto.

¿Cuándo te golpea la realidad? Creo que todos los días pero algunos tenemos la suerte de vivir en una nube (de pedos). A mí me pasó el miércoles (Sí, ya lo sé. A nadie le interesa pero tengo que poner un ejemplo).

Fui al kiosco. Apurado. Malhumorado (como siempre). Cansado. Compré una Coca y unos chicles. El kiosquero me preguntó si tenía cambio. Busqué en mi billetera mientras la gente se impacientaba. Me puse nervioso. Busqué y no encontré. “No tengo”, le dije en un tono de voz más fino que cierto conductor radial cuando es apurado por uno de sus acusados. “Bueno te completo el resto con caramelos”. Eso fue lo que alcancé a escuchar detrás de un mostrador lleno de alfajores y golosinas repletas de azúcar. Solamente moví la cabeza para decir que sí. Guardé la Coca en un bolsillo y puse los chicles en otro. Puse las dos manos juntas para recibir mis caramelos. Sabía que no me tocaba una bolsa llena pero tenía la esperanza de que fueran un montón. Solo recibí tres.

“¿Tres caramelos por 20 pesos?”, le pregunté al borde del reclamo. “Sí, capo eso es”. La palabra “capo” es una puñalada certera. No hay nada más detestable que te digan “capo” para contestarte algo. “Che capo, ¿sabés dónde queda tal cosa?”, “Capo, ¿te puedo molestar cinco minutos?” o “Capo ¿te limpio el vidrio?”. Son frases que a uno lo incomodan.

La cosa es que ahí estaba yo. Con mis tres caramelos en una mano y mirando al kiosquero mientras la gente comenzaba a perder la paciencia. Me fui.

Hice unas cuadras sin poder creerlo. Me tomé la Coca (sería bueno que la empresa empiece a poner plata en esta sección porque si no comienzo a nombrar a la otra) y me fui a un café. Hacía rato que no iba a uno. Me senté. Traté de no pensar en nada (tampoco me es muy difícil). Me trajeron la carta. Ahora es digital. Todo había aumentado. Me pedí una lágrima solamente porque mi salario es menos que eso. ¿Ya les dije que trabajo de periodista?

Tuve la suerte de sentarme al lado de la ventana. Veía a la gente ir y venir. Sí, un chusma. Pero es lindo hacer esa práctica en un café. Te relaja. Te hace sentir que, por un momento, el país no está prendido fuego o que el futuro no es tan delirante. Me permití estirar las piernas y hacer una pausa.

Al lado mío se sentaron dos jóvenes. No tendrían más de 20 años. Imagino que sería una de sus primeras citas. Estaban ahí. Riéndose y midiendo cada palabra para no perder la atención del otro. Miraban cosas en sus teléfonos. Se reían. Hacían chistes. Se reían. Toman algo. Se reían. Hablaban. Se reían. Era la foto perfecta. Hasta que los escuché hablar de los caramelos. Ahí volví hacia mis pensamientos (Sí, vuelvo a decir: soy un chusma). Pensé que ellos no vivieron la emoción que significa llegar al recreo con una moneda de un peso. Eso no lo vivieron. Me dio pena por ellos. Nunca van a saber lo que significa ser feliz con un peso.

Pedí la cuenta. Pagué. Dejé propina. Sí, estoy en bancarrota pero eso no me hace una laucha. Me fui.

En la calle sentí la necesidad de comprarme un libro. Pero me convencí de que no. Tengo muchos sin leer y la cuenta bancaria está cada vez más flaca (como las reservas del Banco Central). Llegué a casa. Puse Neflí y busqué una serie (sí, aunque muchos no lo sepan Netflix no es una serie. Entiendo que no lo sepan. Yo también soy ignorante, egocéntrico, narcisista, estúpido y tengo muchas inseguridades y por eso cuestiono el trabajo de los demás).

Miré “Juegos de Caballeros” (no, no es una indirecta. Es la verdad, pero bien podría pasar por una indirecta). La historia se basa en las diferencias del fútbol amateur y el profesionalismo. Me enganché desde el primer capítulo. Es sumamente atrapante. Estaba por poner el segundo capítulo pero me detuve. Miré mi billetera, me puse las zapatillas y me fui al kiosco. Me compré una bolsa de caramelos. No, no me gustan pero quería volver a sentir esa sensación tan mágica. Esa sensación de que nada malo iba a pasar mientras tengas caramelos. Volví a casa. Puse el segundo capítulo mientras comía un par. Nada podía salir mal.

Hasta que se corta la luz. Pero esa es otra historia.

Nos vemos. O quizás no.

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