El vasto cielo de Los All Blacks

La aplastante superioridad de la selección de rugby de Nueva Zelanda excede por mucho su condición de tormento por ese ícono nacional que se da en llamar Los Pumas, en la medida que asistimos, sin más, al que se perfila como mejor equipo de la historia del deporte.

El 36-10 del sábado en el estadio de Vélez Sarsfield tiene toda la cara de una anécdota para tiros y troyanos, puesto que en el rugby destaca un ingrediente reglamentario de lo más democrático (las varias vías de conversión amparan siempre al equipo que ese día juega mejor) y los All Blacks están hoy unos cuantos escalones por encima de Los Pumas.

Pero salgamos rápido del representativo argentino, con mucho para mejorar en pos de reponer sus virtudes de siempre y de tender al crecimiento de su recambio generacional, para poner sobre el tapete los elementos centrales que atañen al cuco de Oceanía.

Hasta no hace tanto, un lustro, o dos, los baqueanos de la pelota ovalada hacían notar que el Talón de Aquiles de los All Blacks era algo así como el inoportuno relax del que se siente tan imponente que al cabo sufre bajas de tensión, de concentración, en una palabra: de motivación.

De ahí emanaba, al parecer, que sobremanera en los Mundiales dieran demasiadas chances a sus dos oponentes más calificados, Australia y Sudáfrica, y asimismo al “Rugby champagne” de los franceses, que durante un tiempo se constituyó en lo más parecido a la horma del zapato.

Pues bien: los altibajos, los cortocircuitos emocionales, las ausencias de cuerpo presente han quedado en un rincón del pasado y a los rivales de los All Blacks, calificados o no, se les ha hecho patente el fantasma más temido: que el gigante se decida a ser gigante, en detalle, de forma persistente y voraz.

Los All Blacks son un fenómeno infinitamente más atrayente que el haka, que ya es decir: el rito que honra la vigente influencia de las culturas polinesias supone un espectáculo cuya coreografía, intensidad e invocación guerrera fascinan allende el universo del rugby.

Pero haka al margen, respetable y admirable tradición con un no sé qué marketinero, la formación neozelandesa representa una medida que tiende a cobrar la dimensión de invencible y, por extensión, incomparable.

Los All Blacks abundan en todas las riquezas que atañen al equipo excepcional: poderío físico, destrezas técnicas, determinación, cohesión, fortaleza mental, sentido estratégico, plasticidad táctica, capacidad de ejecución y fuego sagrado.

Historia, lo que se dice historia, tienen como para llenar los escaparates más luminosos.

De 1903 a la fecha han ganado el 80 por ciento de los partidos que jugaron, sólo media docena han tenido el honor de derrotarlos (Australia, Inglaterra, Irlanda, Francia, Gales y Sudáfrica), pero con todos dispone de historial a favor y en algunos casos de forma abrumadora.

Con Inglaterra, el mismísimo inventor del deporte, cayó siete veces de un total de 40.

Hablemos en plata: son excelentes y quieren ser mejores, de modo que con ellos queda una de dos: aburrirse de verlos ganar siempre o disfrutar del arte de quienes se tutean con la perfección.

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